miércoles, 6 de noviembre de 2019

Reseña de la sesión inaugural de la Sección Clínica de Barcelona: “La cuestión clínica: interrogantes surgidos en la formación” a cargo de Hebe Tizio.

“(...) lo no sabido se ordena como el marco del saber”.
Jacques Lacan.

“Se aprende a hablar bien. 
Lacan lo llama el bien decir (...) 
¿Un saber sobre qué? Sobre el decir mismo, 
sobre lo que se dice y lo que no se dice”
J.A.Miller

¿Qué saber hay en la formación en psicoanálisis? ¿De qué manera se transmite ese saber? ¿De qué manera se acerca uno a ese saber? ¿Qué lugar ocupa la escuela? ¿Y los analistas? ¿Y los analizantes?

Un primer encuentro plagado de interrogantes como el título de la conferencia ya anticipaba. Algunos nuevos o con semblantes nuevos, otros que ya venían gestándose desde el primer encuentro con el psicoanálisis y otros que, como explicaba Hebe Tizio, se repiten de unos a otros participantes. Tal y como pasa en la clínica, tomaré unas líneas de lo que surgió en la conferencia inaugural de la Tétrada de la Sección Clínica de Barcelona a modo de “asociación libre que no es tan libre”. 

Hay un sentirse concernido en este tipo de enseñanza, uno no queda indemne del encuentro con el psicoanálisis, “se avanza trabajando contra uno mismo, contra los propios obstáculos”. Con esta afirmación iba desgranándose en la conversación una manera de hacer ante lo que en el transcurso de la formación uno puede ir encontrándose, a modo de brújula incierta. Y una invitación: “tomar el no saber como motor, no como obstáculo”. 

Aparece de la mano de la curiosidad por el saber, el agujero del No Saber acompañado de una pizca de angustia que habla el lenguaje del deseo. Un caos curioso el encuentro con el psicoanálisis. 

Hay algo en el discurso analítico que invita a seguir indagando intuyendo, como un ruido de fondo que te acompaña en el camino, que no habrá un final, un saber completo. A diferencia de otras disciplinas donde uno puede aprenderlo todo y aprenderlo bien partiendo de un saber igual para todos, el discurso analítico apunta al no saber sirviéndose de los tropiezos para avanzar. “El no saber agujerea, desorganiza lo que se tiene sabido” y uno tiene que ver cómo hace con Eso, con la valentía tal que pueda hacer “sintomáticamente con el no saber desorganizador”. 

Lo que uno sabe, o cree saber, se pone entre paréntesis para caer sin sentido ya que lo que se presenta se trata de un saber no constituido por anticipado. No hay un método como podría ser en otras disciplinas sino que cada cual va tejiendo, poniendo en juego el propio cuerpo, el deseo de saber que apunta al deseo más que al saber. Se aprende a sostener ese deseo de saber estando advertido de que hay un punto de imposible.

Por supuesto se habló de Freud y de Lacan. De una primera fase en la que el Nombre del Padre haciendo de S1 enraiza al sujeto a lo simbólico enlazándolo así al lugar del otro a un segundo tiempo donde el Nombre del Padre cae para dar paso a significantes como Lalengua o Synthome. Esos significantes, que uno reconoce pero sabe (o no sabe) que no conoce, revoloteaban alrededor del discurso. 

“El analista se forma en el propio análisis” recordaba Hebe Tizio a modo de declaración de intenciones. Un análisis propio acompañado de una formación que poco tiene de formal si pensamos en el estilo universitario. Para muestra, los inscritos tienen el nombre de participantes. Con estas coordenadas podemos pensar que la cuestión de la enseñanza dependerá de lo que el psicoanálisis enseña de manera singular a cada uno, únicamente tendrá efecto en lo que puede decirse uno a uno.

