No, Nestle, si tu hijo te dice que eres mala no lo estás haciendo bien.
He estado viendo un canal infantil y uno de los anuncios llamó mi atención. En el spot sale la "escena de la comida". Una escena en la que toda madre o cuidadora puede sentirse identificada.
En los talleres de parentalidad en los que colaboro con la Creu Roja nos encontramos con este problema de manera recurrente. "Mi hijo/a no come". No es mi intención dar pautas, consejos o trucos para resolver esta situación ya que creo que cada caso tendría que ser analizado individualmente y que no sería nada útil dar una respuesta universal al problema de la comida. Si tienen dudas o alguna pregunta tienen los comentarios del blog, mi mail, pidan cita para asesoría psicológica o busquen algún libro sobre el tema...
Siendo un problema recurrente en muchas familias, Nestle ha encontrado un camino directo a la amigdala (centro cerebral de la emoción) de las mamas preocupadas por la alimentación de sus hijos y su negativa a la comida.
El anuncio nos vende un complemento alimentario. En un canal infantil. Tampoco voy a pararme en lo ético de estos anuncios en canales para niños que no es el tema, por ahora. Utilizan niños delante del plato de comida diciendo NO y mamas al otro lado de la mesa con gestos de evidente desesperación diciendo COME. ¿Pueden imaginar la escena?
El tema de la alimentación es muy complejo. Al mismo tiempo aumentan los casos de anorexia en niños cada vez más pequeños y la obesidad infantil se convierte en un problema. La evidente relación con la figura materna que existe en la alimentación del niño y posteriormente del adulto nos explica porqué estos anuncios van dirigidos a las madres. Madres desesperadas porque sus hijos no comen. Aumentando así el sentimiento de culpabilidad. "Mi niño no ME come" (el me es muy interesante en esta frase), MI y ME juntos forman una combinación de maternidad culpable explosiva. La relación que algunas madres establecen entre la comida y el afecto, el niño no come, el niño no me quiere... y la relación entre esto y los trastornos alimentarios posteriores debería hacernos reflexionar acerca de las expectativas que tenemos en cuanto a la alimentación del niño.
Comer debería ser una necesidad primaria, como dormir, que todos los animales realizan sin más. Somos los adultos los que añadimos emociones al momento de comer. Y la relación con la comida habla de manera directa de como nos relacionamos con nuestras emociones. Para el niño al principio no es así pero con la experiencia aprenderá que detrás de lo que en principio era simplemente alimentarse, hay un saco de culpa, ansiedad, afecto, dudas y problemas con el vínculo que distorsionarán aquello que en un principio era tan simple como "siento hambre, como, no siento hambre, no como".
Pero no teman, mamás del mundo, Nestle os libera de la culpa con un complemento alimentario. No os preocupéis en averiguar porqué el niño no tiene hambre. No analicéis la comida que le dais, las emociones del niño ante el plato, el vínculo mama-niño... no, para qué. ¿Pararse a pensar en la relación del adulto, mama en este caso, con la comida y ver que ejemplo da a su hijo? No claro, esto es más difícil.
Es interesante como las escenas del anuncio se repiten, siempre una madre con un niño delante de un plato. La comida como un problema. Convertir el momento de la comida, un momento que se repetirá todos los días, en un momento con una carga elevada de ansiedad no ayuda a que se resuelva el problema. Delante de la mesa con un diálogo que ignora por completo los sentidos y los sentimientos del niño, ordenar que haga lo que tú crees que tiene que hacer y, si el niño responde enfadado, interpretar lo contrario de lo que te dice porque, ey! es por su bien! Y no te preocupes, luego le das el batido y así te aseguras que tiene todas las proteínas, vitaminas y minerales necesarios para su supervivencia. Niños-planta. Regados con batidos que aprenden que lo que sienten va a ser negado por sus adultos referentes. Niños-planta y mamás-regaderas que se sienten menos culpables si el niño toma todos los nutrientes necesarios... un poco de abono por aquí, unos minerales por allá y listo hasta la siguiente comida!
El momento de la comida es un momento perfecto para relacionarnos con nuestros hijos. Para intercambiar experiencias, emociones, historias... para conocer a la personita que se sienta enfrenta y que esa personita nos conozca. ¿Que no quiere brócoli? Pues que no coma!
Imaginen la siguiente escena: Comida de trabajo. Jefes, empleados... cada uno pide lo que quiere y come lo que quiere... Imaginen un jefe que, enfadado, obliga a sus empleados a comerse todo lo que hay en el plato. Claro, esto siendo adultos es ridículo... ¿por qué con los niños está tan claro? ¿por qué los niños tienen que experimentar la ansiedad por la comida cuando en realidad esa ansiedad tienen más que ver con el miedo de la madre a ser juzgada (la mayoría de las veces por si misma) sobre si es o no buena madre?.
Así que no, Nestle. Si tu hijo te dice que eres una madre mala, no eres muy buena. Basta ya de confundir a las amigdalas de las madres y basta ya de ningunear la percepción de los niños acerca de sus propios sentimientos. Si tu hijo te dice que eres una madre mala, revisa lo que estás haciendo porque, para él/ella, en ese momento, estás siendo una mala madre.
Iba a colgar un enlace para que vieran el anuncio... pero he pensado que mejor os dejo con las palabras de un pediatra, desde mi punto de vista muy acertadas, y ya si quieren ver el spot lo buscan, que está en internet seguro:
"Si mezclas mente, estómago y corazón, complicación", resume el pediatra Garrido. “Si no queremos que nuestro hijo use la comida como pieza de cambio y se focalicen en la comida otros problemas, no debemos dar a la alimentación más importancia de la que tiene ni una función diferente”, sostiene. “Los únicos objetivos que deberíamos plantearnos con la comida son que el niño tenga una dieta variada porque se la ofrezcamos; que sea él y sus mecanismos de regulación quienes decidan las cantidades y los horarios mientras no haya un problema claro."“El problema más habitual de un niño pequeño con la comida”, escribe González, “es el intento de los adultos de intentar obligarle a comer. Es un grave problema que produce sufrimiento, angustia, humillación, vómitos e incluso, si se tiene éxito, obesidad. El motivo suele ser la visión distorsionada de los adultos sobre cuál es la cantidad normal de comida que necesita un niño, y la falta de respeto hacia el niño como ser humano”.
jueves, 8 de octubre de 2015
martes, 15 de septiembre de 2015
Pinceladas sobre la frustración y el fracaso: pánico que paraliza el deseo.
La mayoría de mis reflexiones sobre la infancia están ligadas a infancias desprotegidas. Por deformación profesional, experiencia vital o vete tu a saber qué tiendo a centrarme más en niños que se sienten abandonados o poco protegidos y padres que no acaban de conseguir acompañar y sostener a estos niños. Hoy quiero escribir sobre otro tipo de problema pero antes tengo que advertir algo para que no me malinterpreten. Algo obvio. De sentido común. Cualquier extremo será malo. Fin de la cita. Y digo esto porque voy a hablar de la necesidad de que el niño aprenda a frustrarse y a fracasar y ya me veo a padres diciendo que no a todo y poniendo la etiqueta de "pequeño emperador"... y no va de eso.
En la primera etapa de la vida, el bebé cree ser omnipotente. Su cerebro va desarrollándose y entiende con el tiempo que mama y él son cuerpos diferentes, que si mueve la mano o el pie modifica su entorno, que su cuerpo es parte de si mismo y el de la mama es parte del Otro... durante esta etapa es necesario que el niño crea que todo depende de él y que todo gira en torno a él. Es la forma en la que, cuando empieza a madurar, podrá explorar sin miedo. Podrá sentir curiosidad y alejarse a investigar sabiendo que al volver papa y mama seguirán ahí. Sabiendo, con la certeza absoluta que tienen los niños pequeños, que papa y mama lo protegerán si algo sucede. Esto es lo ideal, evidentemente no siempre pasa así y generalmente escribo sobre niños a los que se les ha privado de esta fase omnipotente. Pero demos un paso más.
Cuando el niño siente curiosidad y ya no es uno con la madre (ya saben, cuando digo madre quiero decir función materna) entiende que, a veces, no podrá obtener lo que desea. Esto es un aprendizaje jodido pero completamente necesario. El niño tiene que entender que la frustración forma parte de la vida y, lo más importante, que es capaz de soportarla. Y esto es algo que los padres tienen que ayudar a comprender. Porque es dificilísimo! Muchos adultos no lo entienden ni lo aceptan (y así hay tantos eternos adolescentes muertos de miedo por crecer y enfrentarse al fracaso y a la frustración).
¿Qué pasa cuando un niño no entiende y acepta que la frustración y el fracaso forman parte de la vida? ¿Qué pasa cuando un niño tiene tanto miedo a fracasar que cree que no podrá soportarlo? Estos niños crecen sin desear. Crecen sin ser capaces de imaginar. ¿Saben lo terrible que es desear algo? Desear despierta la incertidumbre. Desear viene acompañado de la posibilidad de no obtener lo que deseo. Cuando los adultos de tu infancia, los que tenían que haberte orientado para que esos miedos los elaboraras y los neutralizaras, no lo hacen sino que, en su lugar, protegen al niño de esos miedos y resuelven la frustración por ellos, no permiten que el niño haga esa elaboración por si mismo. No le permiten al niño creer que es capaz de soportar solito la frustración y el niño queda atrapado en un eterno pánico al fracaso.
Son niños que aprenden a definirse a si mismos por un rasgo externo. Por un falso yo muy débil que, en apariencia, parecería adaptativo (buenas notas, buenos resultados deportivos) pero que en su interior siguen siendo bebés omnipotentes con pánico a explorar el mundo.
Así que en algún momento habría que hacerse la pregunta ¿mi hijo tiene miedo a fracasar? ¿mi hijo siente que es capaz de soportar la frustración? o, quizás, ¿mi hijo ha dejado de pensar porque el miedo a equivocarse y a la incertidumbre lo paraliza? Y, en este caso, ¿estoy preparado para dejarle caer? ¿confío en que tiene la capacidad de entender que no pasa nada si fracasa? ¿cómo se explica para si mismo qué significa equivocarse? y, la pregunta que, desde mi punto de vista, es más importante ¿mi hijo puede desear de dentro a fuera o solo es un espejo de lo que cree que esperan de él?
Cuanto antes se enfrenten a estar preguntas antes podrán tratar de resolver el problema que, con sus propios miedos, han trasmitido a sus hijos... y antes podrán ayudarles a encontrar su verdadero Yo y no solo un False self adaptativo... pero incapaz de desear.
En la primera etapa de la vida, el bebé cree ser omnipotente. Su cerebro va desarrollándose y entiende con el tiempo que mama y él son cuerpos diferentes, que si mueve la mano o el pie modifica su entorno, que su cuerpo es parte de si mismo y el de la mama es parte del Otro... durante esta etapa es necesario que el niño crea que todo depende de él y que todo gira en torno a él. Es la forma en la que, cuando empieza a madurar, podrá explorar sin miedo. Podrá sentir curiosidad y alejarse a investigar sabiendo que al volver papa y mama seguirán ahí. Sabiendo, con la certeza absoluta que tienen los niños pequeños, que papa y mama lo protegerán si algo sucede. Esto es lo ideal, evidentemente no siempre pasa así y generalmente escribo sobre niños a los que se les ha privado de esta fase omnipotente. Pero demos un paso más.
Cuando el niño siente curiosidad y ya no es uno con la madre (ya saben, cuando digo madre quiero decir función materna) entiende que, a veces, no podrá obtener lo que desea. Esto es un aprendizaje jodido pero completamente necesario. El niño tiene que entender que la frustración forma parte de la vida y, lo más importante, que es capaz de soportarla. Y esto es algo que los padres tienen que ayudar a comprender. Porque es dificilísimo! Muchos adultos no lo entienden ni lo aceptan (y así hay tantos eternos adolescentes muertos de miedo por crecer y enfrentarse al fracaso y a la frustración).
¿Qué pasa cuando un niño no entiende y acepta que la frustración y el fracaso forman parte de la vida? ¿Qué pasa cuando un niño tiene tanto miedo a fracasar que cree que no podrá soportarlo? Estos niños crecen sin desear. Crecen sin ser capaces de imaginar. ¿Saben lo terrible que es desear algo? Desear despierta la incertidumbre. Desear viene acompañado de la posibilidad de no obtener lo que deseo. Cuando los adultos de tu infancia, los que tenían que haberte orientado para que esos miedos los elaboraras y los neutralizaras, no lo hacen sino que, en su lugar, protegen al niño de esos miedos y resuelven la frustración por ellos, no permiten que el niño haga esa elaboración por si mismo. No le permiten al niño creer que es capaz de soportar solito la frustración y el niño queda atrapado en un eterno pánico al fracaso.
Son niños que aprenden a definirse a si mismos por un rasgo externo. Por un falso yo muy débil que, en apariencia, parecería adaptativo (buenas notas, buenos resultados deportivos) pero que en su interior siguen siendo bebés omnipotentes con pánico a explorar el mundo.
Así que en algún momento habría que hacerse la pregunta ¿mi hijo tiene miedo a fracasar? ¿mi hijo siente que es capaz de soportar la frustración? o, quizás, ¿mi hijo ha dejado de pensar porque el miedo a equivocarse y a la incertidumbre lo paraliza? Y, en este caso, ¿estoy preparado para dejarle caer? ¿confío en que tiene la capacidad de entender que no pasa nada si fracasa? ¿cómo se explica para si mismo qué significa equivocarse? y, la pregunta que, desde mi punto de vista, es más importante ¿mi hijo puede desear de dentro a fuera o solo es un espejo de lo que cree que esperan de él?
Cuanto antes se enfrenten a estar preguntas antes podrán tratar de resolver el problema que, con sus propios miedos, han trasmitido a sus hijos... y antes podrán ayudarles a encontrar su verdadero Yo y no solo un False self adaptativo... pero incapaz de desear.
sábado, 29 de agosto de 2015
El terapeuta tiene vacaciones, el "padeciente" no.
Hace unos días una compañera compartió en facebook unas reflexiones sobre el dolor del trauma infantil y como, en ocasiones, el sufrimiento y las secuelas se arrastran hasta la vida adulta. Muchas de estas personas viven como los demás. Son adaptativos y funcionales hacia fuera. Algunos de ellos no tienen esta suerte. Sentir ese sufrimiento no implica que no puedas hacer las cosas como los demás. Salir a comprar, vestirte, comentar con la vecina la lluvia de anoche… solo es difícil a veces. Solo que este a veces es muy doloroso.
Reflexionábamos acerca de las personas que rodean a estos adultos con heridas infantiles. Mi compañera escribía comparando un trauma físico con uno mental. Si de pequeño, habías tenido una enfermedad o un problema físico que te había dejado secuelas (de hecho ella hablaba de un disparo en la cabeza, un poco extremo pero resultaba un buen ejemplo de lo que quería expresar), cuando eres adulto nadie cuestiona esas secuelas. Es posible que se hagan preguntas o que se cuestione la rapidez de recuperación, el límite… pero no es habitual que se cuestione el origen. En cambio cuando el trauma ha sido psicológico, cuando el problema no ha sido físico, no visible a primera vista, aparecen los problemas. El tiempo, las recaídas, las repeticiones… no son tan normalmente aceptadas. Te enfrentas a muchos “todavía estás con eso?” o “estás así porque quieres”.
