martes, 24 de marzo de 2015

Sobre la necesidad: primera parte.

Al expresar una necesidad en voz alta se convierte en real. Esto tiene dos problemas. Uno, que si la conoces, si la has descubierto, sería ideal poder satisfacerla. Dos, si la has expresado en voz alta es porque esperas que el otro se de cuenta de esa necesidad y, con suerte, te acompañe a satisfacerla o, incluso vayamos más allá, sea el otro el que satisfaga esa necesidad.

¿Y por qué esto habría de ser un problema? Pues resulta que hay personas que han aprendido a lo largo de su desarrollo vital que cuando decían en voz alta sus necesidades los otros que se supone debían gestionarla o satisfacerla simplemente se las han negado. O no han prestado atención. O no han sabido como hacerlo. O no han podido... Aquí no hablo de culpa sino de responsabilidad. Que cada cual gestione su culpa pero deberían plantearse la responsabilidad para evitar problemas mayores.

Hablo de adultos progenitores y de niños, claro. Esta es la responsabilidad absoluta. Cuando te haces adulto aprendes a satisfacer tus propias necesidades. Sería lo ideal. Pero esto no siempre pasa. Generalmente actuamos por inercia, por aprendizaje inconsciente sin plantearnos el porqué. Si no has analizado la manera en la que detectas y gestionas tus necesidades lo harás como te enseñaron a hacerlo tus padres. ¿Qué ocurre cuando este aprendizaje ha sido disfuncional o saboteado? Pues que en muchas ocasiones el niño niega sus necesidades. Hace que desaparezcan, las esconde tan hondo que es incapaz de recuperarlas solo. Porque la frustración en la infancia ha sido demasiado grande. Y hablo de frustración subjetiva, lo que importa no es lo que ocurre sino la intensidad con la que lo vives. El nivel de sufrimiento.

Voy a usar una historia en particular para explicar esto de las necesidades. Sinclair (nombre ficticio) me ha prestado su historia para poder contarlo, gracias niña.

Sinclair tuvo una infancia complicada. Ella aprendió bien pronto que los adultos a su alrededor no iban a satisfacer sus necesidades emocionales. De hecho a Sinclair le ocurrió que algún adulto a su alrededor aprovechó sus necesidades emocionales para hacerle daño. Lo que ella hizo para protegerse fue hacer desaparecer la emoción. De manera inconsciente. Poco a poco dejó de sentir. Si no necesitaba ya no podía sentirse abandonada. Si no pedía nada no sentiría la frustración de no tener. Y por no poder tener dejó de desear, dejó de querer.

Esto no solo le ocurre a ella. Hay muchos adultos que, si se paran a pensar en como aprendieron a relacionarse con su propia necesidad, se darán cuenta que su historia puede ser parecida a la de Sinclair. Ahora, siendo adulta, ella ha podido entender que dejó de escucharse a si misma para protegerse pero que ahora puede ir poco a poco probando. Intentando detectar qué siente, qué necesita y comunicarlo a los demás. Y ahora empieza a aprender que decir en voz alta "me gustaría...", "necesito que..." no siempre estará acompañado de una negación e incluso cuando a veces viene acompañado de una negación, está aprendiendo a soportar la frustración que esto le supone. Porque ya no es una niña y no confunde la negación de su necesidad con la negación de si misma. O al menos está en ello. Pero esto le ha costado tiempo, esfuerzo, decepciones y horas de terapia...

La idea es pensar que los niños aprenden a escucharse a si mismos a través de la respuesta que los adultos de su alrededor les dan y que si no les damos la oportunidad de aceptar y satisfacer sus necesidades, aprenderán un atajo. Un atajo que complicará una sana comunicación con ellos mismos y que creará adultos disfuncionales, insatisfechos, confusos.. en la búsqueda constante de la satisfacción de un vacío que no puede ser llenado porque no saben como hacerlo. Porque no aprendieron en su momento a incorporar, a satisfacer la necesidad detectada.