Uno sabe que se enfadará, porque los pre-juicios del fantasma se irritan ante cualquier resquebrajamiento de su delirio estructurado. También sabe que, a ratos, se identificará con lo que sabe ya que el fantasma tratará de atrapar al sujeto en un vano intento de liberarlo de la angustia. Y con esto uno tiene que aprender a hacer, de una manera singular para cada uno, para avanzar en la formación y en el propio análisis. En resumen un “aprender a soportar el punto de No Saber” y continuar avanzando. 

¡Todo un desafío para comenzar!

lunes, 25 de marzo de 2019

Un trabajo de duelo: Primera Parte, ¿el mundo vacío y triste o uno vacío y triste?


El significante duelo, según su etimología, hace referencia a dos significados. Por un lado “dolus”, nos habla de dolor y por otro, “duellum”, nos habla de un combate, un desafío.

El trabajo de duelo, como lo llamó Freud, es un proceso que supone una elaboración intrapsíquica dolorosa, necesaria para recuperar el bienestar en el sujeto que ha sufrido una pérdida.

Durante el duelo se desencadenan respuestas de tipo emocional y conductual que requerirán de una elaboración de la falta tanto en uno mismo, que tendrá que ver con saber lo que se ha perdido a través de la falta, como fuera de uno. Es un proceso que se prolongará en el tiempo en el cual se tendrá que aceptar la pérdida en lugar de negarla. Para ello habrá que aceptar la realidad de la pérdida, sentir el dolor y adaptarse al nuevo ambiente con la falta que ha devenido. La construcción simbólica alrededor del objeto perdido habrá de ser reconstruida, aceptando la falta.

El hueco en lo real hace surgir el afecto que no está en lo simbólico ni en la imagen. Habrá que reconstruir un nuevo borde para ese agujero. Un relato que bordee la falta. Un velo que vele ese real.

La persona en duelo presentará síntomas de inhibición que no permiten que haya espacio para otro propósito que no sea el trabajo de duelo: pérdida de interés por el mundo exterior (todo lo que no recuerde a lo perdido), pérdida en la capacidad de escoger un nuevo objeto de amor o negación de cualquier cosa que no tenga relación con la memoria de la pérdida.

Lo nuevo siempre será distinto ya que el proceso de duelo implica una aceptación de la irreversibilidad de la pérdida.

Se pone en marcha un proceso de dolor y reestructuración en el cual alguien deja de ser algo para uno, se pierde, falta y hace falta. Se pierde el otro, pero también se pierde lo que uno era para el otro. No solo hay que tratar la cuestión de lo que se pierde sino también de qué pierde uno en esa pérdida.

Podríamos dividir el trabajo de duelo en tres fases, como tres tiempos lógicos:

·         La fase de evitación donde se incluye el shock inicial con la negación de la pérdida. Podemos llamar a esto el instante de ver.

·         Un segundo tiempo en el que aparece la confrontación donde hay afectos más intensos como la rabia, la culpa, la fantasía de una vuelta atrás o un cierto goce al recordar el dolor, que pueden ser desbordantes. Síntomas de tristeza, angustia o incluso visiones de la presencia de la persona perdida lo que podemos pensar como una manera de retener el objeto y apartar la pérdida. La pérdida llena al sujeto que trata de situarse en una realidad sin el objeto perdido. Esto podría pensarse como el tiempo para comprender.

·         En una tercera fase se constituiría un restablecimiento donde la pérdida dejaría de ocuparlo todo. Aparecería un cierto desapego y un recuerdo con menos afecto. Aquí podemos hablar del momento de concluir.

En todo este proceso el sujeto pasa por diferentes afectos, ideas, pensamientos, construcciones y reconstrucciones y necesita pensar, elaborar, recordar y sentir. Este es el trabajo de duelo.

miércoles, 17 de enero de 2018

La singularidad y una clínica del psicoanálisis: otra manera de tratar el sufrimiento.

“Una herramienta, una especie de oficio, de artesanía,
que tiene algo de truco y bastante de formalización. 
Tiene un punto que es medio mágico, 
que es el  buen encuentro con el otro. “
Tomasa de San Miguel. 
¿Qué es el psicoanálisis?
 De Inconscientes, 2014.