Es difícil compartir la vida con estas personas. Recuerdo en un seminario en el que hablábamos de terapia y las vacaciones de los terapeutas (sí, los psicólogos y analistas tenemos vacaciones, lo sé, terrible) y una gran profesional mencionaba la frase de una de sus pacientes, “tú ahora te vas de vacaciones y te olvidas de mi pero yo no puedo tomarme vacaciones de mi misma”.
Piénsenlo por un momento. El sufrimiento. No puedes tomarte vacaciones de ti mismo. Entonces cuando dicen eso de “estás así porque quieres, porque no pones de tu parte…” olvidan que la persona "padeciente" no puede elegir. No decides estar triste. Es cierto que hay mecanismos mentales que facilitan la repetición más allá del principio de placer, esto es más complicado y no es el tema que intento tratar (lo haré en otro momento). Pero no se siente bien. Créanme cuando les digo que la persona que sufre, si pudiese hacerlo, se tomaría unas vacaciones de sí mismo. Se alejaría de su sufrimiento y de lo que le hace sufrir a los que le rodean. Créanme cuando les digo que no es agradable sentir que las secuelas reaparecen. Como, ante determinados estímulos, reaparecen mecanismos de defensa que creías olvidados. De repente te ves a ti mismo con una vieja canción conocida en la cabeza que usabas para disociarte ante situaciones estresantes o contando las calorías de los alimentos, o posponiendo la compra del supermercado porque la ansiedad se hizo grande y no sabes muy bien como pararla hoy.
Repito, es difícil compartir la vida con estas personas, lo sé. Pero no lo eligen, no están así porque quieren. No padecen voluntariamente y no pueden irse de vacaciones.
En el escrito del facebook de mi compañera vi muchos “me gusta” incluso vi muchos "compartir". Es una idea que, a priori, parece fácil y puede gustar. Muchos pondrían me gusta a mis palabras y a las suyas. Empatía virtual. Pero cuando van pasando los días y vives las recaídas y ves los pasos atrás es fácil que olvides los pasos adelante. Compartir la vida con estas personas implica que a veces tendrás que tomarte una vacaciones para recargar pilas, para poder volver a empatizar, si quieres. Y esto es una elección que los que rodean a las personas que padecen sufrimiento pueden plantearse. Y está bien. Lo que no está tan bien es el proyectar el cansancio en ellos. Porque no va de voluntad o poner de tu parte o desearlo muy fuerte.
Supongo que ahora esperan algún consejo, alguna línea esperanzadora o alguna pauta para poder ayudar a estos pacientes. Pero, ¿saben qué? Lo único que puedo aconsejar de manera general es paciencia y, lo más importante, preguntad. Vale un, ¿qué puedo hacer por ti? o un ¿como puedo hacer que te sientas mejor? Y si no están dispuestos a escuchar o si están cansados o si están enfadados recuerden, ellos no pueden tomarse vacaciones de sí mismos.
El texto que mi compañera compartió es el siguiente:
"Si te pegan un balazo en al cabeza hay un área del cerebro que se daña, el cerebro se rompe. La extensión del daño dependerá del calibre con que se efectuó el disparo, la distancia desde la que te dispararon, el recorrido de la bala dentro del cráneo, pero habrá secuelas seguro. Algunas con mucha rehabilitación y esfuerzo se podrán recuperar aunque sea parcialmente. Se pueden desarrollar otras áreas del cerebro para compensar. Por ej. la persona puede aprender a sostener un tenedor o escribir con la mano izquierda aunque lo haga con cierta torpeza.
Pero nadie te diría 15 o 20 años después frente a las secuelas que ya pasó, que lo superes, que dejes el pasado atrás: el balazo te lo pegaron y produjo daños.
Si no recordás la situación o el haber estado en terapia intensiva o tus recuerdos son confusos nadie te diría que estás mintiendo, inventando o exagerando, todos pensarían que es producto de la situación traumática que atravesaste.
Nadie te diría que te gustó porque te paralizaste de miedo al ver el arma y no reaccionaste o porque no te diste cuenta de lo que iba a pasar.
A nadie le extrañaría que tengas miedos, inseguridades, pesadillas.
Y si contaras que te pegaron un balazo tras otro en la cabeza durante años y sobreviviste seguro se admirarían de tu fortaleza para seguir adelante y entenderían empáticamente que sigas afectado por lo ocurrido e intentarían ayudarte.
El abuso sexual infantil constituye uno de los traumas más intensos. Sus efectos se pueden comparar con un disparo en el sistema psíquico".
Reflexionábamos acerca de las personas que rodean a estos adultos con heridas infantiles. Mi compañera escribía comparando un trauma físico con uno mental. Si de pequeño, habías tenido una enfermedad o un problema físico que te había dejado secuelas (de hecho ella hablaba de un disparo en la cabeza, un poco extremo pero resultaba un buen ejemplo de lo que quería expresar), cuando eres adulto nadie cuestiona esas secuelas. Es posible que se hagan preguntas o que se cuestione la rapidez de recuperación, el límite… pero no es habitual que se cuestione el origen. En cambio cuando el trauma ha sido psicológico, cuando el problema no ha sido físico, no visible a primera vista, aparecen los problemas. El tiempo, las recaídas, las repeticiones… no son tan normalmente aceptadas. Te enfrentas a muchos “todavía estás con eso?” o “estás así porque quieres”.
Es difícil compartir la vida con estas personas. Recuerdo en un seminario en el que hablábamos de terapia y las vacaciones de los terapeutas (sí, los psicólogos y analistas tenemos vacaciones, lo sé, terrible) y una gran profesional mencionaba la frase de una de sus pacientes, “tú ahora te vas de vacaciones y te olvidas de mi pero yo no puedo tomarme vacaciones de mi misma”.
Piénsenlo por un momento. El sufrimiento. No puedes tomarte vacaciones de ti mismo. Entonces cuando dicen eso de “estás así porque quieres, porque no pones de tu parte…” olvidan que la persona "padeciente" no puede elegir. No decides estar triste. Es cierto que hay mecanismos mentales que facilitan la repetición más allá del principio de placer, esto es más complicado y no es el tema que intento tratar (lo haré en otro momento). Pero no se siente bien. Créanme cuando les digo que la persona que sufre, si pudiese hacerlo, se tomaría unas vacaciones de sí mismo. Se alejaría de su sufrimiento y de lo que le hace sufrir a los que le rodean. Créanme cuando les digo que no es agradable sentir que las secuelas reaparecen. Como, ante determinados estímulos, reaparecen mecanismos de defensa que creías olvidados. De repente te ves a ti mismo con una vieja canción conocida en la cabeza que usabas para disociarte ante situaciones estresantes o contando las calorías de los alimentos, o posponiendo la compra del supermercado porque la ansiedad se hizo grande y no sabes muy bien como pararla hoy.
Repito, es difícil compartir la vida con estas personas, lo sé. Pero no lo eligen, no están así porque quieren. No padecen voluntariamente y no pueden irse de vacaciones.
En el escrito del facebook de mi compañera vi muchos “me gusta” incluso vi muchos "compartir". Es una idea que, a priori, parece fácil y puede gustar. Muchos pondrían me gusta a mis palabras y a las suyas. Empatía virtual. Pero cuando van pasando los días y vives las recaídas y ves los pasos atrás es fácil que olvides los pasos adelante. Compartir la vida con estas personas implica que a veces tendrás que tomarte una vacaciones para recargar pilas, para poder volver a empatizar, si quieres. Y esto es una elección que los que rodean a las personas que padecen sufrimiento pueden plantearse. Y está bien. Lo que no está tan bien es el proyectar el cansancio en ellos. Porque no va de voluntad o poner de tu parte o desearlo muy fuerte.
Supongo que ahora esperan algún consejo, alguna línea esperanzadora o alguna pauta para poder ayudar a estos pacientes. Pero, ¿saben qué? Lo único que puedo aconsejar de manera general es paciencia y, lo más importante, preguntad. Vale un, ¿qué puedo hacer por ti? o un ¿como puedo hacer que te sientas mejor? Y si no están dispuestos a escuchar o si están cansados o si están enfadados recuerden, ellos no pueden tomarse vacaciones de sí mismos.
El texto que mi compañera compartió es el siguiente:
"Si te pegan un balazo en al cabeza hay un área del cerebro que se daña, el cerebro se rompe. La extensión del daño dependerá del calibre con que se efectuó el disparo, la distancia desde la que te dispararon, el recorrido de la bala dentro del cráneo, pero habrá secuelas seguro. Algunas con mucha rehabilitación y esfuerzo se podrán recuperar aunque sea parcialmente. Se pueden desarrollar otras áreas del cerebro para compensar. Por ej. la persona puede aprender a sostener un tenedor o escribir con la mano izquierda aunque lo haga con cierta torpeza.
Pero nadie te diría 15 o 20 años después frente a las secuelas que ya pasó, que lo superes, que dejes el pasado atrás: el balazo te lo pegaron y produjo daños.
Si no recordás la situación o el haber estado en terapia intensiva o tus recuerdos son confusos nadie te diría que estás mintiendo, inventando o exagerando, todos pensarían que es producto de la situación traumática que atravesaste.
Nadie te diría que te gustó porque te paralizaste de miedo al ver el arma y no reaccionaste o porque no te diste cuenta de lo que iba a pasar.
A nadie le extrañaría que tengas miedos, inseguridades, pesadillas.
Y si contaras que te pegaron un balazo tras otro en la cabeza durante años y sobreviviste seguro se admirarían de tu fortaleza para seguir adelante y entenderían empáticamente que sigas afectado por lo ocurrido e intentarían ayudarte.
El abuso sexual infantil constituye uno de los traumas más intensos. Sus efectos se pueden comparar con un disparo en el sistema psíquico".
miércoles, 27 de mayo de 2015
Estado: melancólico. La disonancia de la tristeza.
melancolía:
(Del lat. melancholĭa, y este del gr. μελαγχολία, bilis negra).
1. f. Tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente, nacida de causas físicas o morales, que hace que no encuentre quien la padece gusto ni diversión en nada.
2. f. Med. Monomanía en que dominan las afecciones morales tristes.
3. f. ant. Bilis negra o atrabilis.
disonancia:
(Del lat. dissonantĭa).
1. f. Sonido desagradable.
2. f. Falta de la conformidad o proporción que naturalmente debe tener algo.
3. f. Mús. Acorde no consonante.
hacer ~ algo.
1. loc. verb. Parecer extraño y fuera de razón.
Tengo la sensación de que vivimos en un mundo feliz. No hablo del libro de Huxley, que también. Hablo de la tiranía de la felicidad, del pensamiento positivo y la obligación de estar contento y sonriente siempre. Hablo de la imposición del sentirse bien aunque tu realidad no te acompañe. Últimamente leo muchas críticas a la psicología positiva, algunas muy interesantes (no dejen de leer Jot Down, "Psicología positiva: y sonreirás sobre todas las cosas") y otras, copias malas de resúmenes de libros de texto. Leo todo esto pero sigo sintiendo la presión a mi alrededor. No solo en el mundo real sino en el virtual y por supuesto en el audiovisual.
Yo a veces me siento triste. Y puedo ver cómo se llevan las manos a la cabeza. Oh! sacrilegio! vaya psicóloga que se siente triste! Pues si amigos, a veces incluso los psicólogos nos sentimos tristes. Y no por algo especial y justificable como la muerte de un ser querido o el abandono de una pareja, que sé que esto me lo permitirían, sino simplemente porque a veces te despiertas con la sensación de que el peso del mundo, esa mañana en concreto, es más pesado de la cuenta. No sabes del todo porqué pero te encantaría quedarte en la cama una semana más a ver que pasa. Pero te levantas, y haces lo que tienes que hacer o lo que te han hecho creer que tienes que hacer (ya saben, hay que ganarse la vida como premisa vital... expresión que sigo sin acabar de entender)... Seguro que saben de que estoy hablando...
Pues ahí va un secreto. Esto es normal. No solo es normal sino que resulta que es parte de ser humanos. La tristeza también es una emoción válida. No siempre te puedes sentir bien. El problema es que ahí fuera no tienen piedad con los tristes, con los que, en ocasiones, se sienten deprimidos (que es más que tristes) o melancólicos, que es la emoción de la que trata todo esto.
La tiranía de la felicidad te obliga a ir perfecta, en cuerpo y alma. Condena al diferente y aplasta al triste. Si se imaginan en alguna de esas mañanas difíciles, hagan un esfuerzo e intenten pensar en que esa mañana es habitual, que son personas que, por lo que sea (podemos ponernos a buscar los motivos pero no es el objetivo de esta entrada y además creo que no les gustaría mi teoría) sienten la melancolía en un número mayor de veces que la alegría. ¿Creen que esto es difícil? pues a eso hay que añadirle el rechazo que sufre esa emoción.
Si la melancolía pesa, añádanle el peso del mundo que nos obliga a ser felices, a sonreír por encima de todas las cosas, a sentirnos bien no mirando a quien y salir con la sonrisa porque, "ey! la vida es bonita y solo tienes una!". No niego esto pero es que a veces me siento triste y puedo entender que haya personas que se sienten muy tristes. Ahora lo llaman depresión (o "depre", que es aún peor) pero esto no es más que un cambio de nomenclatura para patologizar un estado de ánimo que, si fuésemos capaces de pensar más allá del miedo, podríamos entender que forma parte de la normalidad del ser humano.
La tristeza nos invita a pensar, nos paraliza, nos hace sentir tremendamente mal cuando es demasiado grande y dura demasiado tiempo y esto es terrible. ¿Por qué entonces en lugar de comprensión se rechaza? ¿Qué es lo que nos da tanto miedo? ¿El contagio, quizás? ¿Igual tenemos miedo que, al igual que cuando nos hablan de la muerte, la tristeza del otro pueda descubrir, conectar con una tristeza mía que llevaba tiempo evitando?
¡Ala lo que acabo de decir! Aquello de los libros de autoayuda de rodéate de gente feliz, aléjate de las personas que están tristes porque te harán sentir peor... aquello de las ideas tristes te harán más triste, no hace sino estigmatizar aún más a esas personas que realmente se sienten mal. Y recurrir a las drogas (legales o ilegales) es una solución rápida y fácil que a veces puede ayudar pero que no resuelve el problema. Porque se trata de un proceso y porque queramos o no la tristeza también nos hace humanos, también forma parte de la vida, también, a veces, es adaptativa... y hacerla mas complicada, esconderla, alejarte de las personas que se sienten realmente tristes no va a hacer que desaparezca. No va a resolver el que a veces te sientas triste y que hay personas que muchas más veces se sienten mucho más tristes.