Este es otro super poder de los adultos para con los niños. Y es algo para ir pensando. ¿Cómo detecto lo que necesito? ¿Cómo interpreto mi propio deseo? ¿Qué espacio le doy para satisfacerla o para compartirla con otro? ¿Cómo incorporo para llenarme? Y, dentro de la patología, ¿cómo sustituyo todo esto? ¿cuánto he de comer para llenar el vacío? ¿cuánto he de beber? ¿cuántos psicofármacos necesito para estar satisfecho?...

No se, son ideas...

lunes, 16 de marzo de 2015

Lo que todo psicólogo, terapeuta o analista tiene que saber... y que no podemos exigir a los “legos” aunque nos encantaría que a veces lo practicasen.

Y con este super título a modo de introducción quiero hablar de la habilidad de empatía mezclada con escucha activa, atención plena y ser capaz de dejar a un lado tu propia historia, realidad y visión del mundo.

Hablamos mucho de empatía y de ponerte en el lugar del otro. De intentar entender como ese otro siente en el momento en el que nos está contando su historia. La mayoría de las veces en medio de una conversación estamos pensando en qué vamos a decir nosotros cuando el otro se calle. En el mejor de los casos la respuesta tiene relación con lo que nos están contando, en el peor de los casos estamos esperando nuestro turno para “hablar de mi libro”. Eso que parece tan sencillo es realmente difícil. Y si te paras a observar las conversaciones ajenas, (intentad ser discretos cuando hagáis esto) te darás cuenta que muchas de las veces se dan malos entendidos porque simplemente cada uno de los dos están en lugares distintos, usan códigos distintos. Y esto pasa constantemente en conversaciones casuales. No pasa nada, es la magia del lenguaje.

¿Qué ocurre cuando la conversación implica carga emocional? Pues que aún se hace más difícil. Las palabras tienen un significado objetivo según el diccionario de la lengua, pero tienen infinitos conceptos simbólicos según el hablante. Piensa en un perro. Algunos cuando piensan en perro ven su perro de la infancia, otros ven su perro actual, otros que no tienen perro ven uno pequeño o grande según su imaginario, según su historia… es cierto que el perro tiene rasgos comunes para todos, un perro es cualquiera, pero EL perro, este es diferente para cada uno de nosotros. Y este es el ejemplo más fácil que he encontrado. Parémonos un momento en una palabra cualquiera que hable de emoción. ¿Cómo te sientes? Triste. Y esta tristeza tiene tantos significados, tantas intensidades, tantas variables como hablantes y momentos vitales tengamos delante.

Teniendo en cuenta esto, la habilidad que todo terapeuta debe desarrollar es la capacidad de escuchar al Otro (paciente, cliente, ser humano enfrente suya….) desde la historia de ese Otro. Y esto, que parece muy sencillo, que creemos que podemos hacerlo, es tremendamente difícil. Porque como seres humanos los terapeutas también tenemos un significado propio para cada una de las palabras. Un significado que tiene relación con nuestra propia historia. Mi tristeza no es la tuya, ni es la de mi paciente. Desde mi punto de vista tengo la certeza de que para poder hacer esto bien antes tienes que conocerte a ti mismo. Y tengo la certeza de que no puedes hacerlo solo. “La mente que ha creado el problema no puede resolverlo”, decía Einstein. Así que si no te has analizado no serás un buen terapeuta. Y siendo del todo sincero, cualquier resistencia a esto será entendido como una defensa.

Necesitas conocer tu historia. Necesitas conocer tus emociones y el porqué de éstas. Primero tienes que ver cómo es tu mundo para, después, una vez que tienes delante un Otro, poder separar lo que es tuyo de lo que te está contando. Hay que ser un espejo, pero un espejo limpio. Será inevitable que te resuenen algunas de las cosas que el ser humano que tienes delante te esté contando. Compartimos lenguaje y términos. Por eso, si sabes cuales son los significados que tu historia te devuelve, podrás separar y podrás entender qué es lo que ese Otro te está explicando y, así, podrás acompañarlo en su propia historia. Sin contaminar esta historia con tus propias proyecciones.