¿Cómo hace el psicoanálisis como modo de tratar el sufrimiento humano? 

El psicoanálisis apunta a la singularidad del sujeto. Un discurso que poco tiene que ver con el discurso contemporáneo. 

Uno necesita referentes identificatorios e ideológicos, el Yo necesita un S1 y S2 para ordenar y explicarse el mundo en el que vive. Cuando los relatos tradicionales no funcionan, caen las grandes ideologías, las posibilidades de cada uno de seguir un trabajo subjetivo aparece como una oportunidad para construir un relato propio, algo que permita encontrar una invención singular a cada Uno. 

Uno por uno. 

Aquí es donde podemos situar al psicoanálisis que, teniendo en cuenta el síntoma del sujeto como una seña de identidad que lo acompaña, su historia y sus invenciones, trata de acompañarlo a inventar una solución propia para tejer su vida. 

El “Yo soy…” es la identidad con la que el sujeto se presenta ante el analista, articulada esta identificación a los significantes amo que vienen del Otro. El analista tratará de hacerlos caer haciendo así que emerja el goce particular del sujeto, perturbando las identificaciones y el uso que el sujeto ha dado a los significantes, que no han sido más que una defensa contra el vacío, una defensa ante el agujero que deja el encuentro con el lenguaje, “un psicoanálisis, desata los lazos significantes de esos S1, haciendo imposible su retorno a las cadenas significantes que los sostenían” (Tassara, P. 2017)

Desde el psicoanálisis se propone otra manera de tratar el sufrimiento humano por medio de la palabra, que lo simbólico pueda tocar lo real para cernir algo del goce singular de cada sujeto. Para ello se tiene en cuenta el síntoma en lugar de tratar de eliminarlo. En lugar de tratar a los sujetos mediante un nombre para sofocar la angustia sin que tenga nada que ver en ello, el psicoanálisis propone hacer al sujeto responsable de lo que hace con lo que hay "las casualidades nos empujan a diestra y siniestra, y con ellas construimos nuestro destino, porque somos nosotros quienes lo trenzamos como tal" (Lacan, 1975). Frente al nominalismo que pretende reducir al sujeto a una categoría donde puede ser comparado, contabilizado y tratado según el protocolo, el psicoanálisis propone una clínica en la cual el sujeto tiene algo que decir y, sobre todo, algo que ver con lo que le pasa. 

Preguntarse por el síntoma permite al sujeto responder ante el discurso del amo en el que se mueve y responder por su lugar en el mundo en lugar de verse borrado por lo que viene de fuera. El psicoanálisis tiene en cuenta el discurso social, el discurso del amo y los significantes que estos promueven y los pone en juicio, permitiendo al sujeto un desplazamiento de la identificación en la que podría quedar falsamente fijado. El sujeto tendrá que hacerse un nombre con el cual poder establecer una relación con el otro evitando ponerse en el lugar de objeto, tratando de evitar satisfacer la voracidad del superyó al cual puede quedar identificado, fijado y consumido.

Se invita al sujeto a hablar, hablar para ser escuchado. No se busca una vuelta a la normalidad, como norma o como la búsqueda de un sujeto medio, esto no es más que una ilusión del discurso de la llamada salud mental, en cambio se trata de coger lo singular de cada sujeto y hacerlo hablar. El analista no es el portador del saber sino que se sitúa en la posición de “sujeto supuesto saber” transformando así el otro que no existe en un lugar donde el sujeto puede producir su propio saber, inconsciente. 

Desde una orientación psicoanalítica la respuesta del sujeto al ¿quién soy? es una respuesta falsa. El yo es la función del desconocimiento, esas identificaciones que el sujeto encuentra en lo simbólico social no dicen nada del modo singular de gozar de ese sujeto. Lo más importante de la clínica psicoanalítica es atrapar la singularidad, las condiciones de goce singulares de cada sujeto llevando el significante de lo social a lo singular, dejando caer la identidad debajo de la etiqueta. Una vez el sujeto puede hablar, aparece su palabra, algo que decir sobre su síntoma y así puede salir del lugar cerrado y restrictivo en el que la identificación lo ha fijado y hacerse responsable de su modo particular de hacer en el mundo. Pasar de la pregunta enlazada al discurso social ¿quién soy? a una pregunta que tiene más que ver con el deseo y el goce del propio sujeto, ¿qué soy?