En lugar de "salgamos a tomar algo" "alegra esa cara" o "¡es que eres un triste tío!". En lugar de usar un "me siento depre vamos a ver una película a ver si se me pasa" o "me siento triste vámonos de copas", sería un ejercicio muy interesante y, quién sabe, igual hasta útil y reconfortante, invitar a la persona que sabes que se siente triste a un abrazo, a un "siento mucho que te sientas así, ¿puedo hacer algo para ayudarte?", incluso cuando tú mismo te sientas triste intentar hacer el esfuerzo de ver de dónde viene esa sensación y, si no lo puedes hacer solo o si no te apetece investigar, pedir a alguien que te acompañe simplemente a estar, a conectar, a sentir esa emoción contigo... igual, si hablamos más de cuando nos sentimos tristes y acompañamos más a quienes se sienten realmente tristes, igual digo, la tiranía de la felicidad pierda fuerza y la imposición del positivismo no haga que el peso de la melancolía sea tan grande.
Igual, puede ser que, si dejamos un lugar para ambas emociones la disonancia de la tristeza desaparezca y pueda convivir con la alegría y haya momentos tristes y momentos alegres y ambos puedan convivir juntos. Y no tengamos que ocultar que, a veces, algunas mañanas, el peso del mundo es más pesado de la cuenta sino que podamos decir, "¿me ayudas a llevarlo?".
- ¿Qué está mal?- No lo sé.
- ¿Cómo puedo ayudarte?
- No lo sé.
- De acuerdo. Te hice un nido. ¿Quieres venir?
-... de acuerdo.
- ¿Eso ayuda?
- Si.
- ¿Alguna vez vas a salir?
- ... no.
- De acuerdo. Espera.
jueves, 21 de mayo de 2015
Cada uno es el Yo de su propia historia: sobre la pérdida, segunda parte.
La represión es uno de los mecanismos de defensa más populares. Junto con la negación acompañan a la pérdida como si no pudiese ser de otro modo. A los que no están sufriendo no les gusta que les recuerden la fragilidad de la vida. Como dije antes, hay que hablar y hablar... y es difícil encontrar a alguien que se preste a Escuchar cuando el tema es la pérdida.
Incluso antes de que el otro censure, ya lo hacemos nosotros. Ideas típicas como lo egoísta que soy por sentirme enfadado, por sentirme dolido, por sentirme traicionado por la persona que ya no está o que acaba de enfermar o que está muy mal, hacen que censuremos las emociones asociadas. Porque no tengo derecho a enfadarme, peor está (ponga aquí el nombre de la persona que quiera)... y esto es un poco demagogia barata. Comparar tu historia con lo que debería ser o con la de otros no va a hacer que sea menos doloroso. A lo peor dejas de sentirlo un rato pero volverá, porque lo no resuelto siempre acaba por volver.
Cada uno es el YO de su propia historia. Y esto no es Ego ni egoísmo ni narcisismo. Hablo de la percepción de la realidad. El protagonista de tu propia historia eres tú. Así que has de lidiar con tu vacío, con tu duelo... y quizás entonces acompañar a otros o no, ayudar a otros o no... pero si no haces el tuyo propio ten por seguro que nadie lo hará por ti. Encontrar a alguien que te acompañe y que no censure ninguna de las cosas que pasen por tu cabeza. Encontrar a alguien que pueda contener lo que te sale del estómago. Y aceptar y sentir el dolor. Porque aparecerán, es lo jodido de la pérdida. La tristeza y la rabia siempre la acompañan.
Después, una vez que has curado el vacío, llenarlo con recuerdos y emociones nuevas que puedes, si te apetece, unir a las antiguas. Recuerdos de aquella historia que no pudo ser, recuerdos de aquella persona que te acompañó y que te enseñó como sentir emociones concretas... y aprender que eres capaz de soportar la frustración de no tener más pero que aún tienes lo que has tenido... No me gusta citar a santos pero me viene a la cabeza eso de: "Aquellos que amamos y perdimos, ya no están donde estaban, ahora están donde estamos nosotros." San Agustín.
Aún si lo has hecho bien, habrá días que reaparecerá la tristeza o la rabia. Porque cuando una persona importa, cuando ha llenado un espacio, forma parte de ti. Te acordarás cuando pases por la calle por la que paseabas o pensarás en el día en el que solíais veros... con el tiempo será más sutil, un olor, una sensación asociada, un sonido... pero entonces ya no dolerá tanto, y posiblemente será una sonrisa tierna lo que aparezca. ¿No? Pues entonces es que no hiciste bien el duelo y aún hay cosas que no has digerido del todo, piénsalo.
Todo esto es difícil, por supuesto, como la mayoría de las cosas importantes en la vida. Lo que "sale solo" es seguir caminando sin parar. Sin mirar. Haciendo como si la vida siguiese y nada hubiese pasado. Escuchar un "no pasa nada" del otro y agarrarte fuerte a esta idea. Seguir trabajando, ocupando tu mente con todo lo que creas que llena ese vacío... siento ser yo la que tenga que decirlo pero no sirve. Lo siento. Me encantaría decir que seguir adelante y no preocuparse por la pérdida es lo mejor y lo más sano y que esto no traerá ninguna consecuencia. Pero no funcionamos así. Las perdidas significativas hay que atenderlas, acogerlas, digerirlas, hablarlas y, sobre todo, SENTIRLAS. Con todo el dolor que eso conlleva. Lo se, es jodido. Lo se, parece más sencillo dejarlo pasar... pero se repetirá si no lo colocas bien en su lugar, si no vacías la emoción como tu estómago te pide que hagas... si no lloras la pérdida.
Si no puedes solo, busca ayuda. Dentro de lo de ser seres sociales está el poder compartir y si tienes suerte de encontrar un otro que sea capaz de soportarlo contigo, adelante. Todo irá mejor así. No ahora, quizás no dentro de un semana o un mes... pero pronto... y lo recordarás cuando aparezca esa sonrisa tranquila después de un recuerdo, esa sensación de ternura que acompaña al recuerdo de la pérdida cuando no ha sido negada.
La posibilidad de llenar el vacío que solo se da cuando has sido valiente enfrentando lo jodido de una pérdida significativa... y recuerda, es un proceso, no un problema con una solución.
Incluso antes de que el otro censure, ya lo hacemos nosotros. Ideas típicas como lo egoísta que soy por sentirme enfadado, por sentirme dolido, por sentirme traicionado por la persona que ya no está o que acaba de enfermar o que está muy mal, hacen que censuremos las emociones asociadas. Porque no tengo derecho a enfadarme, peor está (ponga aquí el nombre de la persona que quiera)... y esto es un poco demagogia barata. Comparar tu historia con lo que debería ser o con la de otros no va a hacer que sea menos doloroso. A lo peor dejas de sentirlo un rato pero volverá, porque lo no resuelto siempre acaba por volver.
Cada uno es el YO de su propia historia. Y esto no es Ego ni egoísmo ni narcisismo. Hablo de la percepción de la realidad. El protagonista de tu propia historia eres tú. Así que has de lidiar con tu vacío, con tu duelo... y quizás entonces acompañar a otros o no, ayudar a otros o no... pero si no haces el tuyo propio ten por seguro que nadie lo hará por ti. Encontrar a alguien que te acompañe y que no censure ninguna de las cosas que pasen por tu cabeza. Encontrar a alguien que pueda contener lo que te sale del estómago. Y aceptar y sentir el dolor. Porque aparecerán, es lo jodido de la pérdida. La tristeza y la rabia siempre la acompañan.
Después, una vez que has curado el vacío, llenarlo con recuerdos y emociones nuevas que puedes, si te apetece, unir a las antiguas. Recuerdos de aquella historia que no pudo ser, recuerdos de aquella persona que te acompañó y que te enseñó como sentir emociones concretas... y aprender que eres capaz de soportar la frustración de no tener más pero que aún tienes lo que has tenido... No me gusta citar a santos pero me viene a la cabeza eso de: "Aquellos que amamos y perdimos, ya no están donde estaban, ahora están donde estamos nosotros." San Agustín.
Aún si lo has hecho bien, habrá días que reaparecerá la tristeza o la rabia. Porque cuando una persona importa, cuando ha llenado un espacio, forma parte de ti. Te acordarás cuando pases por la calle por la que paseabas o pensarás en el día en el que solíais veros... con el tiempo será más sutil, un olor, una sensación asociada, un sonido... pero entonces ya no dolerá tanto, y posiblemente será una sonrisa tierna lo que aparezca. ¿No? Pues entonces es que no hiciste bien el duelo y aún hay cosas que no has digerido del todo, piénsalo.
Todo esto es difícil, por supuesto, como la mayoría de las cosas importantes en la vida. Lo que "sale solo" es seguir caminando sin parar. Sin mirar. Haciendo como si la vida siguiese y nada hubiese pasado. Escuchar un "no pasa nada" del otro y agarrarte fuerte a esta idea. Seguir trabajando, ocupando tu mente con todo lo que creas que llena ese vacío... siento ser yo la que tenga que decirlo pero no sirve. Lo siento. Me encantaría decir que seguir adelante y no preocuparse por la pérdida es lo mejor y lo más sano y que esto no traerá ninguna consecuencia. Pero no funcionamos así. Las perdidas significativas hay que atenderlas, acogerlas, digerirlas, hablarlas y, sobre todo, SENTIRLAS. Con todo el dolor que eso conlleva. Lo se, es jodido. Lo se, parece más sencillo dejarlo pasar... pero se repetirá si no lo colocas bien en su lugar, si no vacías la emoción como tu estómago te pide que hagas... si no lloras la pérdida.
Si no puedes solo, busca ayuda. Dentro de lo de ser seres sociales está el poder compartir y si tienes suerte de encontrar un otro que sea capaz de soportarlo contigo, adelante. Todo irá mejor así. No ahora, quizás no dentro de un semana o un mes... pero pronto... y lo recordarás cuando aparezca esa sonrisa tranquila después de un recuerdo, esa sensación de ternura que acompaña al recuerdo de la pérdida cuando no ha sido negada.
La posibilidad de llenar el vacío que solo se da cuando has sido valiente enfrentando lo jodido de una pérdida significativa... y recuerda, es un proceso, no un problema con una solución.
martes, 5 de mayo de 2015
El vacío ocupa mucho espacio: sobre la pérdida, primera parte.
¿Cómo gestionamos la pérdida? Con los niños apenas se habla de la muerte. Posiblemente por el miedo a la propia muerte, a la certeza de que esto se acaba. Escondemos el sexo y la muerte, si Freud levantara la cabeza...
¿Qué hacer ante el vacío que deja la persona que se va? No es necesario que hablemos de muerte si no queréis, la pérdida es más grande que la muerte, aunque no hay pérdida más grande que esa. Preparando un taller sobre como gestionar la pérdida y como explicarle esto a los niños me he dado cuenta de lo difícil que resulta. Y me preguntaba porqué y me encontré con una pregunta más complicada aún, ¿cómo nos explicamos los adultos la muerte?
En muchos casos se hace lo de siempre, represión. El dolor es muy doloroso. Hay que seguir adelante, haciendo, y la tristeza paraliza. Así que mejor no pararse a pensarlo, y ya ni te cuento lo de pararse a sentirlo. Rechazamos la idea, el pensamiento, apenas hablamos de la pérdida y ahí se queda. En segundo plano. Esperando su momento. Y años después sentimos la desesperanza y no tenemos ni idea de a qué viene.
Resulta que el vacío ocupa mucho espacio. Ese vacío que queda tras la pérdida no se rellena con otra cosa y porque no lo quieras ver sigue ahí, lo siento por los de "ojos que no ven..." porque el inconsciente no olvida.
¿Cual es la forma más sana de enfrentar la pérdida? Hablar... ¡sorpresa!. No, en serio, hablar y hablar y hablar. Como ya dije en alguna otra ocasión. Lo que ocurre con el hablar es que no vale hacerlo con un muñeco de peluche. A veces es terapéutico pero somos seres sociales y necesitamos un Otro que recoja nuestra emoción, la acoja y nos ayude a contenerla. Sobre todo cuando es grande. El duelo y la pérdida se resuelve compartiéndolo. El problema es el de siempre, la comunicación socialmente aceptable. Hablamos de tristeza y no está bien visto. "¡Sigue adelante! ¡No llores! Te entiendo pero la vida sigue". No, si ya sé que la vida sigue, pero es que me duele. Tendemos a negar lo que nos da miedo y por alguna parte tiene que salir. Como dice Odin Dupeyron "la gente dice muchas tonterías cuando alguien se muere: no llores, Paty no querría verte llorar, ¡pues que no se hubiera muerto, la cabrona!" Genial.
Llorar es sano y legítimo ante la pérdida. Sentir rabia también. Enfadarse porque ahora hay un vacío donde antes hubo algo grande. Una persona, una emoción, una vida compartida. Y esto requiere un tiempo para sanarse. Y duele, mucho. Pero es necesario parar a resolver la herida. Porque sino el vacío ocupará mucho lugar y será difícil poder soportar otras emociones.
Al final, como el niño pequeño que tiene miedo al ir por primera vez a la guardería, aprendes que esa persona, esa historia juntos, esa vida que antes de la pérdida tenías, sigue existiendo. Puedes recordarlo y sentirlo y los recuerdos, si has aceptado el proceso del duelo y sus emociones asociadas, serán agradables. No necesitaras hacerlo desaparecer. Será una tristeza tranquila. Una sensación a la vez triste y alegre. Porque podrás recordar a esa persona, podrás recordar esas historias y podrás sentirte agradecido por haberlo vivido. ¿Que es una putada? Por supuesto! y más cuando la pérdida es inesperada o injusta (la mayoría de las veces lo es). Pero el secreto es aprender a vivir con ello. Y el aprendizaje es doloroso y complicado. El niño de dos años lo aprende más deprisa porque sabe que mama volverá a recogerle cuando acabe la guardería y al final entenderá que mama no desaparece porque ya no esté delante... es un recurso. Si hemos aprendido esto a tiempo, la pérdida no será tan complicada de asimilar. Si no lo aprendimos y, muchos adultos no lo han aprendido, la gestión de la pérdida es más complicada. Pero se puede hacer.
Piensa y, lo que es más importante, siente la pérdida. Permítete emociones que te hacen ser vulnerable y compártelas con un Otro siempre que lo necesites. Se irá tornando soportable y se irá haciendo más pequeño ese vacío. Podrás llenarlo con recuerdos que te hagan sentir reconfortado. Si aún así tienes miedo, si no quieres enfrentarlo, no te sorprendas cuando días, meses o años después te encuentres desbordado y no entiendas porqué... el vacío de la pérdida ocupa mucho lugar.
¿Qué hacer ante el vacío que deja la persona que se va? No es necesario que hablemos de muerte si no queréis, la pérdida es más grande que la muerte, aunque no hay pérdida más grande que esa. Preparando un taller sobre como gestionar la pérdida y como explicarle esto a los niños me he dado cuenta de lo difícil que resulta. Y me preguntaba porqué y me encontré con una pregunta más complicada aún, ¿cómo nos explicamos los adultos la muerte?
En muchos casos se hace lo de siempre, represión. El dolor es muy doloroso. Hay que seguir adelante, haciendo, y la tristeza paraliza. Así que mejor no pararse a pensarlo, y ya ni te cuento lo de pararse a sentirlo. Rechazamos la idea, el pensamiento, apenas hablamos de la pérdida y ahí se queda. En segundo plano. Esperando su momento. Y años después sentimos la desesperanza y no tenemos ni idea de a qué viene.