Esto es algo que todo psicólogo, terapeuta o analista tiene que saber… pero que no le podemos exigir a los “legos” aunque nos encantaría que a veces lo practicasen.

lunes, 2 de marzo de 2015

Palabras que construyen.

Pensaba en aquella película, “Cadena de favores”. No es que me gustase especialmente la película, pero me la trajo una idea. Hoy he recibido un comentario de una gran persona a la que adoro aún sin conocerla en persona. Ella me dijo a raíz de una entrevista que me han publicado “me siento orgullosa de ser tu amiga”. Parece simple pero ese comentario ha desencadenado esta cadena de pensamientos que quiero relatar a continuación, y por eso lo de la película.

El mundo de ahí fuera es duro, muy duro. No sabría encontrar una sola variable, seguramente hay un montón, pero tengo la sensación de que cada vez vivimos más alejados los unos de los otros. Y creo que es una sensación compartida por otros. El ser humano ha pasado a ser un objeto más de consumo. Leí un artículo muy interesante con respecto a esto que hablaba, entre otras muchas cosas, de como el ser humano (mujeres y hombres, aunque en tiempos y con motivos distintos) había pasado a ser un objeto de consumo más, "en la sociedad de consumidores nadie puede convertirse en sujeto sin antes convertirse en producto, y nadie puede preservar su carácter de sujeto si no se ocupa de resucitar, revivir y realimentar a perpetuidad en sí mismo cualidades y habilidades que se exigen a todo producto de consumo" (Zygmunt Bauman). Duro, no? no podemos ser sujetos. Esto plantea muchos interrogantes con respecto a la identidad, al Yo y lo que espero de mi y de mi vida.

Me pregunto si existe alguna manera de devolver al sujeto su yo. De reconocerlo como sujeto. Y pensaba en los niños y en cómo los adultos de esos niños tienen ese super poder. Debe ser muy difícil reconocer ese super poder. Pero está ahí. En las palabras con las que nos dirigimos a los niños y adolescentes. En cómo los llamamos o cómo les describimos la realidad.

Recuerdo una conversación con una madre a la que le costaba muchísimo hablar de emociones. Le resultaba muy difícil reconocer las emociones en ella misma, ¡cuán difícil no sería verlas en su hijo! ¡y mucho más nombrarlas! Esta mujer me contó que cuando le decía algo positivo a su hijo, cuando le reconocía algo bueno o algo que había hecho bien, le parecía falso. Sentía como si estuviese forzando algo. Como si no fuese necesario decírselo. Le pregunté cómo se sentía ella cuando le decían algo positivo. Me explicó que tenía la misma sensación, como si la otra persona estuviese diciendo una mentira. Ella era incapaz de hacer suyo ningún comentario positivo, automáticamente sentía que la otra persona quería algo a cambio o que simplemente estaba mintiendo. Esta mujer había tenido una infancia complicada y me contó que su relación con sus padres era distante y fría y que nunca escuchó palabras de aliento.

Con este ejemplo se hace evidente como esta mujer no era capaz de reconocer su super poder. Ella no había recibido ese reconocimiento por parte de su propia familia y ahora le costaba entender el efecto que este reconocimiento tenía en el otro. A muchos adultos les pasa esto. No saben hacer suyas esas caricias del otro. No son capaces de introducirlos en su saco de “tengos”. Y no usan su super poder.