Desde el psicoanálisis la realidad social puede ser leída de manera que los sujetos y sus identidades pueda ser atendidos uno por uno, teniendo en cuenta sus diferentes modos de hacer permitiendo un lugar donde acoger el sufrimiento siempre y cuando el sujeto quiera saber algo de eso, de su singularidad, del porqué de su diferencia y, sobre todo, querer hacer con ello, “insiste en la falsedad relativa del “tú eres eso” determinado por el fantasma, por lo que un psicoanálisis debería tender a un cuestionamiento, al menos relativo, de esa “identidad” (Berenguer, 2017).

El fantasma es un constructo desarrollado por Lacan, se podría decir que se trata del guión con el cual el sujeto lee su vida y le da sentido. Las identificaciones tiene que ver con el fantasma. El sujeto, a través del fantasma, hace existir al Otro “que no existe” puesto que no es más que una ficción. una construcción. El fantasma vendría a ser una especie de “identidad” del sujeto mediante la cual interpreta su relación con el Otro y el lugar que ocupa en esa relación. Siendo una solución con la que responder a la pregunta ¿quién soy?. 

Pero entonces, ahí donde el sujeto más se identifica con los rasgos del Otro más huye su identidad, más ésta se pierde en el objeto. Es en esta disyuntiva donde el fantasma intenta fijar al sujeto alienado en sus identificaciones con el objeto de su identidad perdida. Es lo que escribimos con la fórmula del fantasma, ($ <> a)” (Bassol, M, 2017). 

Mediante el análisis se trata de construir una interpretación diferente a los significantes que son los referentes con los que el fantasma responde a la pregunta por el ser y así poder hacer algo con esa repetición, diríamos que “el sujeto no puede renunciar a todo aquello de su identidad que se encuentra articulado en su fantasma, pero puede reducirlo a unos elementos mínimos, que permiten más de una interpretación” (Berenguer, 2017).

En un análisis se tiene en cuenta al sujeto. El analista junto al analizante tratan de construir el fantasma del sujeto, encontrando los significantes fundamentales que determinan las identificaciones del mismo con el fin de poder desprenderse de ellas y dejar caer el marco de referencia en el que el sujeto queda fijado. 

Mediante un análisis el sujeto puede llegar a mentirse un poco menos, “el psicoanálisis es un sesgo práctico para sentirse mejor”, (Lacan, seminario 24). Una praxis mediante la cual el sujeto encontrará una forma de reconocer su propio goce pudiendo distanciarse del mismo para poder encontrar nuevos modos de elaborarlo. El psicoanálisis alivia el sufrimiento del sujeto acompañando lo incurable y tratando aquello que se puede curar haciendo que el sujeto tome una posición diferente respecto de su propio deseo singular. Por ello, el psicoanálisis es una manera de tratar el sufrimiento sin borrar al sujeto, el reverso del discurso del amo. 

En palabras de Miller, se trata de hacer un esfuerzo de poesía, “un psicoanálisis es una invitación a hablar, no a describir, ni explicar, ni a enseñar (...) tampoco a decir la verdad. Un psicoanálisis es una pura y simple invitación a hablar, sin duda, a hablar para ser escuchados” (Miller, pg 207, 2016).

viernes, 17 de marzo de 2017

Biopolítica y psicoanálisis.

En los siglos XVII y XVIII la verdad y la vida eran reguladas y legitimadas por la Iglesia. A partir del siglo XIX el poder cambia la estrategia y pasa a tratar de controlar a la población mediante la disciplina y la regulación de la vida. Esto último es lo que Foucault llama biopolítica.

