En un asiento de un vagón de metro a una hora cuando no hay demasiadas ni pocas personas. Un cuerpo pequeño con las piernas semiabiertas, ocupando su espacio delimitado por las líneas que marcan el asiento en la fila.
Otro cuerpo más grande se sienta a su lado, con las piernas abiertas, ocupando su espacio más un trozo del espacio del cuerpo pequeño. Sus piernas se tocan, la pierna del cuerpo pequeño se incomoda con el contacto inesperado y se acerca a su igual, buscando consuelo. La persona que tiene ese cuerpo piensa en la injusticia del espacio y decide convencer a la pierna afectada para que no se deje perder. Vuelve a su posición original, las dos piernas desconocidas se tocan. La persona que tiene el cuerpo pequeño sigue pensando, porque ambas situaciones le causan incomodidad. Las líneas de los asientos marcan el límite entre uno y otro. Para eso están esas líneas. Si dos cuerpos ocupan los asientos, las líneas delimitan el espacio que le toca a cada uno.
En ese instante las reglas del juego dejan de valer. No hay forma de que el cuerpo pequeño ocupe el espacio delimitado por su asiento sin sentirse incómodo. El sistema ha fallado.
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