Cuando hablamos de nuevo, esta mujer de la que hablo, había estado practicando y me decía muy sorprendida que su hijo empezaba a hablar de emociones con ella. Que ahora a veces se le acercaba y le daba un abrazo. Que habían empezado a decirse “te quiero” y que, y esto me lo decía completamente ojiplática, ¡se sentía feliz por eso! Incluso comentaba como había empezado a incorporar en su lenguaje emociones y empezaba a entender que a los demás también le hacía sentir bien su legítima muestra de reconocimiento. Recuerdo que se apresuró a subrayar: “no se trata de ser amable con todo el mundo, verdad? solo con los que te sientas bien y cuando te sientas bien”. Verdad. Ella había descubierto su super poder. El reconocimiento del otro y su propio reconocimiento.

El mundo ahí fuera es muy duro. Es muy fácil olvidarse de este super poder. Es muy fácil dejar de prestar atención a esos “tengo”. Pero hay veces, algunas veces, que aparecen y de repente te das cuenta de ello. Y puedes usar esa energía para crear algo, para agradecer algo, para construir alguna cosa. Una palabra bonita, un abrazo, un reconocimiento del otro. Luego sigues caminando y esto no habrá hecho que deje de ser duro, pero habrá servido para algo. Para recuperar un trocito de tu identidad, de la identidad de un niño o una niña, de la identidad de un compañero o un amigo.

Así que, querida Dolores, gracias por llenar con tus palabras mi saco de “tengo” y a los demás, no olvidéis vuestro super poder, usadlo con responsabilidad y recordad que así es como los niños construyen su autoestima, pueden construirse a sí mismos con “tengo” o con “debo”... cuando te haces adulto es más difícil cambiar esto y es con este reconocimiento como se irán haciendo a sí mismos y es con esta autoestima como será capaces de enfrentarse a ese mundo duro de ahí fuera.

Como decía aquel superhéroe "Els petits canvis són poderosos".

lunes, 23 de febrero de 2015

Adultos adolescentes. Niños desafiantes.

Convendrán conmigo en que nuestra cultura social nos exige inmediatez, felicidad, goce casi infinito e instantáneo. La frustración se asocia a la espera. Tenemos que ser mejores que los otros, tener más cosas e incluso saberlo todo. Hablamos de felicidad como un objetivo del adulto. No solo esto sino que esa felicidad depende directamente del adulto. Si no eres feliz es porque no lo has intentado lo suficiente, porque no lo has pensado de la manera correcta. Los adultos tienen que ser completos y felices. Y ya.

¿Qué ocurre cuando estos adultos tienen hijos? Tener hijos implica inevitablemente una renuncia. Hay que renunciar a parte del propio narcisismo, a deseos del Yo que han de ser apartados para dejar lugar a los deseos y necesidades del otro. Del otro completamente dependiente. Porque el niño es completamente dependiente del adulto. Ocurre que a veces esos adultos utilizan a los niños para sostenerse a sí mismos, para sostener su propio yo. Como ejemplo podría valer el padre que proyecta en su hijo deseos o necesidades que ya, como adulto, han sido desmentidas. La transgresión de la norma, por ejemplo, es muy típico en estos casos, el “haz lo que diga pero no lo que haga”. El niño generaliza, el niño en formación no entiende que hay veces que se puede y veces que no. No entiende la norma si no es absoluta y no entiende que “cuando seas grande comerás huevos”, pero ya iré a esto más adelante.

El niño es un cerebro en desarrollo. Desde que nace hasta que desarrolla su propio yo, su personalidad (o su armado narcisista) está al cuidado de un Otro. Normalmente un adulto, supuestamente responsable.

Actualmente tenemos muchos adultos que no son capaces de sostenerse a sí mismos como adultos. No diferencian entre el adulto y el niño. Creen que pueden conseguirlo todo y ya. Han quedado atrapados en el adolescente que cree ser el centro del mundo. El adulto no puede decirle al niño “yo te puedo cuidar” cuando no ha resuelto su propia historia. Aumenta el uso de psicofármacos, la necesidad de drogas o alcohol (y no hace falta que hablemos de alcoholismo, que también, sino símplemente la necesidad de adormecerse aceptada socialmente). E incluso me atrevería a decir el aumento de nuevas modas basadas en el pensamiento positivo o la necesidad de un gurú externo que nos diga que tenemos que hacer (llámalo X).