Resulta que el vacío ocupa mucho espacio. Ese vacío que queda tras la pérdida no se rellena con otra cosa y porque no lo quieras ver sigue ahí, lo siento por los de "ojos que no ven..." porque el inconsciente no olvida.
¿Cual es la forma más sana de enfrentar la pérdida? Hablar... ¡sorpresa!. No, en serio, hablar y hablar y hablar. Como ya dije en alguna otra ocasión. Lo que ocurre con el hablar es que no vale hacerlo con un muñeco de peluche. A veces es terapéutico pero somos seres sociales y necesitamos un Otro que recoja nuestra emoción, la acoja y nos ayude a contenerla. Sobre todo cuando es grande. El duelo y la pérdida se resuelve compartiéndolo. El problema es el de siempre, la comunicación socialmente aceptable. Hablamos de tristeza y no está bien visto. "¡Sigue adelante! ¡No llores! Te entiendo pero la vida sigue". No, si ya sé que la vida sigue, pero es que me duele. Tendemos a negar lo que nos da miedo y por alguna parte tiene que salir. Como dice Odin Dupeyron "la gente dice muchas tonterías cuando alguien se muere: no llores, Paty no querría verte llorar, ¡pues que no se hubiera muerto, la cabrona!" Genial.
Llorar es sano y legítimo ante la pérdida. Sentir rabia también. Enfadarse porque ahora hay un vacío donde antes hubo algo grande. Una persona, una emoción, una vida compartida. Y esto requiere un tiempo para sanarse. Y duele, mucho. Pero es necesario parar a resolver la herida. Porque sino el vacío ocupará mucho lugar y será difícil poder soportar otras emociones.
Al final, como el niño pequeño que tiene miedo al ir por primera vez a la guardería, aprendes que esa persona, esa historia juntos, esa vida que antes de la pérdida tenías, sigue existiendo. Puedes recordarlo y sentirlo y los recuerdos, si has aceptado el proceso del duelo y sus emociones asociadas, serán agradables. No necesitaras hacerlo desaparecer. Será una tristeza tranquila. Una sensación a la vez triste y alegre. Porque podrás recordar a esa persona, podrás recordar esas historias y podrás sentirte agradecido por haberlo vivido. ¿Que es una putada? Por supuesto! y más cuando la pérdida es inesperada o injusta (la mayoría de las veces lo es). Pero el secreto es aprender a vivir con ello. Y el aprendizaje es doloroso y complicado. El niño de dos años lo aprende más deprisa porque sabe que mama volverá a recogerle cuando acabe la guardería y al final entenderá que mama no desaparece porque ya no esté delante... es un recurso. Si hemos aprendido esto a tiempo, la pérdida no será tan complicada de asimilar. Si no lo aprendimos y, muchos adultos no lo han aprendido, la gestión de la pérdida es más complicada. Pero se puede hacer.
Piensa y, lo que es más importante, siente la pérdida. Permítete emociones que te hacen ser vulnerable y compártelas con un Otro siempre que lo necesites. Se irá tornando soportable y se irá haciendo más pequeño ese vacío. Podrás llenarlo con recuerdos que te hagan sentir reconfortado. Si aún así tienes miedo, si no quieres enfrentarlo, no te sorprendas cuando días, meses o años después te encuentres desbordado y no entiendas porqué... el vacío de la pérdida ocupa mucho lugar.
miércoles, 29 de abril de 2015
Una idea "bonita".
"Es muy bonito eso que dices: el paciente se va con su emoción a casa y el terapeuta se queda un rato con ella para luego seguir con su vida".
Hablaba con una gran terapeuta y me resonó la palabra que usó. "Bonito". Me hizo sentir muy bien pero se quedó dando vueltas en mi cabeza. "Bonito". En cierto sentido si que es bonito lo que dije pero en mi diálogo interno pensaba que era sentido común lo que había dicho, no?. Entonces recordé aquella frase que una profesora de psicología forense de la facultad repetía casi en cada clase: "Sentido común, el menos común de todos los sentidos".
Es bonito eso que dije precisamente porque no es de sentido común, aunque en mi opinión debería serlo. La conversación iba sobre las etiquetas y como al final el paciente acaba siendo su nombre seguido de la etiqueta: "Ella es S., es TLP". Y cualquier terapeuta ya se hace una idea de quién es S. aunque nunca la hayan visto.
Estaba en una sesión clínica en la que se hablaba de un caso y la profesional nos explicaba como le costaba mucho desengancharse de la emoción de vacío que esa paciente en particular le traía a la sesión. Contaba que había veces que le resultaba difícil no verse atrapada por la desesperanza de esa chica. Y yo empaticé más con la paciente que con la terapeuta que explicaba el caso.
Me imaginé a esa chica durante una hora sentada delante de esa psicóloga hablando de sus sentimientos más jodidos. Esos que le hacían dificilísimo levantarse cada mañana y seguir con su vida. Y como después de esa hora cogía todo eso, lo guardaba en su mochila y salía por la puerta de la consulta.
Veía la escena, acompáñenme un momento en esta visualización: Chica de veinti pocos años entra en consulta, se sienta en el sofá, enfrente de ella una terapeuta con experiencia que, quizás, acababa de terminar una sesión anterior con otra persona con su historia. La terapeuta y la chica comienzan la sesión y durante una hora la carga emocional en esa sala es tremenda. Se habla de vacío, se habla de desesperanza, se habla también de cosas del día a día (no crean que la hora entera de terapia se trata una emocionabilidad alta)... ya saben, y si no lo saben vayan a terapia, se lo recomiendo. Después de esta hora la chica se levanta, coge su mochila y se la pone al hombro, se despide de la terapeuta y la puerta de la consulta se cierra.
Dos realidades: la terapeuta se sienta en el sillón y piensa, reordena, es posible que escriba alguna de las palabras claves de la sesión y es posible que se quede repensando alguna idea (imaginen la consulta llena de esas emociones, esas palabras, esas ideas que una persona ha tratado de decir en voz alta, su vida, su historia, sus palabras...). La terapeuta cierra la libreta, respira hondo y pasa al siguiente paciente. Si es el último del día saldrá de la consulta e intentará hacer su vida, sus cosas. Irá a cenar con su familia o leerá un libro en la cama antes de dormir, no lo se.
La otra cara de la moneda es esa chica. S. TLP. Cuando se cierra la puerta de la consulta camina intentando de alguna forma reordenar todo eso que ha soltado en terapia. Si ha sido una buena sesión es posible que sienta que el peso de su mochila es menor. Si ha sido una sesión dura es posible que sienta que la mochila pesa un poco más. Ella confía en que esto es bueno, recuerda que "para que la herida cure tiene que doler un poco" y en realidad se siente afortunada de poder contar con alguien que la acompañe en ese camino. S. TLP. Lleva con ella su vacío y su desesperanza. Irá a cenar con su familia o leerá un libro en la cama antes de dormir, no lo se.
Lo que si se es que S. es TLP. Y lo se porque S. me lo dijo. Porque se refería a si misma con esa etiqueta. Y también se que desde el momento en el que, a los 15 años, le pusieron esa etiqueta ella ha sido eso y solo eso. Ha pasado por muchas cosas en su vida, cosas buenas y malas, cosas que la han desbordado por completo y cosas que ha conseguido superar. Consiguió pedir ayuda y después de muchos intentos encontró a alguien en quien podía confiar. Encontró a alguien que no la llamaba S. TLP sino que se interesó por el funcionamiento concreto de ese ser humano que se sentaba enfrente suya en ese momento. Que le daba bastante igual la etiqueta que le habían puesto. Que le importaba, y así se lo hizo saber a S. su historia y como ella funcionaba. ELLA. S. Y me lo explicaba sorprendida y con un brillo precioso en su mirada.
Es verdad que la terapeuta de mi historia se quedaba con la emoción que S. le descargaba en cada sesión. Es verdad que la terapeuta de la que hablo había aprendido a no quedarse atrapada porque entonces no sería una buena terapeuta, pero también es verdad que esa terapeuta no solo veía a S. sino que se esforzaba en comprender lo que había en su funcionamiento personal. Esta terapeuta en concreto se esforzaba por no quedarse atrapada con el vacío de S. y eso es porque ella veía, sentía, entendía el vacío de S. Desde la historia de S. Y también es verdad que S. se iba a casa con su vacío y que tenía que aprender a sobrevivir con ello pero que había encontrado a alguien que la acompañaría en su camino. En SU camino, de S... puede que parezca que me repito pero es algo importante.
Así que me he dado cuenta que no es sentido común sino que es muy bonito el ser capaz de ver, sentir, quedarte con la emoción de esa persona que se sienta al otro lado de tu consulta y hacer un esfuerzo por sacártelo de encima aún sabiendo que esa persona tiene que aprender a vivir con ello.
Porque es la única forma de acompañar a ese ser humano que se sienta enfrente tuya. Y que no es su etiqueta, aunque algunos se empeñen en ello. Y que no es simplemente un síntoma, aunque a algunos ya les vaya bien creer esto. Y que no cabe en un manual ni puedes sistematizar en un guión de sesiones estándar. Porque es una persona, con su historia y su funcionamiento concreto, único, con su historia y su percepción particular de esa historia, con su forma de hacer subjetiva... y esto es dificilísimo, lo sé, mucho más difícil que atenerse a una etiqueta. Porque esto te hace implicarte y porque si te implicas luego tienes que pasar un rato tratando de no quedar atrapada por lo que esa persona te trae a consulta pero, y así es como yo entiendo esto de ser psicólogo, es la única forma de hacerlo honestamente.
Así que agradezco el adjetivo que una gran terapeuta le puso a mi idea. (Gracias R.). Bonito. Y me lo quedo. Y espero estar atenta para no darlo por sentado porque no es tan común como creía.
Hablaba con una gran terapeuta y me resonó la palabra que usó. "Bonito". Me hizo sentir muy bien pero se quedó dando vueltas en mi cabeza. "Bonito". En cierto sentido si que es bonito lo que dije pero en mi diálogo interno pensaba que era sentido común lo que había dicho, no?. Entonces recordé aquella frase que una profesora de psicología forense de la facultad repetía casi en cada clase: "Sentido común, el menos común de todos los sentidos".
Es bonito eso que dije precisamente porque no es de sentido común, aunque en mi opinión debería serlo. La conversación iba sobre las etiquetas y como al final el paciente acaba siendo su nombre seguido de la etiqueta: "Ella es S., es TLP". Y cualquier terapeuta ya se hace una idea de quién es S. aunque nunca la hayan visto.
Estaba en una sesión clínica en la que se hablaba de un caso y la profesional nos explicaba como le costaba mucho desengancharse de la emoción de vacío que esa paciente en particular le traía a la sesión. Contaba que había veces que le resultaba difícil no verse atrapada por la desesperanza de esa chica. Y yo empaticé más con la paciente que con la terapeuta que explicaba el caso.
Me imaginé a esa chica durante una hora sentada delante de esa psicóloga hablando de sus sentimientos más jodidos. Esos que le hacían dificilísimo levantarse cada mañana y seguir con su vida. Y como después de esa hora cogía todo eso, lo guardaba en su mochila y salía por la puerta de la consulta.
Veía la escena, acompáñenme un momento en esta visualización: Chica de veinti pocos años entra en consulta, se sienta en el sofá, enfrente de ella una terapeuta con experiencia que, quizás, acababa de terminar una sesión anterior con otra persona con su historia. La terapeuta y la chica comienzan la sesión y durante una hora la carga emocional en esa sala es tremenda. Se habla de vacío, se habla de desesperanza, se habla también de cosas del día a día (no crean que la hora entera de terapia se trata una emocionabilidad alta)... ya saben, y si no lo saben vayan a terapia, se lo recomiendo. Después de esta hora la chica se levanta, coge su mochila y se la pone al hombro, se despide de la terapeuta y la puerta de la consulta se cierra.
Dos realidades: la terapeuta se sienta en el sillón y piensa, reordena, es posible que escriba alguna de las palabras claves de la sesión y es posible que se quede repensando alguna idea (imaginen la consulta llena de esas emociones, esas palabras, esas ideas que una persona ha tratado de decir en voz alta, su vida, su historia, sus palabras...). La terapeuta cierra la libreta, respira hondo y pasa al siguiente paciente. Si es el último del día saldrá de la consulta e intentará hacer su vida, sus cosas. Irá a cenar con su familia o leerá un libro en la cama antes de dormir, no lo se.
La otra cara de la moneda es esa chica. S. TLP. Cuando se cierra la puerta de la consulta camina intentando de alguna forma reordenar todo eso que ha soltado en terapia. Si ha sido una buena sesión es posible que sienta que el peso de su mochila es menor. Si ha sido una sesión dura es posible que sienta que la mochila pesa un poco más. Ella confía en que esto es bueno, recuerda que "para que la herida cure tiene que doler un poco" y en realidad se siente afortunada de poder contar con alguien que la acompañe en ese camino. S. TLP. Lleva con ella su vacío y su desesperanza. Irá a cenar con su familia o leerá un libro en la cama antes de dormir, no lo se.
Lo que si se es que S. es TLP. Y lo se porque S. me lo dijo. Porque se refería a si misma con esa etiqueta. Y también se que desde el momento en el que, a los 15 años, le pusieron esa etiqueta ella ha sido eso y solo eso. Ha pasado por muchas cosas en su vida, cosas buenas y malas, cosas que la han desbordado por completo y cosas que ha conseguido superar. Consiguió pedir ayuda y después de muchos intentos encontró a alguien en quien podía confiar. Encontró a alguien que no la llamaba S. TLP sino que se interesó por el funcionamiento concreto de ese ser humano que se sentaba enfrente suya en ese momento. Que le daba bastante igual la etiqueta que le habían puesto. Que le importaba, y así se lo hizo saber a S. su historia y como ella funcionaba. ELLA. S. Y me lo explicaba sorprendida y con un brillo precioso en su mirada.
Es verdad que la terapeuta de mi historia se quedaba con la emoción que S. le descargaba en cada sesión. Es verdad que la terapeuta de la que hablo había aprendido a no quedarse atrapada porque entonces no sería una buena terapeuta, pero también es verdad que esa terapeuta no solo veía a S. sino que se esforzaba en comprender lo que había en su funcionamiento personal. Esta terapeuta en concreto se esforzaba por no quedarse atrapada con el vacío de S. y eso es porque ella veía, sentía, entendía el vacío de S. Desde la historia de S. Y también es verdad que S. se iba a casa con su vacío y que tenía que aprender a sobrevivir con ello pero que había encontrado a alguien que la acompañaría en su camino. En SU camino, de S... puede que parezca que me repito pero es algo importante.
Así que me he dado cuenta que no es sentido común sino que es muy bonito el ser capaz de ver, sentir, quedarte con la emoción de esa persona que se sienta al otro lado de tu consulta y hacer un esfuerzo por sacártelo de encima aún sabiendo que esa persona tiene que aprender a vivir con ello.