La biopolítica vendría a ser un conjunto de saberes y técnicas articuladas por el “cuerpo” del estado mediante la cual alcanza sus objetivos utilizando la capacidad biológica de los seres humanos. La población se convierte en materia prima, en recursos humanos y los agentes de poder potencian este recurso. Articulado por el discurso capitalista, se pretende hacer crecer la capacidad de producción. Esta regulación fagocita el placer y los diferentes modos de gozar pretenden ser homogenizados.

Foucault habla de la regulación de la vida mediante dos formas, la anatomopolítica, que tiene que ver con el sistema disciplinario, y la biopolítica que aplica el conocimiento y el conjunto de saberes para normalizar y modelar las subjetividades a través de la normalización y “normativización” tratando de abordar el goce en un intento de estandarizarlo. Las nuevas tecnologías, como internet, son usadas para realizar intervenciones de manera masiva.

El poder como árbitro y regulador por medio de leyes, se sustituye por la integración social y una supuesta tolerancia a los modos de goce. La población se clasifica según sus modos de vida en función de normas que la burocracia multiplica para obtener categorías más o menos homogéneas que dependen de las exigencias de la burocracia (lo que crea un circuito que siempre está produciendo) y del avance de la ciencia. A través de los mecanismos de control, regulación y uniformización, el control pasa de la idea de un poder externo que castiga a un poder que regula y trata de prevenir y reglamentar, eliminando lo aleatorio y optimizando así los estados de vida.

Siguiendo a Foucault, vemos como el poder del estado se ocupa cada vez más del cuidado de la vida y de la salud mediante la administración y el control de las fuerzas de la vida biológica. Puede producirlas y ordenarlas en lugar de obstaculizarlas o destruirlas. Aparecen nuevas formas de regulación como la natalidad, la mortalidad, el nivel de salud, la salud pública… todo ello regulado y contado. Como cuento y como cuenta. Esta nueva forma de poder no busca el adiestramiento individual sino que actúa con mecanismos globales que buscan controlar acontecimientos aleatorios a gran escala con el objetivo de obtener estados de regulación. El discurso capitalista, mediante la biopolítica, hace posible la colonización de lo más íntimo  del sujeto humano: su subjetividad, sus emociones, deseos, placer y pulsiones.

El psicoanálisis, siguiendo a Laurent, se sitúa en el reverso de la biopolítica, apuntando a la singularidad del cuerpo, a cada modo de gozar de cada quien, uno por uno. La biopolítica trata de clasificar en categorías, cada vez más extendidas mientras que el psicoanálisis sitúa al sujeto frente a su singularidad, que no cabe en ninguna categoría, que queda fuera, atendiendo a la invención con la que cada uno trata de hacer algo con el goce propio.

La dinámica de la biopolítica encaja con el mandato de producción excesiva del capitalismo y la lógica del consumo. La población se convierte en consumidores en un mercado capitalista globalizado. Cualquier síntoma o sentido se piensa a través de un modelo normal, establecido de acuerdo a leyes probabilísticas, estándares, tendencias e intereses del mercado. La medicina se convierte en una herramienta indispensable cuya meta ya no es la cura, que actúa a posteriori, sino la prevención de riesgos y los hábitos de vida. El poder se ejerce sobre la vida con técnicas que controlan a los sujetos y disciplinan los cuerpos.

Tratar de empujar al sujeto a un imperativo de goce, intentando empujar ese goce en categorías prefijadas, tiene como reverso la insistencia de un goce que no puede ser regulado, clasificado, nombrado, que empuja los cuerpos. Y en este lugar es donde cabe el psicoanálisis que apunta a ese empuje del goce de cada quien, singular y por ello, fuera de la normativización.

