lunes, 23 de marzo de 2020

Resultado de unos "deberes" sobre Freud

A modo de introducción.

Leí, por preescripción facultativa para mantener algo de orden en el confinamiento, "Sobre la sexualidad femenina (1931)" y "La feminidad (1933)" de Freud. He estado trabajando un poco el texto y me salió un escrito con dudas que me parece que no podré resolver en breve... ahí lo dejo. Se aceptan respuestas.

El texto.

El acceso a la feminidad o a la masculinidad forma parte de un proceso que tiene que ver con el propio cuerpo y con el paso por el Otro. La sexualidad plantea interrogantes que no acaban de ser atrapados por lo biológico sino que convoca al ser hablante con su cuerpo. Ya Freud dio cuenta de ello tratando de abordar los cambios por los que pasan tanto la niña como el niño en las diferentes fases en las que se trata de acceder a lo femenino o masculino, que requieren tiempo, avances y retrocesos y una conclusión final. Tiempos por los que el ser hablante pasará para ocupar un lugar en lo femenino o lo masculino haciendo algo con el cuerpo que le ha tocado habitar y el paso por el Otro simbólico. ¿Cómo armar la relación del sujeto con una identidad sexual?

Freud explica el complejo de Edipo “normal” como una fase del desarrollo libidinal donde el niño se dirige a la madre mientras que la niña se dirige al padre. Del mismo modo hay una hostilidad hacia el progenitor del sexo contrario. 

Pero para llegar ahí la niña tiene que pasar por diferentes fases y es en el texto “Sobre la sexualidad femenina”, donde hace la diferencia en el proceso que sigue la niña del que sigue el niño. “El psicoanálisis no pretende describir qué es la mujer —una tarea de solución casi imposible para él—, sino indagar cómo deviene, cómo se desarrolla la mujer a partir del niño de disposición bisexual.” (La feminidad. 1933. Freud). La niña ha de pasar por diferentes desplazamientos para llegar a la sexualidad femenina y ya Freud da cuenta que estos desplazamientos no son definitivos, siempre queda un resto.

Para Freud existe una dificultad con sus analizantes a la hora de hablar del preedipo, en cuanto analista varón ocupa el lugar del padre en la transferencia, lo que supone un reforzamiento de la sustitución del objeto de amor por el padre. Esto podemos verlo en Dora que pone a Freud en la serie padre/señor K. 

“(...) tan difícil de revivir, como si hubiese sido víctima de una represión particularmente inexorable. (...) las mujeres que se analizaron conmigo pudieron, precisamente por ello, aferrarse a la misma vinculación paterna en la que otrora se refugiaron al escapar de la fase previa en cuestión.” 

En el inicio, la fase llamada preedípica, la pulsión sexual es idéntica en el niño y en la niña. El niño con el pene y la niña con el clítoris, equivalente al pene. Considera esta primera etapa como “masculina”, o fálica, articulada alrededor del tener. No hay diferencia sexual ya que no ha sido simbolizada. 

Por otro lado, en esta primera etapa, la madre es el objeto de amor para ambos, o quien ocupe la función materna, entendemos la madre como una función, siendo la encargada de los primeros cuidados y las primeras satisfacciones, es el más fuerte e intenso vínculo. (De ahí que Lacan afirme que lo heterosexual es el amor a la mujer). 

La niña debe cambiar la zona erógena y objeto, mientras que el varón retiene ambos. Así que en la niña han de darse dos movimientos, un cambio de la zona erógena y un cambio de objeto de amor. (¿Una metonimia y una metáfora?).

Por una parte tenemos la identificación del lado del ser, de la propia pulsión en el cuerpo con el clítoris, considerado por Freud como masculino, activo y fálico, y la vagina, femenina, un agujero pasivo. En la niña se hace más evidente la bisexualidad de la que habla Freud tanto en el texto sobre la sexualidad femenina como en el de la feminidad (1933). 

“(...) partes del aparato sexual masculino se encuentran también en el cuerpo de la mujer, si bien en un estado de atrofia, y lo mismo es válido para el otro sexo. (...) como si el individuo no fuera varón o mujer, sino ambas cosas en cada caso, sólo que más lo uno que lo otro.
(...) Decimos entonces que un ser humano, sea macho o hembra, se comporta en este punto masculina y en estotro femeninamente. Pero pronto verán ustedes que lo hacemos por mera docilidad a la anatomía y a la convención”

Por otra parte tenemos la elección de objeto, siendo el primero la madre, ha de sustituirla por el padre para, según Freud, llegar al Edipo positivo. Esta sustitución de objeto no modifica la intensidad del vínculo pudiendo ser igual que el vínculo con la madre. 