Porque es la única forma de acompañar a ese ser humano que se sienta enfrente tuya. Y que no es su etiqueta, aunque algunos se empeñen en ello. Y que no es simplemente un síntoma, aunque a algunos ya les vaya bien creer esto. Y que no cabe en un manual ni puedes sistematizar en un guión de sesiones estándar. Porque es una persona, con su historia y su funcionamiento concreto, único, con su historia y su percepción particular de esa historia, con su forma de hacer subjetiva... y esto es dificilísimo, lo sé, mucho más difícil que atenerse a una etiqueta. Porque esto te hace implicarte y porque si te implicas luego tienes que pasar un rato tratando de no quedar atrapada por lo que esa persona te trae a consulta pero, y así es como yo entiendo esto de ser psicólogo, es la única forma de hacerlo honestamente.
Así que agradezco el adjetivo que una gran terapeuta le puso a mi idea. (Gracias R.). Bonito. Y me lo quedo. Y espero estar atenta para no darlo por sentado porque no es tan común como creía.
miércoles, 1 de abril de 2015
Digresión: sociedad funcional y adaptativa.
¿En qué momento la psicología en general convirtió al ser humano en un recurso? Entiendo que el dinero está en las empresas. Entiendo que en las empresas la psicología se entiende como "recursos humanos", es donde trabajan los psicólogos en las empresas, no? Vale. Pero, ¿cómo ocurrió que la psicología general se convirtió en recursos humanos?
La historia de la psicología me da un pista de esto. Tenemos al señor Freud sentado en su diván hablando de psicoanálisis. Tenemos un montón de burgueses con dinero y tiempo que se podían permitir pagar terapias eternas. En el otro lado teníamos a las personas que no podían pagarse esto medicadas o (y) encerradas en un psiquiátrico. Siendo muy simplistas que esto no va de una clase de historia, pasamos al conductismo y después al cognitivismo y estos dos se llevaron bien y de repente la terapia ya no tenía que durar eternamente porque en unas cuantas sesiones ya estaban curados... la melancolía pasó a llamarse depresión y con unos "trucos" (no me malinterpreten, entiendo que hay herramientas muy útiles para que la persona sea adaptativa y funcional dentro del cognitivo conductual) o (y) con psicofármacos listo! De nuevo a seguir nadando... cuan Doris en "buscando a Nemo".
Y la evolución evidente, aunque aún no alcanzo a ver el porqué más allá de luchas de poderes, de convertir al ser humano en un recurso más, de olvidar la filosofía y de cambiar al sujeto por un objeto, de necesitar adultos funcionales y adaptativos para seguir creciendo, produciendo, corriendo hacia delante sin pararse ni un momento a pensar, porque como te pares estás perdido (que no se yo a donde pretendemos llegar)... aparece todo esto de la psicología positiva y el coaching y la esencia del ser humano pasa a ser tratada como el cuerpo en un gimnasio. El lenguaje se simplifica, los "trucos" se simplifican y en lugar de intentar que cada cual entienda su esencia y encuentre su propio camino tenemos recetas que sirven para todos... y nos convertimos en el segundo país en consumo de psicofármacos. Y crecen los lectores de cartas y el tarot y la astrología.
Necesitaba vomitar todo esto. Porque ya allá por mis 15 años me daba cuenta que algo no andaba bien. Que la filosofía y el sentarse a pensar estaba mal visto, que la melancolía se convirtió en depresión y que no se habla del duelo porque la muerte, propia o ajena, significaría pensar en que esto se acaba y que quizás estemos corriendo en vano... pero es que ahora, en un mundo en el cual la moda es ver la vida de otros en veinte minutos en youtube- Donde el objetivo es tener más seguidores aunque no estés diciendo nada. Donde el vacío lo llena todo. Donde los seres humanos se han convertido en recursos humanos y la terapia psicológica un entrenamiento de gimnasio me pregunto qué está pasando y hasta dónde vamos a seguir corriendo.
Mientras tanto en un mundo paralelo aumentan los "trastornos alimentarios" en los adolescentes y cada vez más niños medicados. Los adultos necesitan drogas legales y los jóvenes drogas no tan legales para seguir nadando... En fin... que hoy estoy rara.
La historia de la psicología me da un pista de esto. Tenemos al señor Freud sentado en su diván hablando de psicoanálisis. Tenemos un montón de burgueses con dinero y tiempo que se podían permitir pagar terapias eternas. En el otro lado teníamos a las personas que no podían pagarse esto medicadas o (y) encerradas en un psiquiátrico. Siendo muy simplistas que esto no va de una clase de historia, pasamos al conductismo y después al cognitivismo y estos dos se llevaron bien y de repente la terapia ya no tenía que durar eternamente porque en unas cuantas sesiones ya estaban curados... la melancolía pasó a llamarse depresión y con unos "trucos" (no me malinterpreten, entiendo que hay herramientas muy útiles para que la persona sea adaptativa y funcional dentro del cognitivo conductual) o (y) con psicofármacos listo! De nuevo a seguir nadando... cuan Doris en "buscando a Nemo".
Y la evolución evidente, aunque aún no alcanzo a ver el porqué más allá de luchas de poderes, de convertir al ser humano en un recurso más, de olvidar la filosofía y de cambiar al sujeto por un objeto, de necesitar adultos funcionales y adaptativos para seguir creciendo, produciendo, corriendo hacia delante sin pararse ni un momento a pensar, porque como te pares estás perdido (que no se yo a donde pretendemos llegar)... aparece todo esto de la psicología positiva y el coaching y la esencia del ser humano pasa a ser tratada como el cuerpo en un gimnasio. El lenguaje se simplifica, los "trucos" se simplifican y en lugar de intentar que cada cual entienda su esencia y encuentre su propio camino tenemos recetas que sirven para todos... y nos convertimos en el segundo país en consumo de psicofármacos. Y crecen los lectores de cartas y el tarot y la astrología.
Necesitaba vomitar todo esto. Porque ya allá por mis 15 años me daba cuenta que algo no andaba bien. Que la filosofía y el sentarse a pensar estaba mal visto, que la melancolía se convirtió en depresión y que no se habla del duelo porque la muerte, propia o ajena, significaría pensar en que esto se acaba y que quizás estemos corriendo en vano... pero es que ahora, en un mundo en el cual la moda es ver la vida de otros en veinte minutos en youtube- Donde el objetivo es tener más seguidores aunque no estés diciendo nada. Donde el vacío lo llena todo. Donde los seres humanos se han convertido en recursos humanos y la terapia psicológica un entrenamiento de gimnasio me pregunto qué está pasando y hasta dónde vamos a seguir corriendo.
Mientras tanto en un mundo paralelo aumentan los "trastornos alimentarios" en los adolescentes y cada vez más niños medicados. Los adultos necesitan drogas legales y los jóvenes drogas no tan legales para seguir nadando... En fin... que hoy estoy rara.
martes, 24 de marzo de 2015
Sobre la necesidad: primera parte.
Al expresar una necesidad en voz alta se convierte en real. Esto tiene dos problemas. Uno, que si la conoces, si la has descubierto, sería ideal poder satisfacerla. Dos, si la has expresado en voz alta es porque esperas que el otro se de cuenta de esa necesidad y, con suerte, te acompañe a satisfacerla o, incluso vayamos más allá, sea el otro el que satisfaga esa necesidad.
¿Y por qué esto habría de ser un problema? Pues resulta que hay personas que han aprendido a lo largo de su desarrollo vital que cuando decían en voz alta sus necesidades los otros que se supone debían gestionarla o satisfacerla simplemente se las han negado. O no han prestado atención. O no han sabido como hacerlo. O no han podido... Aquí no hablo de culpa sino de responsabilidad. Que cada cual gestione su culpa pero deberían plantearse la responsabilidad para evitar problemas mayores.
Hablo de adultos progenitores y de niños, claro. Esta es la responsabilidad absoluta. Cuando te haces adulto aprendes a satisfacer tus propias necesidades. Sería lo ideal. Pero esto no siempre pasa. Generalmente actuamos por inercia, por aprendizaje inconsciente sin plantearnos el porqué. Si no has analizado la manera en la que detectas y gestionas tus necesidades lo harás como te enseñaron a hacerlo tus padres. ¿Qué ocurre cuando este aprendizaje ha sido disfuncional o saboteado? Pues que en muchas ocasiones el niño niega sus necesidades. Hace que desaparezcan, las esconde tan hondo que es incapaz de recuperarlas solo. Porque la frustración en la infancia ha sido demasiado grande. Y hablo de frustración subjetiva, lo que importa no es lo que ocurre sino la intensidad con la que lo vives. El nivel de sufrimiento.
Voy a usar una historia en particular para explicar esto de las necesidades. Sinclair (nombre ficticio) me ha prestado su historia para poder contarlo, gracias niña.
Sinclair tuvo una infancia complicada. Ella aprendió bien pronto que los adultos a su alrededor no iban a satisfacer sus necesidades emocionales. De hecho a Sinclair le ocurrió que algún adulto a su alrededor aprovechó sus necesidades emocionales para hacerle daño. Lo que ella hizo para protegerse fue hacer desaparecer la emoción. De manera inconsciente. Poco a poco dejó de sentir. Si no necesitaba ya no podía sentirse abandonada. Si no pedía nada no sentiría la frustración de no tener. Y por no poder tener dejó de desear, dejó de querer.
Esto no solo le ocurre a ella. Hay muchos adultos que, si se paran a pensar en como aprendieron a relacionarse con su propia necesidad, se darán cuenta que su historia puede ser parecida a la de Sinclair. Ahora, siendo adulta, ella ha podido entender que dejó de escucharse a si misma para protegerse pero que ahora puede ir poco a poco probando. Intentando detectar qué siente, qué necesita y comunicarlo a los demás. Y ahora empieza a aprender que decir en voz alta "me gustaría...", "necesito que..." no siempre estará acompañado de una negación e incluso cuando a veces viene acompañado de una negación, está aprendiendo a soportar la frustración que esto le supone. Porque ya no es una niña y no confunde la negación de su necesidad con la negación de si misma. O al menos está en ello. Pero esto le ha costado tiempo, esfuerzo, decepciones y horas de terapia...
La idea es pensar que los niños aprenden a escucharse a si mismos a través de la respuesta que los adultos de su alrededor les dan y que si no les damos la oportunidad de aceptar y satisfacer sus necesidades, aprenderán un atajo. Un atajo que complicará una sana comunicación con ellos mismos y que creará adultos disfuncionales, insatisfechos, confusos.. en la búsqueda constante de la satisfacción de un vacío que no puede ser llenado porque no saben como hacerlo. Porque no aprendieron en su momento a incorporar, a satisfacer la necesidad detectada.
Este es otro super poder de los adultos para con los niños. Y es algo para ir pensando. ¿Cómo detecto lo que necesito? ¿Cómo interpreto mi propio deseo? ¿Qué espacio le doy para satisfacerla o para compartirla con otro? ¿Cómo incorporo para llenarme? Y, dentro de la patología, ¿cómo sustituyo todo esto? ¿cuánto he de comer para llenar el vacío? ¿cuánto he de beber? ¿cuántos psicofármacos necesito para estar satisfecho?...
No se, son ideas...
¿Y por qué esto habría de ser un problema? Pues resulta que hay personas que han aprendido a lo largo de su desarrollo vital que cuando decían en voz alta sus necesidades los otros que se supone debían gestionarla o satisfacerla simplemente se las han negado. O no han prestado atención. O no han sabido como hacerlo. O no han podido... Aquí no hablo de culpa sino de responsabilidad. Que cada cual gestione su culpa pero deberían plantearse la responsabilidad para evitar problemas mayores.
Hablo de adultos progenitores y de niños, claro. Esta es la responsabilidad absoluta. Cuando te haces adulto aprendes a satisfacer tus propias necesidades. Sería lo ideal. Pero esto no siempre pasa. Generalmente actuamos por inercia, por aprendizaje inconsciente sin plantearnos el porqué. Si no has analizado la manera en la que detectas y gestionas tus necesidades lo harás como te enseñaron a hacerlo tus padres. ¿Qué ocurre cuando este aprendizaje ha sido disfuncional o saboteado? Pues que en muchas ocasiones el niño niega sus necesidades. Hace que desaparezcan, las esconde tan hondo que es incapaz de recuperarlas solo. Porque la frustración en la infancia ha sido demasiado grande. Y hablo de frustración subjetiva, lo que importa no es lo que ocurre sino la intensidad con la que lo vives. El nivel de sufrimiento.
Voy a usar una historia en particular para explicar esto de las necesidades. Sinclair (nombre ficticio) me ha prestado su historia para poder contarlo, gracias niña.
Sinclair tuvo una infancia complicada. Ella aprendió bien pronto que los adultos a su alrededor no iban a satisfacer sus necesidades emocionales. De hecho a Sinclair le ocurrió que algún adulto a su alrededor aprovechó sus necesidades emocionales para hacerle daño. Lo que ella hizo para protegerse fue hacer desaparecer la emoción. De manera inconsciente. Poco a poco dejó de sentir. Si no necesitaba ya no podía sentirse abandonada. Si no pedía nada no sentiría la frustración de no tener. Y por no poder tener dejó de desear, dejó de querer.
Esto no solo le ocurre a ella. Hay muchos adultos que, si se paran a pensar en como aprendieron a relacionarse con su propia necesidad, se darán cuenta que su historia puede ser parecida a la de Sinclair. Ahora, siendo adulta, ella ha podido entender que dejó de escucharse a si misma para protegerse pero que ahora puede ir poco a poco probando. Intentando detectar qué siente, qué necesita y comunicarlo a los demás. Y ahora empieza a aprender que decir en voz alta "me gustaría...", "necesito que..." no siempre estará acompañado de una negación e incluso cuando a veces viene acompañado de una negación, está aprendiendo a soportar la frustración que esto le supone. Porque ya no es una niña y no confunde la negación de su necesidad con la negación de si misma. O al menos está en ello. Pero esto le ha costado tiempo, esfuerzo, decepciones y horas de terapia...
La idea es pensar que los niños aprenden a escucharse a si mismos a través de la respuesta que los adultos de su alrededor les dan y que si no les damos la oportunidad de aceptar y satisfacer sus necesidades, aprenderán un atajo. Un atajo que complicará una sana comunicación con ellos mismos y que creará adultos disfuncionales, insatisfechos, confusos.. en la búsqueda constante de la satisfacción de un vacío que no puede ser llenado porque no saben como hacerlo. Porque no aprendieron en su momento a incorporar, a satisfacer la necesidad detectada.
Este es otro super poder de los adultos para con los niños. Y es algo para ir pensando. ¿Cómo detecto lo que necesito? ¿Cómo interpreto mi propio deseo? ¿Qué espacio le doy para satisfacerla o para compartirla con otro? ¿Cómo incorporo para llenarme? Y, dentro de la patología, ¿cómo sustituyo todo esto? ¿cuánto he de comer para llenar el vacío? ¿cuánto he de beber? ¿cuántos psicofármacos necesito para estar satisfecho?...
No se, son ideas...
lunes, 16 de marzo de 2015
Lo que todo psicólogo, terapeuta o analista tiene que saber... y que no podemos exigir a los “legos” aunque nos encantaría que a veces lo practicasen.