Algunas veces estos niños reaccionan de manera, desde el punto de vista del adulto, extravagante. A veces estos niños ponen en cuestión las normas del otro, son inquietos o desafiantes. Reaccionan ante la dependencia que, en un desarrollo vital normal, es lo que los niños son. Dependientes. Pero es muy difícil depender de otro inestable. Da miedo quedar a merced absoluta de un otro que no es capaz de sostenerse a sí mismo. A veces la autosuficiencia que impostan estos niños, la ruptura de las normas, el negarse a obedecer, es la forma que encuentran para mantener su propio yo a pesar del otro. En lugar de un sano “yo solito” pero acompañado de un adulto aparece un impuesto “yo solito” o no habrá yo. La ambivalencia del adulto el niño la interpreta como insoportable. Pueden quedar atrapados por el otro que, en cualquier momento, los puede rechazar.

Puede sonar demasiado tremendista o alarmante. Pero es como interpretamos el comportamiento infantil lo que debería ser visto como tremendo y alarmante.

El niño necesita un adulto que se haga cargo de la situación para desarrollarse de manera sana. Necesita que el adulto sostenga la diferencia entre niño/adulto y necesita que este adulto se comprometa a ayudarlo, que sea confiable, consistente y coherente. Inicialmente de manera absoluta, incondicional, el niño necesita saber que se le quiere solo por ser, por estar. Más tarde se le reconocerá por medio de logros, por lo que se consigue o se espera de él.

Cuando esto no ocurre, cuando nos encontramos con adultos que no han trabajado su propia historia, adultos narcisistas que no han creado un espacio para un otro, su hijo, en su cabeza, es cuando aparecen los problemas.

Y ante esto tenemos varias soluciones. Tenemos la solución más práctica para el adulto adolescente en una sociedad que nos impone y exige el placer inmediato, hacer que el niño quede quieto, destruyendo el síntoma o haciéndolo callar para que no moleste. Tenemos una solución compleja, que implica reconocer al niño como sujeto que puede hablar de lo que le pasa. Interesándonos, como adultos consistentes capaces de sostenerlos, por cuáles son las situaciones angustiosas que les llevan a oponerse. Interesarse por la historia del niño y entender el porqué. Incluir al niño siendo capaces de aceptar que en esta situación tiene que probar la consistencia del otro y que, cuanto más excluidos son, más hostiles se volverán y más intentarán provocar al otro.

Podemos interpretar esto dándole poder al niño, viéndolo con los ojos de adulto o podemos interpretar esto como un grito de atención. Atención necesaria, positiva, dependencia sana. Los niños son capaces de decir cosas terribles solo para estar seguros de que el otro, el adulto sano, sea capaz de sostenerlos en cualquier situación y a pesar de cualquier cosa y, que además, sea capaz de seguir jugando con ellos. Son chicos que nos cuentan de este modo qué les está pasando, es su forma de construir el vínculo con el otro. Podemos acompañarlos en su malestar y enfrentar con ellos su enfado, por otra parte completamente legítimo, o podemos silenciar su grito de ayuda o incluso excluirlos.

Pero claro, para poder hacerlo bien primero tendríamos que relatar nuestra propia historia, como padres, adultos o terapeutas. Nadie puede hacer aquello que no ha hecho propio. No vale hacerlo “como si”. Y esto requiere hacer un trabajo personal complejo y tiempo. No es ya, no es inmediato, no implica necesariamente felicidad instantánea. Y claro, la frustración por la espera es insoportable… Pues yo creo que merece la pena el esfuerzo y sobre todo, creo que habría que intentar seguir jugando con ellos.

domingo, 8 de febrero de 2015

Algunas ideas temáticas.