Un interesante ejemplo para pensar esto puede ser el aumento de la violencia contra las figuras que ejercen este poder. Atendiendo al discurso del amo de Lacan, podría decirse que el sujeto dividido no se muestra tan sumiso al saber del discurso del amo y se revela, con pasajes al acto y resistencias al tratamiento. Aquí el psicoanálisis, con el discurso del analista,  puede ser leído como el reverso de la biopolítica, siendo un insterticio donde el psicoanálisis tendrá algo que decir,

miércoles, 18 de enero de 2017

Digresión: piezas sueltas.

CAPÍTULO UNO: Carta primera.

Querido Finnegan, 

hoy te vi. Sentado en el intemporal banco del parque escondido. Recuerdo inventar juntos la historia de ese parque que entre arboledas permite un paréntesis en la ciudad húmeda y desgastada. No muchos conocen ese, nuestro, lugar. Seguramente ya no piensas en ello cuando te arrastras cada mañana al banquito y te dejas caer en el asiento. Me dio un pellizco la imagen en el estómago de un viejito sentado “como debe ser”. ¿Recuerdas cuando decías que los bancos del parque estaban construidos para uniformizar el cuerpo sentado? Cambiaron los de tres plazas (o cuatro, si te aprietas bien o si te sientas en el respaldo incluso cinco) por unos individuales donde difícilmente uno puede acomodarse al paisaje imaginario. Pretendían filtrar la ciudad dentro de nuestro parque. Te enfadaste, no porque ahora no pudiéramos compartir el banco con los bártulos que dejaban los chicos que no paraban de corretear tratando de conquistar sus cuerpos, sino porque en este nuevo diseño, decías, era mucho más difícil saltarse la norma de la rectitud y te empuja, si no estás muy atento, a acabar sentado con las piernas y la espalda en ángulo recto, “como debe ser”. Me parece poder verte aún boca abajo, apoyando las piernas en el respaldo individual e invitándome a jugar con el pensamiento del revés: “mire, a veces es necesario ponerlo todo patas arriba y agitarlo un poco, o uno corre el riesgo de quedar estancado y uniforme sin saber muy bien cómo ha ocurrido. Y despertar una mañana sentado en el banco “como debe ser”. ¿Sabe lo angustioso que ha de ser despertar en ángulo recto?”

Ahí estabas como una postal de otro tiempo. Tú, mi Finnegan eterno, con rizos y pecas con las que jugar a unir los puntos, de edad indeterminada, mirada curiosa, despierta e insaciable que me hablaba de usted y me escribía cartas; y ese señor, con menos rizos y unas pecas en las que ya el paso de los años ha unido los puntos con surcos que dejan poco espacio para jugar a ¿qué forma aparece?. No pude ver tu mirada, estabas lejos y no seré yo quien rompa nuestra promesa groseramente acercándome, pero me gusta pensar que aún mantiene esa edad indeterminada y esa curiosidad, quizás ya no tan despierta y algo saciada, hastiada, cansada. Las horas de vida se acumulan en los ojos. Una mañana mirándome al espejo pude verlo en los míos. Necesito pensar que en el fondo de ellos aún queda algo, es una fantasía que elijo mantener. 

Decidí escribirte, querido amigo, cuando se unieron por sorpresa, de esas que suponen un restallar en la vida rutinaria creando una grieta, dos conceptos en los que hacía tiempo no pensaba. Tú, sentado en el banco, y la pregunta rotunda de una marioneta que a veces se sienta a charlar conmigo “¿¡qué quieres decir con esto!?”. 

No sé si sabrás que finalmente me dediqué a escribir. Contar historias. Siempre me dijiste que era mi habilidad. “No se deje engañar, no es inteligente, sabe contar muy bien historias y eso, como usted habrá adivinado, es indispensable para sobrevivir.” ¡Cómo me enfadaba! Yo valoraba la inteligencia como la mayor de las capacidades y tú, una y otra vez, tirabas por tierra mi mentira. Con una sonrisa azul burlona que amaba y odiaba al mismo tiempo. Cuando hacías eso quería darte un puñetazo. Ahora que he crecido y me convertí en un personaje socialmente normativizado, veo que tenías razón, contar historias me ayuda a sobrevivir mucho mejor que la inteligencia. Las marionetas esperan historias, cuentos para explicar cualquier cosa que, con sentido, les proporcione calma a su angustia. Es lo que hago. Y se me da bien. 