“el desarrollo de la sexualidad femenina se ve complicado por la necesidad de renunciar a la zona genital originalmente dominante, es decir, al clítoris, en favor de una nueva zona, de la vagina. Ahora, una segunda mutación semejante -el trueque del primitivo objeto materno por el padre- nos parece no menos característica e importante para el desarrollo de la mujer.”

Por lo tanto, en la mujer cambia de lugar la zona genital, la pulsión en el cuerpo y el sexo del objeto, de la madre al padre. Hay mujeres que quedan detenidas en la vinculación con la madre. (Me pregunto si esto tiene que ver con la elección del objeto o con una identificación y, si en este caso, sería equiparable al Edipo del niño). 

La fase preedípica en la mujer adquiere una gran importancia en cuanto a su desarrollo sexual, situando el inicio de la neurosis no en el complejo de Edipo sino antes, con la castración, en este preedipo donde aparecen las primeras fijaciones y satisfacciones.

Freud explica que la fase de vinculación materna tiene relación con la etiología de la histeria. (Me hace pregunta ya que afirma que esto es una cuestión típicamente femenina, pero la vinculación materna también forma parte del desarrollo del niño). 

En el momento que aparece la diferencia de los sexos, con la carga de angustia que ello conlleva, hace aparición la castración. Para el varón supondrá una sustitución del objeto madre por otra mujer y el temor hacia el padre donde ubica la función de castración, instalando un superyó con el que inicia la inclusión del individuo en la cultura. 

¿Por qué la niña renuncia a la madre?

“Lo cierto posiblemente sea que la vinculación a la madre debe por fuerza perecer, precisamente por ser la primera y la más intensa”. (Sobre la sexualidad femenina, Freud 1931). Ha de haber una renuncia al primer objeto de amor para devenir en sujeto y no quedar fijado en el objeto que completa a la madre. 

Existe una ambivalencia en la relación con la madre, entre la hostilidad y la atracción, que también se da en el niño. Freud explica esta hostilidad hacia la madre de tres maneras: por un lado los celos, ya que el amor del niño requiere exclusividad, por otro lado la insatisfacción pulsional y finalmente por la castración. La niña no tiene el falo y descubre que la madre tampoco. 

El niño mantiene su vinculación a la madre transfiriendo esa hostilidad al padre, a quien pone en el lugar de la posibilidad de castración. En cambio en la niña, esta diferencia sexual dará lugar a la “envidia del pene”, con sentimientos de hostilidad hacia la madre que se verán acentuados, así como el verse defraudada ya que esta tampoco lo tiene. Esta actitud hostil, que se verá reforzada en la situación edípica,  vendrá articulada a la castración y a la frustración de la satisfacción de la pulsión, imposible de satisfacer ya que no tiene finalidad. Se producirá un giro hacia el padre como objeto de amor. (Recordemos que la envidia del pene no pasa tanto por el tener o no el órgano sino por algo más simbólico, tener o no el falo, estar o no completo, creer que lo simbólico cierra lo real. Pero esto es otra historia).

Para la mujer la elección del padre pasa por la castración. Ella no tiene pero la madre tampoco, por lo tanto se dirige al padre en tanto elección de objeto de amor, o en tanto identificación, rechazando la castración y quedando del lado fálico. (Dora estaría aquí?)

Según Freud hay tres posibles salidas para la mujer, que permite pensar que se puede ser mujer de diferentes formas, armadas en torno a la posición femenina en cuanto a la castración. Para el propio Freud, esto no cierra la cuestión ya que siguió planteándose la feminidad como un “continente negro”, no encontrando respuesta a la pregunta ¿que quiere una mujer?. En las tres salidas la mujer se las tiene que ver con la demanda fálica: 

  • Apartarse de la sexualidad, renunciando en la comparación con el varón a la satisfacción fálica.
  • Autoafirmarse en la masculinidad. No cediendo la posición fálica, eligiendo un objeto homosexual. (En esta salida la pregunta sería si la elección de objeto no sería heterosexual, ya que la identificación de la mujer queda en posición masculina).
  • La tercera salida, normal para Freud, sería la de tomar al padre como objeto, llegando así a la forma femenina del complejo de Edipo. Es la vía de la feminidad, donde no se renuncia a la sexualidad sino que aparece el cambio en la zona erógena, hacia la vagina, y se elige el objeto con características paternas, reproduciendo el primer vínculo con la madre.