Unas pinceladas:
Acerca de los trastornos alimentarios, en concreto anorexia nerviosa. 
Algunos comentarios comunes o conceptos asociados: llamar la atención, la moda, estar delgada para “gustar al otro”.
Ocurre que la anorexia es más compleja que niñas (y cada vez más niños) que quieren estar delgados. Resulta que muchos de estos niños luego se hacen adultos y arrastran este síntoma porque, por ahora, la anorexia no se cura. Y no se cura por el enfoque. 
Últimamente no paro de pensar en la forma de enfocar los síntomas actualmente. Se piensa en la anorexia como un trastorno de la alimentación cuando más bien tiene relación con la no alimentación. Con el no comer o, mejor dicho, con el comer nada. Llenarse de nada, de vacío. ¿Por qué? Lo más sencillo y superficial es relacionarlo con el cuerpo. El culto al cuerpo, pero creo que esto se queda corto. Que no digo que no sea una explicación válida porque estoy segura que muchas de esas chicas se lo explican así. Han aprendido a pensar de esa forma. Estoy gorda y no como. Hay chicas que se sienten gordas y hacen ejercicio, hay chicas que se ven gordas y les da igual estarlo, o al menos sus vidas no giran en torno a esto. ¿Qué les pasa a las chicas que dejan de comer porque “se ven gordas”?
Hasta que no entendamos que es una forma de vida, hasta que no encontremos la relación con las emociones de este trastorno, la clara relación con las emociones ¿qué estamos controlando con la comida? ¿Qué es lo que estas chicas pueden controlar y qué las desborda? 
Y digo que es una forma de vida porque tu cabeza se organiza de esta manera. Cualquier problema que percibas con angustia, con sufrimiento, desbordante, va a activar en ti el proceso de no comer… y te darás cuenta en el momento o cuando, semanas después te digan “estás más delgada, ¡qué guapa!” o cuando algo hace click y te miras contando las calorías de los alimentos. Porque no es algo que se cure. Porque es un síntoma de que algo anda mal pero si nunca nos paramos a pensar en lo que hay debajo (y evidentemente ellas solas no pueden hacerlo) no va a resolverse. La anorexia, como la ansiedad, como los tics en los TOC, nos hablan de que algo anda mal. Pero nos centramos en el síntoma, ¿qué le pasa? que no come… 
Esas chicas que se llenan de nada, que prefieren llenarse de vacío, ¿qué les falta? ¿cómo hacen para explicarse el mundo? ¿cómo se relacionan con las otras personas a su alrededor? y, lo más importante, ¿cómo se hablan a sí mismas de todo esto? 
Puede parecer filosofía pero últimamente he estado leyendo a Fromm y quizás ando un poco contaminada de humanismo. Pero no puedo evitar ver una relación entre como estas chicas se relacionan con la alimentación y cómo las personas se relacionan entre ellos. Cómo se nos ha olvidado por completo lo de superar la separatividad para estar completos, o mejor, para estar tranquilos. Como el rechazar la comida está en relación directa con el rechazar el impulso vital, la vida en sí misma. SI no comes no puedes vivir. Pero si no comes estás rechazando algo más, rechazas la imposición del deseo del otro. Rechazas la imposición del deseo de un “grande” que te impone la alimentación… rechazas el deseo del otro sobre el tuyo… y tú controlas, controlas lo que comes o, mejor, lo que no comes, y así controlas lo que vives, lo que sientes. Porque si no necesitas ya no tendrás que perder. Ya no tendrás que sobrevivir en una sociedad que te exige serlo todo y serlo ya y serlo perfecto. 
“Vivimos en una época en la que se vivencia una saturación perpetua y constante del deseo en favor de una plenitud siempre posible. Es como si las normas que rigen en esta sociedad de consumo tiranizasen nuestro ser de vacío, efecto del lenguaje, en favor de ese ser pleno de objetos que pretende, bajo la mascarada de los diversos complementos, venir a calmar lo que por estructura es incolmable.” 
Y como no se calma, y como no es suficiente porque tiene que ser más intenso, pues no deseo, pues no como, pues no crezco...
Y en otra ocasión hablaré de las madres y de la anorexia como “cuerpo no sexualizado”… que hoy Freud ha dejado el diván a Fromm y no estoy de humor. 