Como te decía, una de esas marionetas que en la realidad social se dedica a editar libros, me arrojó la pregunta con dos interrogaciones, al principio y al final, y dos exclamaciones, al principio y al final, antes de las interrogaciones. Así la ví salir de su boca directa a mi oreja, la derecha, porque estaba sentado en ese lado de la mesa. Fue pasando por el pabellón auditivo que la condujo hasta el tímpano y pasó el conducto auditivo interno, vibrando lentamente hasta transformarse en impulsos electroquímicos que el nervio auditivo se encargó de dirigir a la zona de mi cerebro que decodifica el mensaje para que eso dentro de mi que llamo Yo lo entendiese y pudiese dar una respuesta. 

Eso fue lo que sucedió en la realidad social normativizada. Supongo que ese al que llamo Yo encontró una respuesta estándar que contentó a la marioneta editor puesto que la conversación y despedida siguieron bajo las reglas sociales adecuadas. Intercambio amistoso de palabras, algunos cambios en la historia, algunas sugerencias rechazadas amablemente, un cierre con la despedida esperada, apretón de manos y mensajes de un siguiente encuentro “estamos en contacto, gracias”. 

¿Recuerdas como nos reíamos con la expresión “estar en contacto”? Insistías en lanzarme la visión literal y no podía aguantar la risa cuando el otro que soltaba esa frase de despedida se iba y nosotros veíamos la piel de cada uno estirándose hasta el infinito ya que no podían dejar de tocarse, había que mantener al otro “con tacto”. Es una mentira simbólica, Finnegan. Ahora que soy un personaje socialmente normativizado utilizo esas expresiones y palabras estándar, como tienen que ser usadas para que el mensaje llegue al receptor con el mínimo malentendido posible. Y de ahí viene la sorpresa por la que he decidido escribirte, esa pregunta que llegó al cerebro de quien llamo Yo, despertó algo, una Cosa, hacía tiempo dormida y ya no he podido dejar de… no se como explicarte, diría sentirla pero no es la palabra correcta, percibirla, intuirla, cargarla… la Cosa. Esa pregunta tomó, además del habitual que toman las palabras, un camino alternativo hacia un lugar que intuyo se esconde dentro de mi, que hizo que Uno se tambaleara. No eso que llamo Yo que pudo seguir con la charla sino Uno a quien no “sentipensaba” desde que dejamos de encontrarnos, Finnegan. 

Me angustié, querido amigo. Con esa angustia con la que jugábamos en el pasado en aquel parque intemporal que ponía un paréntesis a la ciudad. Y decidí romper nuestra promesa solo a medias. Crear un intersticio de intercambio epistolar. ¿¡Qué quiero decir con eso!? ¿A quién va dirigida esa pregunta? Eso que llamo Yo contestó. Pero ese Uno a quien no “sentipensaba” desde que dejamos de hablar se agitó perezosamente y ya no volvió a cerrar la boca. 

Necesito un paréntesis. Un espacio ajeno a la ecuación llamada Vida, una interrupción del fluir rutinario de los acontecimientos donde me muevo como personaje socialmente normativizado. No puedo cargar con la Cosa despierta sin perder el ritmo de la música en la que fluimos en sociedad formando un Todo y sé que perder el ritmo puede ser terrible en el mundo de las marionetas. Se ha abierto ese paréntesis sin previo aviso, haciendo grande la grieta que abrió esa pregunta, un camino entre paréntesis ha aparecido de manera contingente ante mis ojos. Y necesito un compañero para transitarlo. Un Otro que pueda hacerme de espejo. Solo contigo pude una vez ser Uno. 

