domingo, 8 de febrero de 2015

Lo que es, es lo que percibimos.

Es curioso como va evolucionando la percepción que uno tiene sobre la vida. Cuando somos niños no tenemos ni idea de nada y esto nos importa un carajo. Necesitamos que nos cuiden y que nos quieran. Simple. Aunque a veces esto falla o tenemos la percepción de que falla, porque no siempre tiene que haber soledad para que te sientas solo, pero lo que importa es como lo vives. Antes tenía la teoría de que los niños con fallas en el desarrollo vital normal se convertían en adultos más sensibles o incluso más lúcidos que los demás. Con el paso del tiempo esto se ha convertido en una evidente tontería pero algo queda. Algo relacionado con la percepción, con el cómo vivimos esto, con la historia que cada uno nos contamos y con la capacidad que desarrollamos para aceptarlo.
Como iba diciendo, lo curioso de la evolución perceptiva, en la adolescencia creemos saberlo todo y tenemos la certeza de que lo que nos pasa a nosotros es lo más importante del universo. La revolución cerebral en la adolescencia podría explicar esto pero no me gustaría ser demasiado biologicista ya que yo hablo de percepción subjetiva. Cada adolescente tiene la certeza de que su historia es la más importante, sus emociones las más grandes y, sobre todo, su interpretación del mundo es la correcta. Y esto pasa tanto para lo bueno como para lo malo. Lo terrible de sentir que la chica que te gusta no te quiere o la culpa atroz porque no sabes si pasar las fiestas con mama o con papa. Son incapaces de ver los grises porque todo es blanco o negro, y te callas porque lo digo yo!
En este momento ya no queremos que nos quieran y nos protejan, o sí pero jamás vamos a confesarlo. En este momento luchamos por poner en orden lo que creemos que deben ser las cosas y lo que luego resultan ser… y ese padre y esa madre que de pequeñitos, si hemos tenido suerte, nos quería y nos cuidaba, ahora solo resultan molestos porque, o nos sobreprotegen sin dejar espacio o nos exigen convertirnos en adultos. ¡Imaginad que hay padres que nos piden respuestas a la pregunta qué quieres ser de mayor! ¡Yo que sé! ¡Pero seguro que no como tú!
Finalmente, si sigues evolucionando (lo cual no es obligatorio, ¿verdad eternos Peter Pan?), te haces adulto y te das cuenta que sigues sin saber nada y que tienes que aprender a vivir con ello. Entonces miras atrás y te das cuenta que ahí siguen, en algunos casos, ese padre y esa madre. Ellos te van a seguir viendo como un niño, ya no te preguntarán qué quieres ser de mayor pero si te juzgarán constantemente por no haber sido eso que ellos creían que deberías haber sido, sin maldad, de manera inconsciente, porque es lo que los padres hacen. Algunos harán el esfuerzo por aceptarte pero siempre sabrán qué teclas tocar para sacarte de quicio y aún si no es así, ya te encargas tú de sentirte así, porque la verdad está detrás de la interpretación que cada uno hace de los hechos. 
Ahora es el momento de mirarlos y pensar qué hicieron y cómo lo hicieron. Y muchas veces no entenderás y muchas veces no podrás aceptarlos, como ellos no te aceptarán a ti. Entonces es cuando tienes que decidir qué tipo de adulto quieres ser, qué tipo de relación quieres mantener con ellos y asumir todas las consecuencias, como adulto, porque ahora, aunque sigas sin saber nada de la vida, sí que tiene que importarte.
Lo que intento decir es que juzgamos y tomamos decisiones dejándonos llevar por inercias que, en el momento, nos parecen verdades inamovibles pero, con el paso del tiempo y el cambio de perspectiva, nos parecerán más o menos estúpidas… que nada es tan importante y que, si te lo parece, estoy segura que hay algo que no has acabado de aceptar. Que si te duele tanto como para no poder enfrentarte a ello es que aún hay un asunto no resuelto, que si no sabes si pasar las fiestas con mama, con papa o con tu nueva mujer/marido, quizás aún te quedan cosas por resolver y que “la vida es tan banal que no se puede vivir como una tragedia” (Lugares Comunes).

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