Pensaba en aquella película, “Cadena de favores”. No es que me gustase especialmente la película, pero me la trajo una idea. Hoy he recibido un comentario de una gran persona a la que adoro aún sin conocerla en persona. Ella me dijo a raíz de una entrevista que me han publicado “me siento orgullosa de ser tu amiga”. Parece simple pero ese comentario ha desencadenado esta cadena de pensamientos que quiero relatar a continuación, y por eso lo de la película.
El mundo de ahí fuera es duro, muy duro. No sabría encontrar una sola variable, seguramente hay un montón, pero tengo la sensación de que cada vez vivimos más alejados los unos de los otros. Y creo que es una sensación compartida por otros. El ser humano ha pasado a ser un objeto más de consumo. Leí un artículo muy interesante con respecto a esto que hablaba, entre otras muchas cosas, de como el ser humano (mujeres y hombres, aunque en tiempos y con motivos distintos) había pasado a ser un objeto de consumo más, "en la sociedad de consumidores nadie puede convertirse en sujeto sin antes convertirse en producto, y nadie puede preservar su carácter de sujeto si no se ocupa de resucitar, revivir y realimentar a perpetuidad en sí mismo cualidades y habilidades que se exigen a todo producto de consumo" (Zygmunt Bauman). Duro, no? no podemos ser sujetos. Esto plantea muchos interrogantes con respecto a la identidad, al Yo y lo que espero de mi y de mi vida.
Me pregunto si existe alguna manera de devolver al sujeto su yo. De reconocerlo como sujeto. Y pensaba en los niños y en cómo los adultos de esos niños tienen ese super poder. Debe ser muy difícil reconocer ese super poder. Pero está ahí. En las palabras con las que nos dirigimos a los niños y adolescentes. En cómo los llamamos o cómo les describimos la realidad.
Recuerdo una conversación con una madre a la que le costaba muchísimo hablar de emociones. Le resultaba muy difícil reconocer las emociones en ella misma, ¡cuán difícil no sería verlas en su hijo! ¡y mucho más nombrarlas! Esta mujer me contó que cuando le decía algo positivo a su hijo, cuando le reconocía algo bueno o algo que había hecho bien, le parecía falso. Sentía como si estuviese forzando algo. Como si no fuese necesario decírselo. Le pregunté cómo se sentía ella cuando le decían algo positivo. Me explicó que tenía la misma sensación, como si la otra persona estuviese diciendo una mentira. Ella era incapaz de hacer suyo ningún comentario positivo, automáticamente sentía que la otra persona quería algo a cambio o que simplemente estaba mintiendo. Esta mujer había tenido una infancia complicada y me contó que su relación con sus padres era distante y fría y que nunca escuchó palabras de aliento.
Con este ejemplo se hace evidente como esta mujer no era capaz de reconocer su super poder. Ella no había recibido ese reconocimiento por parte de su propia familia y ahora le costaba entender el efecto que este reconocimiento tenía en el otro. A muchos adultos les pasa esto. No saben hacer suyas esas caricias del otro. No son capaces de introducirlos en su saco de “tengos”. Y no usan su super poder.
Cuando hablamos de nuevo, esta mujer de la que hablo, había estado practicando y me decía muy sorprendida que su hijo empezaba a hablar de emociones con ella. Que ahora a veces se le acercaba y le daba un abrazo. Que habían empezado a decirse “te quiero” y que, y esto me lo decía completamente ojiplática, ¡se sentía feliz por eso! Incluso comentaba como había empezado a incorporar en su lenguaje emociones y empezaba a entender que a los demás también le hacía sentir bien su legítima muestra de reconocimiento. Recuerdo que se apresuró a subrayar: “no se trata de ser amable con todo el mundo, verdad? solo con los que te sientas bien y cuando te sientas bien”. Verdad. Ella había descubierto su super poder. El reconocimiento del otro y su propio reconocimiento.
El mundo ahí fuera es muy duro. Es muy fácil olvidarse de este super poder. Es muy fácil dejar de prestar atención a esos “tengo”. Pero hay veces, algunas veces, que aparecen y de repente te das cuenta de ello. Y puedes usar esa energía para crear algo, para agradecer algo, para construir alguna cosa. Una palabra bonita, un abrazo, un reconocimiento del otro. Luego sigues caminando y esto no habrá hecho que deje de ser duro, pero habrá servido para algo. Para recuperar un trocito de tu identidad, de la identidad de un niño o una niña, de la identidad de un compañero o un amigo.
Así que, querida Dolores, gracias por llenar con tus palabras mi saco de “tengo” y a los demás, no olvidéis vuestro super poder, usadlo con responsabilidad y recordad que así es como los niños construyen su autoestima, pueden construirse a sí mismos con “tengo” o con “debo”... cuando te haces adulto es más difícil cambiar esto y es con este reconocimiento como se irán haciendo a sí mismos y es con esta autoestima como será capaces de enfrentarse a ese mundo duro de ahí fuera.
Como decía aquel superhéroe "Els petits canvis són poderosos".
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