Y con este super título a modo de introducción quiero hablar de la habilidad de empatía mezclada con escucha activa, atención plena y ser capaz de dejar a un lado tu propia historia, realidad y visión del mundo.
Hablamos mucho de empatía y de ponerte en el lugar del otro. De intentar entender como ese otro siente en el momento en el que nos está contando su historia. La mayoría de las veces en medio de una conversación estamos pensando en qué vamos a decir nosotros cuando el otro se calle. En el mejor de los casos la respuesta tiene relación con lo que nos están contando, en el peor de los casos estamos esperando nuestro turno para “hablar de mi libro”. Eso que parece tan sencillo es realmente difícil. Y si te paras a observar las conversaciones ajenas, (intentad ser discretos cuando hagáis esto) te darás cuenta que muchas de las veces se dan malos entendidos porque simplemente cada uno de los dos están en lugares distintos, usan códigos distintos. Y esto pasa constantemente en conversaciones casuales. No pasa nada, es la magia del lenguaje.
¿Qué ocurre cuando la conversación implica carga emocional? Pues que aún se hace más difícil. Las palabras tienen un significado objetivo según el diccionario de la lengua, pero tienen infinitos conceptos simbólicos según el hablante. Piensa en un perro. Algunos cuando piensan en perro ven su perro de la infancia, otros ven su perro actual, otros que no tienen perro ven uno pequeño o grande según su imaginario, según su historia… es cierto que el perro tiene rasgos comunes para todos, un perro es cualquiera, pero EL perro, este es diferente para cada uno de nosotros. Y este es el ejemplo más fácil que he encontrado. Parémonos un momento en una palabra cualquiera que hable de emoción. ¿Cómo te sientes? Triste. Y esta tristeza tiene tantos significados, tantas intensidades, tantas variables como hablantes y momentos vitales tengamos delante.
Teniendo en cuenta esto, la habilidad que todo terapeuta debe desarrollar es la capacidad de escuchar al Otro (paciente, cliente, ser humano enfrente suya….) desde la historia de ese Otro. Y esto, que parece muy sencillo, que creemos que podemos hacerlo, es tremendamente difícil. Porque como seres humanos los terapeutas también tenemos un significado propio para cada una de las palabras. Un significado que tiene relación con nuestra propia historia. Mi tristeza no es la tuya, ni es la de mi paciente. Desde mi punto de vista tengo la certeza de que para poder hacer esto bien antes tienes que conocerte a ti mismo. Y tengo la certeza de que no puedes hacerlo solo. “La mente que ha creado el problema no puede resolverlo”, decía Einstein. Así que si no te has analizado no serás un buen terapeuta. Y siendo del todo sincero, cualquier resistencia a esto será entendido como una defensa.
Necesitas conocer tu historia. Necesitas conocer tus emociones y el porqué de éstas. Primero tienes que ver cómo es tu mundo para, después, una vez que tienes delante un Otro, poder separar lo que es tuyo de lo que te está contando. Hay que ser un espejo, pero un espejo limpio. Será inevitable que te resuenen algunas de las cosas que el ser humano que tienes delante te esté contando. Compartimos lenguaje y términos. Por eso, si sabes cuales son los significados que tu historia te devuelve, podrás separar y podrás entender qué es lo que ese Otro te está explicando y, así, podrás acompañarlo en su propia historia. Sin contaminar esta historia con tus propias proyecciones.
Esto es algo que todo psicólogo, terapeuta o analista tiene que saber… pero que no le podemos exigir a los “legos” aunque nos encantaría que a veces lo practicasen.
lunes, 2 de marzo de 2015
Palabras que construyen.
Pensaba en aquella película, “Cadena de favores”. No es que me gustase especialmente la película, pero me la trajo una idea. Hoy he recibido un comentario de una gran persona a la que adoro aún sin conocerla en persona. Ella me dijo a raíz de una entrevista que me han publicado “me siento orgullosa de ser tu amiga”. Parece simple pero ese comentario ha desencadenado esta cadena de pensamientos que quiero relatar a continuación, y por eso lo de la película.
El mundo de ahí fuera es duro, muy duro. No sabría encontrar una sola variable, seguramente hay un montón, pero tengo la sensación de que cada vez vivimos más alejados los unos de los otros. Y creo que es una sensación compartida por otros. El ser humano ha pasado a ser un objeto más de consumo. Leí un artículo muy interesante con respecto a esto que hablaba, entre otras muchas cosas, de como el ser humano (mujeres y hombres, aunque en tiempos y con motivos distintos) había pasado a ser un objeto de consumo más, "en la sociedad de consumidores nadie puede convertirse en sujeto sin antes convertirse en producto, y nadie puede preservar su carácter de sujeto si no se ocupa de resucitar, revivir y realimentar a perpetuidad en sí mismo cualidades y habilidades que se exigen a todo producto de consumo" (Zygmunt Bauman). Duro, no? no podemos ser sujetos. Esto plantea muchos interrogantes con respecto a la identidad, al Yo y lo que espero de mi y de mi vida.
Me pregunto si existe alguna manera de devolver al sujeto su yo. De reconocerlo como sujeto. Y pensaba en los niños y en cómo los adultos de esos niños tienen ese super poder. Debe ser muy difícil reconocer ese super poder. Pero está ahí. En las palabras con las que nos dirigimos a los niños y adolescentes. En cómo los llamamos o cómo les describimos la realidad.
Recuerdo una conversación con una madre a la que le costaba muchísimo hablar de emociones. Le resultaba muy difícil reconocer las emociones en ella misma, ¡cuán difícil no sería verlas en su hijo! ¡y mucho más nombrarlas! Esta mujer me contó que cuando le decía algo positivo a su hijo, cuando le reconocía algo bueno o algo que había hecho bien, le parecía falso. Sentía como si estuviese forzando algo. Como si no fuese necesario decírselo. Le pregunté cómo se sentía ella cuando le decían algo positivo. Me explicó que tenía la misma sensación, como si la otra persona estuviese diciendo una mentira. Ella era incapaz de hacer suyo ningún comentario positivo, automáticamente sentía que la otra persona quería algo a cambio o que simplemente estaba mintiendo. Esta mujer había tenido una infancia complicada y me contó que su relación con sus padres era distante y fría y que nunca escuchó palabras de aliento.
Con este ejemplo se hace evidente como esta mujer no era capaz de reconocer su super poder. Ella no había recibido ese reconocimiento por parte de su propia familia y ahora le costaba entender el efecto que este reconocimiento tenía en el otro. A muchos adultos les pasa esto. No saben hacer suyas esas caricias del otro. No son capaces de introducirlos en su saco de “tengos”. Y no usan su super poder.
Cuando hablamos de nuevo, esta mujer de la que hablo, había estado practicando y me decía muy sorprendida que su hijo empezaba a hablar de emociones con ella. Que ahora a veces se le acercaba y le daba un abrazo. Que habían empezado a decirse “te quiero” y que, y esto me lo decía completamente ojiplática, ¡se sentía feliz por eso! Incluso comentaba como había empezado a incorporar en su lenguaje emociones y empezaba a entender que a los demás también le hacía sentir bien su legítima muestra de reconocimiento. Recuerdo que se apresuró a subrayar: “no se trata de ser amable con todo el mundo, verdad? solo con los que te sientas bien y cuando te sientas bien”. Verdad. Ella había descubierto su super poder. El reconocimiento del otro y su propio reconocimiento.
El mundo ahí fuera es muy duro. Es muy fácil olvidarse de este super poder. Es muy fácil dejar de prestar atención a esos “tengo”. Pero hay veces, algunas veces, que aparecen y de repente te das cuenta de ello. Y puedes usar esa energía para crear algo, para agradecer algo, para construir alguna cosa. Una palabra bonita, un abrazo, un reconocimiento del otro. Luego sigues caminando y esto no habrá hecho que deje de ser duro, pero habrá servido para algo. Para recuperar un trocito de tu identidad, de la identidad de un niño o una niña, de la identidad de un compañero o un amigo.
Así que, querida Dolores, gracias por llenar con tus palabras mi saco de “tengo” y a los demás, no olvidéis vuestro super poder, usadlo con responsabilidad y recordad que así es como los niños construyen su autoestima, pueden construirse a sí mismos con “tengo” o con “debo”... cuando te haces adulto es más difícil cambiar esto y es con este reconocimiento como se irán haciendo a sí mismos y es con esta autoestima como será capaces de enfrentarse a ese mundo duro de ahí fuera.
Como decía aquel superhéroe "Els petits canvis són poderosos".
El mundo de ahí fuera es duro, muy duro. No sabría encontrar una sola variable, seguramente hay un montón, pero tengo la sensación de que cada vez vivimos más alejados los unos de los otros. Y creo que es una sensación compartida por otros. El ser humano ha pasado a ser un objeto más de consumo. Leí un artículo muy interesante con respecto a esto que hablaba, entre otras muchas cosas, de como el ser humano (mujeres y hombres, aunque en tiempos y con motivos distintos) había pasado a ser un objeto de consumo más, "en la sociedad de consumidores nadie puede convertirse en sujeto sin antes convertirse en producto, y nadie puede preservar su carácter de sujeto si no se ocupa de resucitar, revivir y realimentar a perpetuidad en sí mismo cualidades y habilidades que se exigen a todo producto de consumo" (Zygmunt Bauman). Duro, no? no podemos ser sujetos. Esto plantea muchos interrogantes con respecto a la identidad, al Yo y lo que espero de mi y de mi vida.
Me pregunto si existe alguna manera de devolver al sujeto su yo. De reconocerlo como sujeto. Y pensaba en los niños y en cómo los adultos de esos niños tienen ese super poder. Debe ser muy difícil reconocer ese super poder. Pero está ahí. En las palabras con las que nos dirigimos a los niños y adolescentes. En cómo los llamamos o cómo les describimos la realidad.
Recuerdo una conversación con una madre a la que le costaba muchísimo hablar de emociones. Le resultaba muy difícil reconocer las emociones en ella misma, ¡cuán difícil no sería verlas en su hijo! ¡y mucho más nombrarlas! Esta mujer me contó que cuando le decía algo positivo a su hijo, cuando le reconocía algo bueno o algo que había hecho bien, le parecía falso. Sentía como si estuviese forzando algo. Como si no fuese necesario decírselo. Le pregunté cómo se sentía ella cuando le decían algo positivo. Me explicó que tenía la misma sensación, como si la otra persona estuviese diciendo una mentira. Ella era incapaz de hacer suyo ningún comentario positivo, automáticamente sentía que la otra persona quería algo a cambio o que simplemente estaba mintiendo. Esta mujer había tenido una infancia complicada y me contó que su relación con sus padres era distante y fría y que nunca escuchó palabras de aliento.
Con este ejemplo se hace evidente como esta mujer no era capaz de reconocer su super poder. Ella no había recibido ese reconocimiento por parte de su propia familia y ahora le costaba entender el efecto que este reconocimiento tenía en el otro. A muchos adultos les pasa esto. No saben hacer suyas esas caricias del otro. No son capaces de introducirlos en su saco de “tengos”. Y no usan su super poder.
Cuando hablamos de nuevo, esta mujer de la que hablo, había estado practicando y me decía muy sorprendida que su hijo empezaba a hablar de emociones con ella. Que ahora a veces se le acercaba y le daba un abrazo. Que habían empezado a decirse “te quiero” y que, y esto me lo decía completamente ojiplática, ¡se sentía feliz por eso! Incluso comentaba como había empezado a incorporar en su lenguaje emociones y empezaba a entender que a los demás también le hacía sentir bien su legítima muestra de reconocimiento. Recuerdo que se apresuró a subrayar: “no se trata de ser amable con todo el mundo, verdad? solo con los que te sientas bien y cuando te sientas bien”. Verdad. Ella había descubierto su super poder. El reconocimiento del otro y su propio reconocimiento.
El mundo ahí fuera es muy duro. Es muy fácil olvidarse de este super poder. Es muy fácil dejar de prestar atención a esos “tengo”. Pero hay veces, algunas veces, que aparecen y de repente te das cuenta de ello. Y puedes usar esa energía para crear algo, para agradecer algo, para construir alguna cosa. Una palabra bonita, un abrazo, un reconocimiento del otro. Luego sigues caminando y esto no habrá hecho que deje de ser duro, pero habrá servido para algo. Para recuperar un trocito de tu identidad, de la identidad de un niño o una niña, de la identidad de un compañero o un amigo.
Así que, querida Dolores, gracias por llenar con tus palabras mi saco de “tengo” y a los demás, no olvidéis vuestro super poder, usadlo con responsabilidad y recordad que así es como los niños construyen su autoestima, pueden construirse a sí mismos con “tengo” o con “debo”... cuando te haces adulto es más difícil cambiar esto y es con este reconocimiento como se irán haciendo a sí mismos y es con esta autoestima como será capaces de enfrentarse a ese mundo duro de ahí fuera.
Como decía aquel superhéroe "Els petits canvis són poderosos".
lunes, 23 de febrero de 2015
Adultos adolescentes. Niños desafiantes.
Convendrán conmigo en que nuestra cultura social nos exige inmediatez, felicidad, goce casi infinito e instantáneo. La frustración se asocia a la espera. Tenemos que ser mejores que los otros, tener más cosas e incluso saberlo todo. Hablamos de felicidad como un objetivo del adulto. No solo esto sino que esa felicidad depende directamente del adulto. Si no eres feliz es porque no lo has intentado lo suficiente, porque no lo has pensado de la manera correcta. Los adultos tienen que ser completos y felices. Y ya.
¿Qué ocurre cuando estos adultos tienen hijos? Tener hijos implica inevitablemente una renuncia. Hay que renunciar a parte del propio narcisismo, a deseos del Yo que han de ser apartados para dejar lugar a los deseos y necesidades del otro. Del otro completamente dependiente. Porque el niño es completamente dependiente del adulto. Ocurre que a veces esos adultos utilizan a los niños para sostenerse a sí mismos, para sostener su propio yo. Como ejemplo podría valer el padre que proyecta en su hijo deseos o necesidades que ya, como adulto, han sido desmentidas. La transgresión de la norma, por ejemplo, es muy típico en estos casos, el “haz lo que diga pero no lo que haga”. El niño generaliza, el niño en formación no entiende que hay veces que se puede y veces que no. No entiende la norma si no es absoluta y no entiende que “cuando seas grande comerás huevos”, pero ya iré a esto más adelante.
El niño es un cerebro en desarrollo. Desde que nace hasta que desarrolla su propio yo, su personalidad (o su armado narcisista) está al cuidado de un Otro. Normalmente un adulto, supuestamente responsable.
Actualmente tenemos muchos adultos que no son capaces de sostenerse a sí mismos como adultos. No diferencian entre el adulto y el niño. Creen que pueden conseguirlo todo y ya. Han quedado atrapados en el adolescente que cree ser el centro del mundo. El adulto no puede decirle al niño “yo te puedo cuidar” cuando no ha resuelto su propia historia. Aumenta el uso de psicofármacos, la necesidad de drogas o alcohol (y no hace falta que hablemos de alcoholismo, que también, sino símplemente la necesidad de adormecerse aceptada socialmente). E incluso me atrevería a decir el aumento de nuevas modas basadas en el pensamiento positivo o la necesidad de un gurú externo que nos diga que tenemos que hacer (llámalo X).