Pero la salida por el tener no le sirve a la mujer, sólo parcialmente. Hay algo que no queda cerrado, donde lo femenino no puede ser atrapado. 

Finalmente Freud nos recuerda que no hay que olvidar el caso por caso en psicoanálisis y, aunque estemos ante un proceso explicado en fases con fines teóricos, no es una descripción que sirva para todos los casos: “en realidad, hallar una descripción que se ajuste a todos los casos es casi imposible. En los distintos individuos encontramos las más dispares reacciones, y aun en un mismo individuo coexisten actitudes antagónicas”. (Sobre la sexualidad femenina, 1931, Freud).


jueves, 19 de marzo de 2020

Cae el telón


El semblante, entre lo Simbólico y lo Real, se está deshaciendo. Es como si el espejo de lo imaginario se hubiese hecho añicos y con los trozos se trata de construir un nuevo relato para este momento surrealista que nos ha tocado habitar. El relato no llega a cubrir el agujero en el que andamos actualmente, con la incertidumbre de cuánto tiempo será así. Los discursos hegemónicos no parecen ser suficientes, no alcanzan a cubrir el agujero que se ha abierto.

Leía hoy, a propósito de la sexualidad femenina: “ser mujer sería, en consecuencia, inventarse un ser con la nada, y ello a partir de la falta introducida por el lenguaje allí donde no es posible recubrir dicha falta por la mediación fálica que le otorga una significación de castración. Castración que da un sentido a la falta en ser y sitúa a la causa en el Otro. No hay objeto que pueda colmar esa falta en ser e incluso el falo deja ver su ser de semblante respecto al goce1.

Pensé en la dificultad actual para mantener los semblantes en calles vacías y personas enlatadas. El lazo con los otros se ha truncado, quedando a cielo abierto la falta en ser. Cada uno trata de hacer con la contingencia, ya sea a modo de cantar en los balcones, caceroladas o enfrentamientos contra los que se saltan la norma. Una norma difícil de sostener ya que el semblante del Otro hacía tiempo venía desapareciendo. No hay un Otro al que situar la causa en el confinamiento del cuerpo.

Es muy interesante ver la manera en la que cada Amo trata de hacer para autorizarse en un control de la población que se complica (y probablemente será más difícil con el paso de los días) puesto que no es fácil cercar el goce de los cuerpos dejando a cada uno con su propia falta, con el único contacto con los pequeños otros a través de máquinas donde los cuerpos aparecen pequeñitos al otro lado de las pantallas y donde las voces enlatadas no tocan de la misma manera el cuerpo.

Inventarse un ser con la nada. Siempre me ha parecido que cuando se trata de lo simbólico escrito en un papel (o en un ordenador) se pierde la angustia que puede generar esa nada con la que inventarse un ser. Que está muy bien tratar de construir un imaginario nuevo, un discurso en el que creer que las “teleclases” o los “teletrabajos” pueden sostener el lazo social pero hay algo que se sigue escapando. El goce de lo Real, la falta en ser que tapada con los semblantes permite un habitar la vida algo tranquilo pero que, ante la caída de esos semblantes, veremos cómo hace cada uno para mantenerse en pie, soportar.

Hace unos días una mujer me decía que tenía la sensación de que toda su angustia se había hecho realidad. Que en el teatro de marionetas en el que trataba, día a día y con dificultad, de continuar viviendo de repente se había caído el telón y la angustia era lo único que ahora se presentaba. Esta mujer, como cada Uno, tendremos que encontrar una manera de construir un relato propio para el confinamiento… y no es nada fácil.




martes, 17 de marzo de 2020

A guardo, pero no es, pero... nada.

Pregunta: – ¿Qué piensa usted de la agitación contradictoria
que se efectúa desde hace algunos años en China?

Lacan: – Aguardo, pero no espero nada.
Las contingencias irrumpen en lo real como una inesperada bofetada a la construcción imaginaria… y simbólica. Esos semblantes en los que uno a uno se resguardan de un Real sin ley, albergando esperanza para reducir la angustia, se tambalean ante lo fuera de guión. Por más películas de apocalipsis que se hayan rodado, es ficción al otro lado de la pantalla, como las primeras imágenes de Wuhan.

