Vas caminando por el andén, sin prisa pero deprisa, por esa inercia que empuja en la ciudad a dar pasos rápidos. Con auriculares que te aíslan de los sonidos del interior del túnel, esquivas imaginando intermitentes, adelantamiento por la izquierda al grupo que se para, con maletas enormes, a mirar en qué dirección tienen que ir. Parón brusco, reconducido sin mucha dilación, evitando rozar a la señora mayor que junto a su marido intentan sentarse en una esquina a esperar que pasen aquellos que parecen ser empujados hacia delante (ellos ahora son empujados hacia otro lugar, ajenos al imaginario torrente de prisas).
Uno, las personas que caminan por las escaleras; se divide en dos el espacio, uno para arriba, otro para abajo. Una marabunta de piernas subiendo y bajando.
Dos, las personas que suben, quietas, en la escalera mecánica, dejando que sea ella la que las suban, deteniendo un momento el tiempo en el movimiento de sus cuerpos.
Tres, las personas que suben, subiendo en las escaleras mecánicas, añadiendo al movimiento de su cuerpo el movimiento de las escaleras.
Un acuerdo social dice que si vas por la derecha, puedes pararte, si vas por la izquierda, tienes que subir. Entonces está esa persona que se para a la izquierda de las escaleras mecánicas. No va acompañada, simplemente ha elegido la izquierda y se ha parado.
Detrás de esa persona hay otra que se queda quieta con los ojos fijos en la nuca de la que se ha parado.
Detrás hay más miradas, algunas de rabia, otras de prisa, otras de incomodidad y otras más de desconcierto. La parte izquierda de las escaleras mecánicas es para los que suben más deprisa que por las escaleras normales, que tienen más prisa o que la inercia de la vida de la ciudad los empuja más fuerte.
En ese instante las reglas del juego dejan de valer. No hay forma de que ningún cuerpo pueda ir a la máxima velocidad que el andén permite para expulsarlos de sus entrañas. El sistema ha fallado.
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