Lo que es, es lo que percibimos.

Es curioso como va evolucionando la percepción que uno tiene sobre la vida. Cuando somos niños no tenemos ni idea de nada y esto nos importa un carajo. Necesitamos que nos cuiden y que nos quieran. Simple. Aunque a veces esto falla o tenemos la percepción de que falla, porque no siempre tiene que haber soledad para que te sientas solo, pero lo que importa es como lo vives. Antes tenía la teoría de que los niños con fallas en el desarrollo vital normal se convertían en adultos más sensibles o incluso más lúcidos que los demás. Con el paso del tiempo esto se ha convertido en una evidente tontería pero algo queda. Algo relacionado con la percepción, con el cómo vivimos esto, con la historia que cada uno nos contamos y con la capacidad que desarrollamos para aceptarlo.
Como iba diciendo, lo curioso de la evolución perceptiva, en la adolescencia creemos saberlo todo y tenemos la certeza de que lo que nos pasa a nosotros es lo más importante del universo. La revolución cerebral en la adolescencia podría explicar esto pero no me gustaría ser demasiado biologicista ya que yo hablo de percepción subjetiva. Cada adolescente tiene la certeza de que su historia es la más importante, sus emociones las más grandes y, sobre todo, su interpretación del mundo es la correcta. Y esto pasa tanto para lo bueno como para lo malo. Lo terrible de sentir que la chica que te gusta no te quiere o la culpa atroz porque no sabes si pasar las fiestas con mama o con papa. Son incapaces de ver los grises porque todo es blanco o negro, y te callas porque lo digo yo!
En este momento ya no queremos que nos quieran y nos protejan, o sí pero jamás vamos a confesarlo. En este momento luchamos por poner en orden lo que creemos que deben ser las cosas y lo que luego resultan ser… y ese padre y esa madre que de pequeñitos, si hemos tenido suerte, nos quería y nos cuidaba, ahora solo resultan molestos porque, o nos sobreprotegen sin dejar espacio o nos exigen convertirnos en adultos. ¡Imaginad que hay padres que nos piden respuestas a la pregunta qué quieres ser de mayor! ¡Yo que sé! ¡Pero seguro que no como tú!
Finalmente, si sigues evolucionando (lo cual no es obligatorio, ¿verdad eternos Peter Pan?), te haces adulto y te das cuenta que sigues sin saber nada y que tienes que aprender a vivir con ello. Entonces miras atrás y te das cuenta que ahí siguen, en algunos casos, ese padre y esa madre. Ellos te van a seguir viendo como un niño, ya no te preguntarán qué quieres ser de mayor pero si te juzgarán constantemente por no haber sido eso que ellos creían que deberías haber sido, sin maldad, de manera inconsciente, porque es lo que los padres hacen. Algunos harán el esfuerzo por aceptarte pero siempre sabrán qué teclas tocar para sacarte de quicio y aún si no es así, ya te encargas tú de sentirte así, porque la verdad está detrás de la interpretación que cada uno hace de los hechos. 
Ahora es el momento de mirarlos y pensar qué hicieron y cómo lo hicieron. Y muchas veces no entenderás y muchas veces no podrás aceptarlos, como ellos no te aceptarán a ti. Entonces es cuando tienes que decidir qué tipo de adulto quieres ser, qué tipo de relación quieres mantener con ellos y asumir todas las consecuencias, como adulto, porque ahora, aunque sigas sin saber nada de la vida, sí que tiene que importarte.
Lo que intento decir es que juzgamos y tomamos decisiones dejándonos llevar por inercias que, en el momento, nos parecen verdades inamovibles pero, con el paso del tiempo y el cambio de perspectiva, nos parecerán más o menos estúpidas… que nada es tan importante y que, si te lo parece, estoy segura que hay algo que no has acabado de aceptar. Que si te duele tanto como para no poder enfrentarte a ello es que aún hay un asunto no resuelto, que si no sabes si pasar las fiestas con mama, con papa o con tu nueva mujer/marido, quizás aún te quedan cosas por resolver y que “la vida es tan banal que no se puede vivir como una tragedia” (Lugares Comunes).