Pero se ha abierto una grieta en ese teatro imaginario en el que nos refugiamos los seres hablantes y cada uno, uno a uno, tendrá que hacer con ello.

Incluso los más advertidos sobre los semblantes y el real que cubren, son capaces de construir un universo imaginario al otro lado del espejo que los mantiene de pie, enteros, sujetos. Parece que hay diferencia entre saber y Saber ser/hacer. El velo a la existencia de lo real cubre la vida, incluso de los más advertidos. Se hace palpable la distancia entre el saber teórico y el saber en el propio cuerpo. Una hiancia entre lo simbólico, lo imaginario y lo real.

Desde la lectura de Lacan se habla del Real, pero refugiados en el semblante. Y se escucha ese Real en cuerpos de analizantes, mas no por ello se deja de renegar, formando parte de ese mundo de semblantes que di-simulan lo Real.

Lacan hablaba del Real como su síntoma, “yo hablo de lo real…es mi síntoma … El verdadero real implica la ausencia de ley”1. Estar advertido no significa que uno sepa cómo hacer. Esto es algo que cada uno tiene que inventar, uno a uno.

Teniendo en cuenta la situación actual, en la que cada cual tiene que hacer frente a un desencadenamiento del Real, inesperado, trastocando el teatro rutinario del día a día y poniendo de relieve lo iluso de la construcción del mundo, veremos cómo cada cual puede contener la angustia que conlleva desvelar el agujero.

Afortunadamente las defensas son sólidas. El humor, la construcción de nuevas ficciones y el poder de la negación permitirán que dentro de unos días todo vuelva a esa ficticia normalidad y estos días no serán más que anécdotas dentro de un relato recién construido del lado imaginario con una pizca de simbólico que permitirán, una vez más, velar el Real y mantenernos a la espera.

Habrá algunos que podrán encontrar una nueva posición, un nuevo modo de habitar la vida que pase más por el aguardar, que no esperar. Y mentirse un poco menos, “esa a la que llegó Lacan cuando experimentó que la causa está perdida porque el Otro no existe, salvo en la transferencia”2.




Citas: 
1 (J.Lacan /Seminario XXIII El Sinthome)

sábado, 15 de febrero de 2020

Coordenadas del fantasma: todo lo que el inconsciente puede hacer son juegos de palabras.

“Que se diga
es lo que queda olvidado
detrás de lo que se dice”
Lacan.
El hecho de la enunciación, lo que empuja a hablar que tiene relación con lo Real del mensaje inconsciente, queda velado detrás del enunciado, de la cadena significante que viene envuelta en un sentido. El sentido imaginario que vela la causa de la enunciación. Una causa que tiene que ver no con una determinación sino con la invención propia del sujeto. Una elección de la que ha de responder, hacerse responsable. 
Con la entrada en el lenguaje se produce un efecto en el organismo. Al pasar por el Otro del lenguaje el sujeto queda dividido y de esta operación aparece un resto, el objeto a. Encontramos la primera marca del trauma como efecto del significante, sin sentido, en el cuerpo. Una vez atrapado en la maquinaria del lenguaje, uno reenvía las palabras al Otro, perdiendo lo más íntimo de sí mismo. 
Eso que pierde el sujeto, ese “lo más íntimo de sí mismo” tiene relación con el objeto a, con el vacío. 
En el lenguaje, un significante se une a otro significante para dar sentido. El inconsciente está estructurado como un lenguaje lo que empuja a la producción de sentido, pero en el inconsciente sólo hay significantes sin sentido, S1, que marcaron el cuerpo. El sujeto aparece dividido causado por su elección singular que está relacionada con ese dar sentido. Por lo tanto, el sujeto es un efecto del lenguaje, es Nadie, un producto del paso del organismo por la máquina de significantes, se sitúa entre la cadena significante dando un sentido, lo que tiene efectos, consecuencia de la posición que uno ocupa entre un significante y el otro. Así el sujeto está entre dos significantes.
El sentido que se produce del enlace de significantes da una representación que tiene que ver con el Otro al que se dirige. Aquí aparece la pregunta sobre el objeto que uno ha encarnado para el Otro en su elección, singular, que daría las coordenadas del fantasma. ¿Qué soy yo para el Otro? Y la repetición de este lugar, una y otra vez. Uno trata siempre de volver al lugar de objeto de deseo del otro, perdiendo en consecuencia su propio deseo y, como sabemos por Lacan, uno solo se siente culpable de haber cedido su propio deseo.
El efecto es la construcción de un fantasma, la ficción como defensa del sin sentido para velar el Real, para hacer el goce posible para el sujeto. Cuando el fantasma se tambalea, aparece la angustia revelando lo que el significante no puede reprimir. Si hay angustia, hay objeto, hay resto, hay vacío. 
La cadena significante sostenida en el fantasma, adquiere su lógica de sentido y aparece el automatismo de repetición. El sujeto vuelve siempre a buscar la marca, encadenando S1 para repetir la experiencia de satisfacción, lo que produce un goce, que es distinto al goce como resto (objeto a) liberado de la prisión fálica de la cadena significante. Es decir, que el fantasma produce un goce velado por el sentido que es sostenible para el sujeto, lo que queda por debajo sería el resto perdido de inicio con la entrada en el lenguaje. El fantasma tiene efecto de sentido y de goce. 
Si el análisis hace caer el S/ del fantasma, ¿lo que queda es el goce como resto? ¿Ese goce tiene que ver con el S1 fuera del enjambre de S1’s del inconsciente? ¿Es el S1 unario, marca inicial del cuerpo? ¿Cuál sería la relación con el objeto a que cae al quedar el sujeto dividido? Si ese objeto a es un vacío, la relación con el S1 sería un significante que trataría de llenar ese vacío, ese hueco. 
Finalmente, ese objeto a, la falta fundacional del sujeto, está  recubierta con lo fálico, con el sentido, como una defensa de la propia falta en ser. 