Algunas veces estos niños reaccionan de manera, desde el punto de vista del adulto, extravagante. A veces estos niños ponen en cuestión las normas del otro, son inquietos o desafiantes. Reaccionan ante la dependencia que, en un desarrollo vital normal, es lo que los niños son. Dependientes. Pero es muy difícil depender de otro inestable. Da miedo quedar a merced absoluta de un otro que no es capaz de sostenerse a sí mismo. A veces la autosuficiencia que impostan estos niños, la ruptura de las normas, el negarse a obedecer, es la forma que encuentran para mantener su propio yo a pesar del otro. En lugar de un sano “yo solito” pero acompañado de un adulto aparece un impuesto “yo solito” o no habrá yo. La ambivalencia del adulto el niño la interpreta como insoportable. Pueden quedar atrapados por el otro que, en cualquier momento, los puede rechazar.
Puede sonar demasiado tremendista o alarmante. Pero es como interpretamos el comportamiento infantil lo que debería ser visto como tremendo y alarmante.
El niño necesita un adulto que se haga cargo de la situación para desarrollarse de manera sana. Necesita que el adulto sostenga la diferencia entre niño/adulto y necesita que este adulto se comprometa a ayudarlo, que sea confiable, consistente y coherente. Inicialmente de manera absoluta, incondicional, el niño necesita saber que se le quiere solo por ser, por estar. Más tarde se le reconocerá por medio de logros, por lo que se consigue o se espera de él.
Cuando esto no ocurre, cuando nos encontramos con adultos que no han trabajado su propia historia, adultos narcisistas que no han creado un espacio para un otro, su hijo, en su cabeza, es cuando aparecen los problemas.
Y ante esto tenemos varias soluciones. Tenemos la solución más práctica para el adulto adolescente en una sociedad que nos impone y exige el placer inmediato, hacer que el niño quede quieto, destruyendo el síntoma o haciéndolo callar para que no moleste. Tenemos una solución compleja, que implica reconocer al niño como sujeto que puede hablar de lo que le pasa. Interesándonos, como adultos consistentes capaces de sostenerlos, por cuáles son las situaciones angustiosas que les llevan a oponerse. Interesarse por la historia del niño y entender el porqué. Incluir al niño siendo capaces de aceptar que en esta situación tiene que probar la consistencia del otro y que, cuanto más excluidos son, más hostiles se volverán y más intentarán provocar al otro.
Podemos interpretar esto dándole poder al niño, viéndolo con los ojos de adulto o podemos interpretar esto como un grito de atención. Atención necesaria, positiva, dependencia sana. Los niños son capaces de decir cosas terribles solo para estar seguros de que el otro, el adulto sano, sea capaz de sostenerlos en cualquier situación y a pesar de cualquier cosa y, que además, sea capaz de seguir jugando con ellos. Son chicos que nos cuentan de este modo qué les está pasando, es su forma de construir el vínculo con el otro. Podemos acompañarlos en su malestar y enfrentar con ellos su enfado, por otra parte completamente legítimo, o podemos silenciar su grito de ayuda o incluso excluirlos.
Pero claro, para poder hacerlo bien primero tendríamos que relatar nuestra propia historia, como padres, adultos o terapeutas. Nadie puede hacer aquello que no ha hecho propio. No vale hacerlo “como si”. Y esto requiere hacer un trabajo personal complejo y tiempo. No es ya, no es inmediato, no implica necesariamente felicidad instantánea. Y claro, la frustración por la espera es insoportable… Pues yo creo que merece la pena el esfuerzo y sobre todo, creo que habría que intentar seguir jugando con ellos.
¿Qué ocurre cuando estos adultos tienen hijos? Tener hijos implica inevitablemente una renuncia. Hay que renunciar a parte del propio narcisismo, a deseos del Yo que han de ser apartados para dejar lugar a los deseos y necesidades del otro. Del otro completamente dependiente. Porque el niño es completamente dependiente del adulto. Ocurre que a veces esos adultos utilizan a los niños para sostenerse a sí mismos, para sostener su propio yo. Como ejemplo podría valer el padre que proyecta en su hijo deseos o necesidades que ya, como adulto, han sido desmentidas. La transgresión de la norma, por ejemplo, es muy típico en estos casos, el “haz lo que diga pero no lo que haga”. El niño generaliza, el niño en formación no entiende que hay veces que se puede y veces que no. No entiende la norma si no es absoluta y no entiende que “cuando seas grande comerás huevos”, pero ya iré a esto más adelante.
El niño es un cerebro en desarrollo. Desde que nace hasta que desarrolla su propio yo, su personalidad (o su armado narcisista) está al cuidado de un Otro. Normalmente un adulto, supuestamente responsable.
Actualmente tenemos muchos adultos que no son capaces de sostenerse a sí mismos como adultos. No diferencian entre el adulto y el niño. Creen que pueden conseguirlo todo y ya. Han quedado atrapados en el adolescente que cree ser el centro del mundo. El adulto no puede decirle al niño “yo te puedo cuidar” cuando no ha resuelto su propia historia. Aumenta el uso de psicofármacos, la necesidad de drogas o alcohol (y no hace falta que hablemos de alcoholismo, que también, sino símplemente la necesidad de adormecerse aceptada socialmente). E incluso me atrevería a decir el aumento de nuevas modas basadas en el pensamiento positivo o la necesidad de un gurú externo que nos diga que tenemos que hacer (llámalo X).
Algunas veces estos niños reaccionan de manera, desde el punto de vista del adulto, extravagante. A veces estos niños ponen en cuestión las normas del otro, son inquietos o desafiantes. Reaccionan ante la dependencia que, en un desarrollo vital normal, es lo que los niños son. Dependientes. Pero es muy difícil depender de otro inestable. Da miedo quedar a merced absoluta de un otro que no es capaz de sostenerse a sí mismo. A veces la autosuficiencia que impostan estos niños, la ruptura de las normas, el negarse a obedecer, es la forma que encuentran para mantener su propio yo a pesar del otro. En lugar de un sano “yo solito” pero acompañado de un adulto aparece un impuesto “yo solito” o no habrá yo. La ambivalencia del adulto el niño la interpreta como insoportable. Pueden quedar atrapados por el otro que, en cualquier momento, los puede rechazar.
Puede sonar demasiado tremendista o alarmante. Pero es como interpretamos el comportamiento infantil lo que debería ser visto como tremendo y alarmante.
El niño necesita un adulto que se haga cargo de la situación para desarrollarse de manera sana. Necesita que el adulto sostenga la diferencia entre niño/adulto y necesita que este adulto se comprometa a ayudarlo, que sea confiable, consistente y coherente. Inicialmente de manera absoluta, incondicional, el niño necesita saber que se le quiere solo por ser, por estar. Más tarde se le reconocerá por medio de logros, por lo que se consigue o se espera de él.
Cuando esto no ocurre, cuando nos encontramos con adultos que no han trabajado su propia historia, adultos narcisistas que no han creado un espacio para un otro, su hijo, en su cabeza, es cuando aparecen los problemas.
Y ante esto tenemos varias soluciones. Tenemos la solución más práctica para el adulto adolescente en una sociedad que nos impone y exige el placer inmediato, hacer que el niño quede quieto, destruyendo el síntoma o haciéndolo callar para que no moleste. Tenemos una solución compleja, que implica reconocer al niño como sujeto que puede hablar de lo que le pasa. Interesándonos, como adultos consistentes capaces de sostenerlos, por cuáles son las situaciones angustiosas que les llevan a oponerse. Interesarse por la historia del niño y entender el porqué. Incluir al niño siendo capaces de aceptar que en esta situación tiene que probar la consistencia del otro y que, cuanto más excluidos son, más hostiles se volverán y más intentarán provocar al otro.
Podemos interpretar esto dándole poder al niño, viéndolo con los ojos de adulto o podemos interpretar esto como un grito de atención. Atención necesaria, positiva, dependencia sana. Los niños son capaces de decir cosas terribles solo para estar seguros de que el otro, el adulto sano, sea capaz de sostenerlos en cualquier situación y a pesar de cualquier cosa y, que además, sea capaz de seguir jugando con ellos. Son chicos que nos cuentan de este modo qué les está pasando, es su forma de construir el vínculo con el otro. Podemos acompañarlos en su malestar y enfrentar con ellos su enfado, por otra parte completamente legítimo, o podemos silenciar su grito de ayuda o incluso excluirlos.
Pero claro, para poder hacerlo bien primero tendríamos que relatar nuestra propia historia, como padres, adultos o terapeutas. Nadie puede hacer aquello que no ha hecho propio. No vale hacerlo “como si”. Y esto requiere hacer un trabajo personal complejo y tiempo. No es ya, no es inmediato, no implica necesariamente felicidad instantánea. Y claro, la frustración por la espera es insoportable… Pues yo creo que merece la pena el esfuerzo y sobre todo, creo que habría que intentar seguir jugando con ellos.
domingo, 8 de febrero de 2015
Algunas ideas temáticas.
Unas pinceladas:
Acerca de los trastornos alimentarios, en concreto anorexia nerviosa.
Algunos comentarios comunes o conceptos asociados: llamar la atención, la moda, estar delgada para “gustar al otro”.
Ocurre que la anorexia es más compleja que niñas (y cada vez más niños) que quieren estar delgados. Resulta que muchos de estos niños luego se hacen adultos y arrastran este síntoma porque, por ahora, la anorexia no se cura. Y no se cura por el enfoque.
Últimamente no paro de pensar en la forma de enfocar los síntomas actualmente. Se piensa en la anorexia como un trastorno de la alimentación cuando más bien tiene relación con la no alimentación. Con el no comer o, mejor dicho, con el comer nada. Llenarse de nada, de vacío. ¿Por qué? Lo más sencillo y superficial es relacionarlo con el cuerpo. El culto al cuerpo, pero creo que esto se queda corto. Que no digo que no sea una explicación válida porque estoy segura que muchas de esas chicas se lo explican así. Han aprendido a pensar de esa forma. Estoy gorda y no como. Hay chicas que se sienten gordas y hacen ejercicio, hay chicas que se ven gordas y les da igual estarlo, o al menos sus vidas no giran en torno a esto. ¿Qué les pasa a las chicas que dejan de comer porque “se ven gordas”?
Hasta que no entendamos que es una forma de vida, hasta que no encontremos la relación con las emociones de este trastorno, la clara relación con las emociones ¿qué estamos controlando con la comida? ¿Qué es lo que estas chicas pueden controlar y qué las desborda?
Y digo que es una forma de vida porque tu cabeza se organiza de esta manera. Cualquier problema que percibas con angustia, con sufrimiento, desbordante, va a activar en ti el proceso de no comer… y te darás cuenta en el momento o cuando, semanas después te digan “estás más delgada, ¡qué guapa!” o cuando algo hace click y te miras contando las calorías de los alimentos. Porque no es algo que se cure. Porque es un síntoma de que algo anda mal pero si nunca nos paramos a pensar en lo que hay debajo (y evidentemente ellas solas no pueden hacerlo) no va a resolverse. La anorexia, como la ansiedad, como los tics en los TOC, nos hablan de que algo anda mal. Pero nos centramos en el síntoma, ¿qué le pasa? que no come…
Esas chicas que se llenan de nada, que prefieren llenarse de vacío, ¿qué les falta? ¿cómo hacen para explicarse el mundo? ¿cómo se relacionan con las otras personas a su alrededor? y, lo más importante, ¿cómo se hablan a sí mismas de todo esto?
Puede parecer filosofía pero últimamente he estado leyendo a Fromm y quizás ando un poco contaminada de humanismo. Pero no puedo evitar ver una relación entre como estas chicas se relacionan con la alimentación y cómo las personas se relacionan entre ellos. Cómo se nos ha olvidado por completo lo de superar la separatividad para estar completos, o mejor, para estar tranquilos. Como el rechazar la comida está en relación directa con el rechazar el impulso vital, la vida en sí misma. SI no comes no puedes vivir. Pero si no comes estás rechazando algo más, rechazas la imposición del deseo del otro. Rechazas la imposición del deseo de un “grande” que te impone la alimentación… rechazas el deseo del otro sobre el tuyo… y tú controlas, controlas lo que comes o, mejor, lo que no comes, y así controlas lo que vives, lo que sientes. Porque si no necesitas ya no tendrás que perder. Ya no tendrás que sobrevivir en una sociedad que te exige serlo todo y serlo ya y serlo perfecto.
“Vivimos en una época en la que se vivencia una saturación perpetua y constante del deseo en favor de una plenitud siempre posible. Es como si las normas que rigen en esta sociedad de consumo tiranizasen nuestro ser de vacío, efecto del lenguaje, en favor de ese ser pleno de objetos que pretende, bajo la mascarada de los diversos complementos, venir a calmar lo que por estructura es incolmable.”
Y como no se calma, y como no es suficiente porque tiene que ser más intenso, pues no deseo, pues no como, pues no crezco...
Y en otra ocasión hablaré de las madres y de la anorexia como “cuerpo no sexualizado”… que hoy Freud ha dejado el diván a Fromm y no estoy de humor.
Lo que es, es lo que percibimos.
Es curioso como va evolucionando la percepción que uno tiene sobre la vida. Cuando somos niños no tenemos ni idea de nada y esto nos importa un carajo. Necesitamos que nos cuiden y que nos quieran. Simple. Aunque a veces esto falla o tenemos la percepción de que falla, porque no siempre tiene que haber soledad para que te sientas solo, pero lo que importa es como lo vives. Antes tenía la teoría de que los niños con fallas en el desarrollo vital normal se convertían en adultos más sensibles o incluso más lúcidos que los demás. Con el paso del tiempo esto se ha convertido en una evidente tontería pero algo queda. Algo relacionado con la percepción, con el cómo vivimos esto, con la historia que cada uno nos contamos y con la capacidad que desarrollamos para aceptarlo.
Como iba diciendo, lo curioso de la evolución perceptiva, en la adolescencia creemos saberlo todo y tenemos la certeza de que lo que nos pasa a nosotros es lo más importante del universo. La revolución cerebral en la adolescencia podría explicar esto pero no me gustaría ser demasiado biologicista ya que yo hablo de percepción subjetiva. Cada adolescente tiene la certeza de que su historia es la más importante, sus emociones las más grandes y, sobre todo, su interpretación del mundo es la correcta. Y esto pasa tanto para lo bueno como para lo malo. Lo terrible de sentir que la chica que te gusta no te quiere o la culpa atroz porque no sabes si pasar las fiestas con mama o con papa. Son incapaces de ver los grises porque todo es blanco o negro, y te callas porque lo digo yo!
En este momento ya no queremos que nos quieran y nos protejan, o sí pero jamás vamos a confesarlo. En este momento luchamos por poner en orden lo que creemos que deben ser las cosas y lo que luego resultan ser… y ese padre y esa madre que de pequeñitos, si hemos tenido suerte, nos quería y nos cuidaba, ahora solo resultan molestos porque, o nos sobreprotegen sin dejar espacio o nos exigen convertirnos en adultos. ¡Imaginad que hay padres que nos piden respuestas a la pregunta qué quieres ser de mayor! ¡Yo que sé! ¡Pero seguro que no como tú!