What Maisie knew.

Lo que Maisie sabe: “una horrible historia de adulterio narrada a través de los ojos de una niña que no está capacitada para entenderla” (Borges)

Es una película que se estrenó en el 2012 pero ahora está en cines aquí en España... si, ya saben, somos ese país...

En castellano han traducido el título como ¿Qué hacemos con Maisie?. Me parece un error absoluto y además me ha hecho darme cuenta de lo importante que es la forma en la que hagas la pregunta. La traducción convierte a Maisie, una niña, en el objeto de la frase. El actor, el sujeto, es nosotros. En ese nosotros podemos intuir que son los padres de Maisie pero también podemos vernos todos como una generalización de los adultos, los que vemos la película... ¿qué hacemos con esta niña? qué hacemos con los niños?

En cambio en inglés es una afirmación. Rotunda. What Maisie knew.

La película la vemos desde el punto de vista de la niña. Todo el tiempo. Pasan cosas tristes y objetivamente desesperantes e injustas para una niña pequeña. Al menos desde la visión del adulto. Desde la visión del otro lado de la pantalla, desde la óptica del ¿qué hacemos con Maisie?. Pero si intentamos hacer el ejercicio de ver la película como creo que Carroll Cartwright (o Henry James, ya que es la adaptación de una novela) pretendía, si intentamos ver lo que sabe Maisie, nos damos cuenta que, desde el ángulo de la niña, no es tan terrible como parece.

Si, la van llevado como un saco de patatas de un lugar a otro. Nadie tiene tiempo para ella. No es la prioridad de ninguno de los adultos que deberían cuidarla. Es un estorbo, algo que molesta y que no saben qué hacer con ella porque interfiere en sus vidas de adultos... desde el punto de vista de la niña, tiene una mama que la quiere aunque es un poco rara y a veces no se porta bien, tiene un papa que la quiere aunque casi nunca está... y están los otros dos personajes que parecen preocuparse por ella de verdad y le regalan momentos preciosos...

Todo depende del nivel de sufrimiento. Si miramos la película como adultos nos sentimos fatal. Duele y entristece mucho ver cómo tratan a esa niña y resulta casi surrealista que pueda ocurrir historias como esas (que las hay, of course). En cambio para la niña no es tan terrible. Seguramente será algo que, cuando crezca y entienda la dimensión de lo que ocurrió, tenga que tratar en terapia... o no, porque a partir de ese momento su vida va funcionando y eso se convierte en un buen material para escribir, pintar o componer...

Lo que me parece importante señalar aquí es que la mirada de los niños es distinta a los adultos y la mayoría de las veces tendemos a ver con nuestros ojos lo que ellos hacen, dicen o sienten.. y esto no tiene ningún sentido. No funciona. No es realista. Si quieres saber qué siente un niño míralo con los ojos del niño que una vez fuiste. ¿Cómo se hace? Pues es muy difícil porque, inevitablemente, tendemos a mirar nuestra propia infancia con los ojos de un adulto, como si entonces supiésemos lo que sabemos ahora, como si entonces sintiésemos como sentimos ahora... parece una tontería pero, persigue un globo, vuela una cometa o corre como si nadie te estuviese mirando.. hazlo y déjate sentir... esa es la emoción del niño.

Si somos capaces de hacer este ejercicio cuando estemos ante un niño veréis como la conexión es instantánea. El adulto que somos, el super Yo social ha convertido al niño, a Maisie, en un objeto más cuando, quizás, lo que sería interesante es recuperar en algunos momentos la mirada del niño... lo que Maisie sabe.