Pero para acabar con algo del deseo, ese vacío es el que causa el deseo. Ya que para que sea posible el deseo, es necesaria la falta. Por lo tanto podemos entender el objeto a como la causa del deseo. Eso sí, a partir de la aparición del sujeto, todos los objetos que vengan a ocupar el deseo, serán semblantes, puesto que no se recupera el objeto perdido… pero de eso parece que va la vida, de acercarse a ser lo más cerca del agujero y para ello uno tiene que dejar caer el fantasma y sus escenarios y tratar de hacer algo con el modo de goce que sea menos mentira y que haga sufrir un poco menos. 

martes, 10 de diciembre de 2019

Un yo, dos otros y el espejo.


"Nos equivocamos al decir: yo pienso, 
deberíamos decir me piensan. 
-Perdón por el juego de palabras. 
YO es otro. 
Tanto peor para la madera que se descubre violín"
Rimbaud.

Una gran tormenta en Barcelona acompañaba a tres participantes valientes a los que la curiosidad y el empuje del no saber llevó a aquella clase. Siendo casi personalizada, algunos conceptos pudieron ser aclarados teniendo en cuenta el peculiar estatuto del saber que se da en psicoanálisis lacaniano según el cual, un instante entiendes algo para, al instante siguiente, volver a no entender lo que habías pensado. Aun así, puedo atreverme a escribir algunas líneas sobre el estadío del espejo y la formación del Yo Ideal y el Ideal del Yo. Un esbozo de comienzo.

Lacan habla del estadío del espejo, como “una identificación en el sentido pleno que el análisis da a este término: a saber, la transformación producida en el sujeto cuando asume una imagen, cuya predestinación a este efecto de fase está suficientemente indicada por el uso, en la teoría, del término antiguo imago1.

La relación entre simbólico, imaginario y real depende del lugar del sujeto en el mundo simbólico, dicho de otro modo, el mundo del lenguaje. Venimos a un mundo donde el lenguaje nos precede y es ese lenguaje el que constituirá un sujeto. La elección de la palabra que toma del Otro Simbólico acompañará al sujeto en su habitar el mundo. El análisis trata de desvelar esa elección por la cual el sujeto ha de responder, ha de hacerse responsable. Un punto para comenzar a pensar esa elección lo encontramos en el estadío del espejo.