Finalmente, si sigues evolucionando (lo cual no es obligatorio, ¿verdad eternos Peter Pan?), te haces adulto y te das cuenta que sigues sin saber nada y que tienes que aprender a vivir con ello. Entonces miras atrás y te das cuenta que ahí siguen, en algunos casos, ese padre y esa madre. Ellos te van a seguir viendo como un niño, ya no te preguntarán qué quieres ser de mayor pero si te juzgarán constantemente por no haber sido eso que ellos creían que deberías haber sido, sin maldad, de manera inconsciente, porque es lo que los padres hacen. Algunos harán el esfuerzo por aceptarte pero siempre sabrán qué teclas tocar para sacarte de quicio y aún si no es así, ya te encargas tú de sentirte así, porque la verdad está detrás de la interpretación que cada uno hace de los hechos.
Ahora es el momento de mirarlos y pensar qué hicieron y cómo lo hicieron. Y muchas veces no entenderás y muchas veces no podrás aceptarlos, como ellos no te aceptarán a ti. Entonces es cuando tienes que decidir qué tipo de adulto quieres ser, qué tipo de relación quieres mantener con ellos y asumir todas las consecuencias, como adulto, porque ahora, aunque sigas sin saber nada de la vida, sí que tiene que importarte.
Lo que intento decir es que juzgamos y tomamos decisiones dejándonos llevar por inercias que, en el momento, nos parecen verdades inamovibles pero, con el paso del tiempo y el cambio de perspectiva, nos parecerán más o menos estúpidas… que nada es tan importante y que, si te lo parece, estoy segura que hay algo que no has acabado de aceptar. Que si te duele tanto como para no poder enfrentarte a ello es que aún hay un asunto no resuelto, que si no sabes si pasar las fiestas con mama, con papa o con tu nueva mujer/marido, quizás aún te quedan cosas por resolver y que “la vida es tan banal que no se puede vivir como una tragedia” (Lugares Comunes).
What Maisie knew.
Lo que Maisie sabe: “una horrible historia de adulterio narrada a través de los ojos de una niña que no está capacitada para entenderla” (Borges)
Es una película que se estrenó en el 2012 pero ahora está en cines aquí en España... si, ya saben, somos ese país...
En castellano han traducido el título como ¿Qué hacemos con Maisie?. Me parece un error absoluto y además me ha hecho darme cuenta de lo importante que es la forma en la que hagas la pregunta. La traducción convierte a Maisie, una niña, en el objeto de la frase. El actor, el sujeto, es nosotros. En ese nosotros podemos intuir que son los padres de Maisie pero también podemos vernos todos como una generalización de los adultos, los que vemos la película... ¿qué hacemos con esta niña? qué hacemos con los niños?
En cambio en inglés es una afirmación. Rotunda. What Maisie knew.
La película la vemos desde el punto de vista de la niña. Todo el tiempo. Pasan cosas tristes y objetivamente desesperantes e injustas para una niña pequeña. Al menos desde la visión del adulto. Desde la visión del otro lado de la pantalla, desde la óptica del ¿qué hacemos con Maisie?. Pero si intentamos hacer el ejercicio de ver la película como creo que Carroll Cartwright (o Henry James, ya que es la adaptación de una novela) pretendía, si intentamos ver lo que sabe Maisie, nos damos cuenta que, desde el ángulo de la niña, no es tan terrible como parece.
Si, la van llevado como un saco de patatas de un lugar a otro. Nadie tiene tiempo para ella. No es la prioridad de ninguno de los adultos que deberían cuidarla. Es un estorbo, algo que molesta y que no saben qué hacer con ella porque interfiere en sus vidas de adultos... desde el punto de vista de la niña, tiene una mama que la quiere aunque es un poco rara y a veces no se porta bien, tiene un papa que la quiere aunque casi nunca está... y están los otros dos personajes que parecen preocuparse por ella de verdad y le regalan momentos preciosos...
Todo depende del nivel de sufrimiento. Si miramos la película como adultos nos sentimos fatal. Duele y entristece mucho ver cómo tratan a esa niña y resulta casi surrealista que pueda ocurrir historias como esas (que las hay, of course). En cambio para la niña no es tan terrible. Seguramente será algo que, cuando crezca y entienda la dimensión de lo que ocurrió, tenga que tratar en terapia... o no, porque a partir de ese momento su vida va funcionando y eso se convierte en un buen material para escribir, pintar o componer...
Lo que me parece importante señalar aquí es que la mirada de los niños es distinta a los adultos y la mayoría de las veces tendemos a ver con nuestros ojos lo que ellos hacen, dicen o sienten.. y esto no tiene ningún sentido. No funciona. No es realista. Si quieres saber qué siente un niño míralo con los ojos del niño que una vez fuiste. ¿Cómo se hace? Pues es muy difícil porque, inevitablemente, tendemos a mirar nuestra propia infancia con los ojos de un adulto, como si entonces supiésemos lo que sabemos ahora, como si entonces sintiésemos como sentimos ahora... parece una tontería pero, persigue un globo, vuela una cometa o corre como si nadie te estuviese mirando.. hazlo y déjate sentir... esa es la emoción del niño.
Si somos capaces de hacer este ejercicio cuando estemos ante un niño veréis como la conexión es instantánea. El adulto que somos, el super Yo social ha convertido al niño, a Maisie, en un objeto más cuando, quizás, lo que sería interesante es recuperar en algunos momentos la mirada del niño... lo que Maisie sabe.
Es una película que se estrenó en el 2012 pero ahora está en cines aquí en España... si, ya saben, somos ese país...
En castellano han traducido el título como ¿Qué hacemos con Maisie?. Me parece un error absoluto y además me ha hecho darme cuenta de lo importante que es la forma en la que hagas la pregunta. La traducción convierte a Maisie, una niña, en el objeto de la frase. El actor, el sujeto, es nosotros. En ese nosotros podemos intuir que son los padres de Maisie pero también podemos vernos todos como una generalización de los adultos, los que vemos la película... ¿qué hacemos con esta niña? qué hacemos con los niños?
En cambio en inglés es una afirmación. Rotunda. What Maisie knew.
La película la vemos desde el punto de vista de la niña. Todo el tiempo. Pasan cosas tristes y objetivamente desesperantes e injustas para una niña pequeña. Al menos desde la visión del adulto. Desde la visión del otro lado de la pantalla, desde la óptica del ¿qué hacemos con Maisie?. Pero si intentamos hacer el ejercicio de ver la película como creo que Carroll Cartwright (o Henry James, ya que es la adaptación de una novela) pretendía, si intentamos ver lo que sabe Maisie, nos damos cuenta que, desde el ángulo de la niña, no es tan terrible como parece.
Si, la van llevado como un saco de patatas de un lugar a otro. Nadie tiene tiempo para ella. No es la prioridad de ninguno de los adultos que deberían cuidarla. Es un estorbo, algo que molesta y que no saben qué hacer con ella porque interfiere en sus vidas de adultos... desde el punto de vista de la niña, tiene una mama que la quiere aunque es un poco rara y a veces no se porta bien, tiene un papa que la quiere aunque casi nunca está... y están los otros dos personajes que parecen preocuparse por ella de verdad y le regalan momentos preciosos...
Todo depende del nivel de sufrimiento. Si miramos la película como adultos nos sentimos fatal. Duele y entristece mucho ver cómo tratan a esa niña y resulta casi surrealista que pueda ocurrir historias como esas (que las hay, of course). En cambio para la niña no es tan terrible. Seguramente será algo que, cuando crezca y entienda la dimensión de lo que ocurrió, tenga que tratar en terapia... o no, porque a partir de ese momento su vida va funcionando y eso se convierte en un buen material para escribir, pintar o componer...
Lo que me parece importante señalar aquí es que la mirada de los niños es distinta a los adultos y la mayoría de las veces tendemos a ver con nuestros ojos lo que ellos hacen, dicen o sienten.. y esto no tiene ningún sentido. No funciona. No es realista. Si quieres saber qué siente un niño míralo con los ojos del niño que una vez fuiste. ¿Cómo se hace? Pues es muy difícil porque, inevitablemente, tendemos a mirar nuestra propia infancia con los ojos de un adulto, como si entonces supiésemos lo que sabemos ahora, como si entonces sintiésemos como sentimos ahora... parece una tontería pero, persigue un globo, vuela una cometa o corre como si nadie te estuviese mirando.. hazlo y déjate sentir... esa es la emoción del niño.
Si somos capaces de hacer este ejercicio cuando estemos ante un niño veréis como la conexión es instantánea. El adulto que somos, el super Yo social ha convertido al niño, a Maisie, en un objeto más cuando, quizás, lo que sería interesante es recuperar en algunos momentos la mirada del niño... lo que Maisie sabe.
"Todo el mundo miente..."
...la única variable es sobre qué”. Eso decía el doctor House. Y aunque se trata de una serie de ficción, la afirmación se refleja en la realidad. Todo el mundo miente. Cambian los motivos, cambian los que o los cómo y podemos justificar más o menos algunas de estas mentiras según diferentes variables incluso algunas nos parecen aceptables, compasivas, piadosas.
La honestidad brutal puede hacer mucho daño, admitámoslo, ya lo decía Sabina, “me pone enferma tanta sinceridad”. Como casi siempre ocurre con el lenguaje y el uso de las palabras al final el problema es de comprensión. No quieres decirle a ese chico que acabas de conocer que no estás enamorada de él pero que quieres intentar una relación a ver qué pasa porque esto, aunque verdad, podría hacerle sentir mal. Y decides no empezar esa relación porque quizás le hagas daño ya que no sabes qué sientes… tomamos decisiones basándonos en medias verdades y nos llevamos las manos a la cabeza cuando los resultados no son los deseados. Al final todo se trata de lo mismo, cuánto estás dispuesto a soportar. Porque lo único verdaderamente importante son las consecuencias de tus actos. Una mentira es verdad hasta que se pilla al mentiroso… y creo, aunque aún no encuentro la relación directa, que tiene que ver con nuestro miedo a la mirada del otro, a la incomprensión y, sobre todo, a nosotros mismos, a ponerle palabras a lo que sentimos de verdad porque pueden hacernos daño y porque podemos hacer daño al otro.
Y, ¿qué es esto sino miedo?
Últimamente, no se si por coincidencia, por el verano, por atención selectiva o vaya usted a saber, a mi alrededor varias personas están teniendo relaciones o no relaciones cuanto menos complicadas. Me cuentan sus historias en voz o por escrito y yo sintetizo lo que quiero decir en una sola frase: “Lo has hablado con él/ella?” Lo habitual es un rápido ¡Qué dices! ¡Qué va a pensar de mi!... es muy interesante esto. Porque rápidamente nos planteamos qué pensará el otro de mi… y no puedo evitar pensar que en realidad es una proyección de lo que pensamos sobre nosotros mismos. Es evidente que las relaciones entre personas, las relaciones de pareja, son muy complejas ya que existen tantas variables como tipos de personas y combinaciones posibles entre ellos. Así que hacer generalizaciones resulta grosero. Pero...
En mi observación de todas estas historias, de mis propias historias, de relatos de otros seres humanos con las mismas dudas, me he dado cuenta que lo único que no hacemos es mirar hacia nosotros mismos. De manera sana, no como el narcisista. Proyectamos en el otro, en cualquier otro, eso de lo que tenemos miedo y lo vemos reflejado en sus ojos… “se dará cuenta que no quiero tener una relación abierta”, “se dará cuenta que no he tenido otras parejas antes” “pensará que soy idiota” “creerá que soy….” “seguro que prefiere a esa otra chica porque…”
Obviedad número uno: la mayoría de los pensamientos que atribuimos al “otro” son proyecciones nuestras, analicemos pues.
Obviedad número dos: todo el mundo miente. Si, entonces ¿a qué viene la sorpresa? Ante la mentira habrá que evaluar los daños, habrá que evaluar el motivo, habrá que evaluar el tamaño… pero, ¿evaluar al mentiroso? ¿no lo somos todos? Lo único que importa es la consecuencia y lo único que podemos exigir es la responsabilidad que tiene el que ha mentido de aceptar las consecuencias. Si tu chica te deja porque le engañaste al contarle dónde ibas, jódete… “pero lo hice porque..” da igual, has mentido, ella ha evaluado y ha decidido.. los peros a posteriori son bonitos adornos y palabritas que pueden formar un interesante relato. Nada más.
Obviedad número tres: Las relaciones de pareja son complicadas. Si. Todas. Y culparía a Disney, la educación o las películas porno/romáticas (hay quien dice que son lo mismo y un poco de acuerdo estoy con esa afirmación) pero eso sería una obviedad más.
Las reglas son claras, primero conócete a ti, después conoce a la otra persona y, sobre todo, si tienes dudas PREGUNTA. No podemos exigir honestidad porque estaríamos obviando la obviedad número dos así que preguntemos, expliquemos cómo nos hacen sentir, expliquemos lo que necesitamos y, si la otra persona no lo entiende, no lo acepta o no lo cree… entonces de nuevo es el momento de evaluar. ¿Quiero esto? ¿Acepto este tipo de relación? ¿por qué?... y una vez pensado, asumir las consecuencias como adultos, no culpando al otro..
Algunos preguntan: ¿Y el amor? A esto solo puedo responder con otra pregunta, ¿de qué amor hablamos? ¿del adolescente que deja de estudiar y comer pensando en esa chica? ¿del adulto con miedo a estar solo? ¿de mariposas en el estómago? ja.. en serio, lo de las mariposas… buf… El amor es una emoción, un sentimiento, como la felicidad o la tristeza. Quieres a una persona o no la quieres pero eso no implica que puedas tener una relación con esa persona… antes de pensar ¿estoy enamorada/o y la otra persona lo está de mí? Creo que el orden debería ser ¿qué es para mi estar enamorado?. ¿Has pensado en qué significa para tí estar enamorado y tener pareja?
Pero claro, todo esto sería mirar hacia dentro, preguntarse por uno mismo, en definitiva, reflexionar… y es jodidamente difícil. Lo que yo me pregunto es si lo que hacemos de manera automática, culpar al otro, preguntarse ¿por qué no me llama? no es igual de jodido o, incluso más... y, además, ponemos la acción en el otro, yo soy un sujeto pasivo que nada puede hacer más que esperar una señal… en lugar de centrar la pregunta en ¿qué siento, cómo lo siento y qué puedo hacer para resolverlo?
Y al primero que diga “Claro, lo dices como si fuera fácil”. NO. Es jodidamente complicado. No solo contestar a las preguntas sino hacérselo saber a ese otro con el que quieres compartir tu vida. Solo son reflexiones. Pero me pregunto si quizás es ese miedo el que justifica la dificultad y el seguir con el piloto automático que, por más que miro a mi alrededor, no veo que funcione… todas esas historias de parejas y no parejas que escucho y leo últimamente me hacen ver que tampoco es nada fácil mantener la inercia… pero quien sabe.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)