El estadio del espejo es ese momento del desarrollo del sujeto en el cual, entre los seis y los dieciocho meses, el niño se mira en el espejo y se ve. Esa imagen del espejo le devuelve un “ese soy yo” constituido a través de otro, el otro del espejo, el semejante que nombra como yo, pero no todo yo. Del mismo modo queda relacionado con la mirada al Otro, en general quien hace la función materna que, acompañándolo ante el espejo, dice alguna cosa de ese cuerpo reflejado. El niño se vuelve a este Otro para recibir afirmación acerca de ese que acaba de ver. En este movimiento el niño siente júbilo ante la imagen global que se diferencia de su sensación de cuerpo fragmentado.

En la escena tenemos algunos elementos que merece la pena tomar por separado para explicar el conjunto. Pero antes es interesante pensar en Rimbaud con su yo es otro. “C'est faux de dire: Je pense, on devrait dire: On me pense. Pardon du jeu de mots. Je est un autre2. Ante tal oxímoron el estadío del espejo nos permite pensar “yo es otro” de una manera lógica.

Por un lado tenemos un niño cuyo cuerpo aún no está constituido. Apenas consigue sostenerse sentado, la vivencia del cuerpo es fragmentada y todavía no está definido lo que forma parte del niño y lo que forma parte del exterior. La diferencia dentro/fuera no está construida.

Por otro lado tenemos la imagen en el espejo. Un cuerpo completo que está fuera. Cuando se ve en el espejo dice “ese soy yo” lo que nos lleva a la pregunta, ¿quién lo dice? Si yo está en el espejo, si yo es “ese”, ¿quién está mirando el espejo? Podemos adelantar que la imagen del espejo tendrá relación con el Yo Ideal, un yo imaginario que producirá una “transformación en el sujeto cuando asume una imagen3”, relacionada con el semejante completo que aparece ante el espejo. Aquí se empieza a atisbar el sujeto dividido ya que eso que llama yo está fuera y podemos anticipar la dificultad si pensamos en la frase “nunca me miras desde donde yo te veo”. Ya que el que miro en el espejo no es el que está mirando el espejo.

El yo (moi) imaginario, se sitúa en relación a los otros de los que se distingue. Imagen del sujeto que se hace de sí mismo en relación y a partir de los otros. Construido a partir de la imagen especular el yo solo se reconoce a partir de la imagen del otro.

Un tercer elemento sería el Otro Simbólico. Para simplificarlo por ahora pondremos en ese lugar a la función materna. El otro portador del lenguaje que pone palabras al mundo. Por un lado tenemos la madre, pero esta no es en sí el Otro Simbólico que sería el lenguaje que esta madre aporta. Lo que dice y, lo que es más importante, lo que el niño toma de eso que dice, una elección que tiene relación con lo libidinal y que dará forma al Ideal del Yo, un yo relacionado con lo simbólico, “cuya predestinación a este efecto de fase está suficientemente indicada por el uso, en la teoría, del término antiguo imago4”. Una causalidad psíquica, lo simbólico introduce algo del orden.

Tomando los tres elementos de la escena, observamos cómo el niño/cuerpo fragmentado, construye un “Yo” en dos tiempos. Un primer tiempo que tiene que ver con el verse completo en el espejo, lo que está lejos de la sensación fragmentada que tiene de sí, y un segundo tiempo en el cual se encuentra con el Otro Simbólico, con el lenguaje. Estos dos tiempos no siguen un orden cronológico, sino que, como nos explica Lacan en Radiofonía, se incorpora el cuerpo no solo como imaginario. Lo simbólico es el elemento previo, el primer cuerpo que hace al segundo al incorporarse al cuerpo que el sujeto cree tener. El cuerpo imaginario se construye en la base del cuerpo de lo simbólico.

Como una sinécdoque, una insignia imaginaria tomada por el sujeto de lo que subyace en el simbólico precipita el Ideal del Yo I(A) que responde al voltearse del niño en el espejo en busca del Otro Simbólico, un “yo soy ese” pasado por lo simbólico (je) que es una producción del sujeto sostenido en ese fantasma. Una identificación del sujeto que pasa por el Otro. El yo (je) como sujeto gramatical, sujeto del enunciado, el avatar del sujeto para presentarse al otro. Falsa ilusión de identidad y pertenencia sostenida en el registro imaginario.

Mientras que el yo ideal i(a), es decir, la identidad imaginaria sería un recorte simbólico pegado en el espejo, regulado a partir del Ideal de Yo. “Esta forma por lo demás debería más bien designarse como yo-ideal, si quisiéramos hacerla entrar en un registro conocido, en el sentido de que será también el tronco de las identificaciones secundarias, cuyas funciones de normalización libidinal reconocemos bajo ese término5”.

En “Observaciones del informe de Lagache”, Lacan nos explica que el fantasma tiene relación con lo que el sujeto ha sido para el otro, “como objeto a del deseo, como lo que ha sido para el otro en su erección de vivo, como el wanted o el unwanted de su venida al mundo, como el sujeto está llamado a renacer para saber si quiere lo que desea6”. El análisis trata de establecer una relación simbólica, impedida y obstaculizada por la relación imaginaria. Hacer desaparecer la cuestión imaginaria en el sujeto, es decir, “pagar el rescate de su deseo con su persona7”.

Una destitución de “ese yo” que hace del psicoanálisis una técnica ética alejada de aquella que trata de “re-forzar” el Yo.

1 El estadío del espejo como formador de la función del yo (je). Escritos 1, J. Lacan 1949.
2 Lettres du Voyant, Rimbaud 1871
3 J. Lacan. “El estadío del espejo como formador de la función del yo (je)”. Escritos 1, 1949.
4 bis
5 bis
6 J. Lacan, "Observaciones sobre el informe de Daniel Lagache", Escritos II. 1987
7 bis

miércoles, 6 de noviembre de 2019

Reseña de la sesión inaugural de la Sección Clínica de Barcelona: “La cuestión clínica: interrogantes surgidos en la formación” a cargo de Hebe Tizio.

“(...) lo no sabido se ordena como el marco del saber”.
Jacques Lacan.

“Se aprende a hablar bien. 
Lacan lo llama el bien decir (...) 
¿Un saber sobre qué? Sobre el decir mismo, 
sobre lo que se dice y lo que no se dice”
J.A.Miller

¿Qué saber hay en la formación en psicoanálisis? ¿De qué manera se transmite ese saber? ¿De qué manera se acerca uno a ese saber? ¿Qué lugar ocupa la escuela? ¿Y los analistas? ¿Y los analizantes?

Un primer encuentro plagado de interrogantes como el título de la conferencia ya anticipaba. Algunos nuevos o con semblantes nuevos, otros que ya venían gestándose desde el primer encuentro con el psicoanálisis y otros que, como explicaba Hebe Tizio, se repiten de unos a otros participantes. Tal y como pasa en la clínica, tomaré unas líneas de lo que surgió en la conferencia inaugural de la Tétrada de la Sección Clínica de Barcelona a modo de “asociación libre que no es tan libre”. 

Hay un sentirse concernido en este tipo de enseñanza, uno no queda indemne del encuentro con el psicoanálisis, “se avanza trabajando contra uno mismo, contra los propios obstáculos”. Con esta afirmación iba desgranándose en la conversación una manera de hacer ante lo que en el transcurso de la formación uno puede ir encontrándose, a modo de brújula incierta. Y una invitación: “tomar el no saber como motor, no como obstáculo”. 

Aparece de la mano de la curiosidad por el saber, el agujero del No Saber acompañado de una pizca de angustia que habla el lenguaje del deseo. Un caos curioso el encuentro con el psicoanálisis. 

Hay algo en el discurso analítico que invita a seguir indagando intuyendo, como un ruido de fondo que te acompaña en el camino, que no habrá un final, un saber completo. A diferencia de otras disciplinas donde uno puede aprenderlo todo y aprenderlo bien partiendo de un saber igual para todos, el discurso analítico apunta al no saber sirviéndose de los tropiezos para avanzar. “El no saber agujerea, desorganiza lo que se tiene sabido” y uno tiene que ver cómo hace con Eso, con la valentía tal que pueda hacer “sintomáticamente con el no saber desorganizador”. 

Lo que uno sabe, o cree saber, se pone entre paréntesis para caer sin sentido ya que lo que se presenta se trata de un saber no constituido por anticipado. No hay un método como podría ser en otras disciplinas sino que cada cual va tejiendo, poniendo en juego el propio cuerpo, el deseo de saber que apunta al deseo más que al saber. Se aprende a sostener ese deseo de saber estando advertido de que hay un punto de imposible.

Por supuesto se habló de Freud y de Lacan. De una primera fase en la que el Nombre del Padre haciendo de S1 enraiza al sujeto a lo simbólico enlazándolo así al lugar del otro a un segundo tiempo donde el Nombre del Padre cae para dar paso a significantes como Lalengua o Synthome. Esos significantes, que uno reconoce pero sabe (o no sabe) que no conoce, revoloteaban alrededor del discurso. 

“El analista se forma en el propio análisis” recordaba Hebe Tizio a modo de declaración de intenciones. Un análisis propio acompañado de una formación que poco tiene de formal si pensamos en el estilo universitario. Para muestra, los inscritos tienen el nombre de participantes. Con estas coordenadas podemos pensar que la cuestión de la enseñanza dependerá de lo que el psicoanálisis enseña de manera singular a cada uno, únicamente tendrá efecto en lo que puede decirse uno a uno.

Uno sabe que se enfadará, porque los pre-juicios del fantasma se irritan ante cualquier resquebrajamiento de su delirio estructurado. También sabe que, a ratos, se identificará con lo que sabe ya que el fantasma tratará de atrapar al sujeto en un vano intento de liberarlo de la angustia. Y con esto uno tiene que aprender a hacer, de una manera singular para cada uno, para avanzar en la formación y en el propio análisis. En resumen un “aprender a soportar el punto de No Saber” y continuar avanzando. 

¡Todo un desafío para comenzar!

lunes, 25 de marzo de 2019

Un trabajo de duelo: Primera Parte, ¿el mundo vacío y triste o uno vacío y triste?


El significante duelo, según su etimología, hace referencia a dos significados. Por un lado “dolus”, nos habla de dolor y por otro, “duellum”, nos habla de un combate, un desafío.

El trabajo de duelo, como lo llamó Freud, es un proceso que supone una elaboración intrapsíquica dolorosa, necesaria para recuperar el bienestar en el sujeto que ha sufrido una pérdida.

Durante el duelo se desencadenan respuestas de tipo emocional y conductual que requerirán de una elaboración de la falta tanto en uno mismo, que tendrá que ver con saber lo que se ha perdido a través de la falta, como fuera de uno. Es un proceso que se prolongará en el tiempo en el cual se tendrá que aceptar la pérdida en lugar de negarla. Para ello habrá que aceptar la realidad de la pérdida, sentir el dolor y adaptarse al nuevo ambiente con la falta que ha devenido. La construcción simbólica alrededor del objeto perdido habrá de ser reconstruida, aceptando la falta.

El hueco en lo real hace surgir el afecto que no está en lo simbólico ni en la imagen. Habrá que reconstruir un nuevo borde para ese agujero. Un relato que bordee la falta. Un velo que vele ese real.

La persona en duelo presentará síntomas de inhibición que no permiten que haya espacio para otro propósito que no sea el trabajo de duelo: pérdida de interés por el mundo exterior (todo lo que no recuerde a lo perdido), pérdida en la capacidad de escoger un nuevo objeto de amor o negación de cualquier cosa que no tenga relación con la memoria de la pérdida.

Lo nuevo siempre será distinto ya que el proceso de duelo implica una aceptación de la irreversibilidad de la pérdida.

Se pone en marcha un proceso de dolor y reestructuración en el cual alguien deja de ser algo para uno, se pierde, falta y hace falta. Se pierde el otro, pero también se pierde lo que uno era para el otro. No solo hay que tratar la cuestión de lo que se pierde sino también de qué pierde uno en esa pérdida.

Podríamos dividir el trabajo de duelo en tres fases, como tres tiempos lógicos:

·         La fase de evitación donde se incluye el shock inicial con la negación de la pérdida. Podemos llamar a esto el instante de ver.

·         Un segundo tiempo en el que aparece la confrontación donde hay afectos más intensos como la rabia, la culpa, la fantasía de una vuelta atrás o un cierto goce al recordar el dolor, que pueden ser desbordantes. Síntomas de tristeza, angustia o incluso visiones de la presencia de la persona perdida lo que podemos pensar como una manera de retener el objeto y apartar la pérdida. La pérdida llena al sujeto que trata de situarse en una realidad sin el objeto perdido. Esto podría pensarse como el tiempo para comprender.

·         En una tercera fase se constituiría un restablecimiento donde la pérdida dejaría de ocuparlo todo. Aparecería un cierto desapego y un recuerdo con menos afecto. Aquí podemos hablar del momento de concluir.

En todo este proceso el sujeto pasa por diferentes afectos, ideas, pensamientos, construcciones y reconstrucciones y necesita pensar, elaborar, recordar y sentir. Este es el trabajo de duelo.