No sé dónde o quién eres ahora, querido Finnegan. Le escribo a ese que una vez se sentó en el banco eternas horas a pasear la vida junto a mí. No espero una respuesta. Ni siquiera sé si te acordarás de nuestro escondite o si aún miras en el agujero del árbol del parque. Esta tarde depositaré esta misiva allí. A la espera. Sin más pretensión que dejar una mano en el aire, que quizás puedas tomar, o quizás no. Solo con estas líneas siento que la Cosa que se despertó en Uno ha encontrado un modo de expresión y eso ya me devuelve a un estado “tristeliz” que me permitirá continuar, un ratito más, atravesando con mi atravesado disfraz de personaje socialmente normativizado, esto que otros llaman la vida.

Un eterno abrazo,

S.

domingo, 1 de enero de 2017

Ilusión de Yo.

¿Quién es yo? ¿Qué es? ¿Dónde está? La primacía del Yo y la voluntad asociada a este (como facultad para decidir, ordenar, elegir…) se presenta como un imperativo que me hizo pensar. Especialmente en estas fechas con las “listas de propósitos de año nuevo”. “Si quieres, puedes”, ¿si quiere quién? 

El yo que se presenta como algo robusto, que nos define, a lo que agarrarse, no es más que una ilusión formada a través de identificaciones en las que ese yo no tiene mucho que ver. ¿Lo que el Yo quiere tiene que ver con el deseo? ¿O tiene que ver quizás con el deseo del Otro? ¿O tal vez tiene matices del discurso social? El yo es una identificación a la imagen del espejo, el sujeto se aliena a sí mismo, transformándose en esa imagen, o más bien tratando de hacerlo porque la mayoría de las veces fracasa. Exige una organización de afirmaciones y negaciones, ideales, valores… a la cual está adherido, pegado, enganchado.

Lacan decía del Yo que es una función del desconocimiento. Ese Yo está más cerca de los mecanismos de defensa que construyen una fortificación para defender “lo que debería ser” que en la mayoría de los casos es una respuesta al “¿qué desea mamá?”. El Yo, decía Rimbau, es Otro. 

Apelar a la voluntad del Yo tiende a solidificar los mecanismos de defensa que alejan al sujeto de, al menos, dos cosas: una, su propio deseo y, dos, la posibilidad de hacerse cargo del mismo. En ocasiones, tras esta “falta en la voluntad del Yo” aparece la culpa y el reproche y, un afecto que inhibe, la tristeza. 

Podría decirse que la tristeza permite un resquebrajamiento de un Yo sólido y engañoso. Un resquebrajamiento que suele venir acompañado de dolor. Ante la robustez de la identificación yoica, encontramos una falta de saber que podría producir angustia y el sujeto puede inhibir esta angustia convirtiendo ese “yo no se” en un “yo no digo”. La tristeza (a veces llamada depresión por este imperativo de llamarlo a todo por un trastorno que pueda ser medicalizado) es uno de los recursos empleados por el Yo del sujeto para no afrontar el riesgo que supone su propio deseo. Porque hacerse cargo del propio deseo tiene que ver con hacerse cargo de la propia falta… y esto a veces es muy difícil de “cargar”.

En el caso de la tristeza, algo de la identificación queda afectada. El yo ya no se siente tan completo con esa imagen especular a la que se identificó, algo cae. Sostener este algo que cae permitiría abrir un lugar para el deseo, lo que no es tan sencillo y, a veces, el yo elige replegarse sobre sí mismo en un intento narcisista de mantener lo que el Yo ha perdido en relació a su identificación al Otro. Para evitar la pérdida, el sujeto queda atrapado en el lugar de Objeto, un esfuerzo por satisfacer a un Otro que nunca formuló un deseo. 

Lacan decía de la tristeza que es una cobardía moral. Un alejamiento de la ética del bien decir, de la estructura del sujeto. Dejar de lado el propio deseo y quedar anulado, a un lado. Lugar que el Superyó aprovecha para tiranizar al pobre yo ya empobrecido. Hasta el extremo del fracaso. El yo se torna en fracasado, destinado a un goce que cree merecer, determinado a la culpa. Lo que ocurre a ese Yo se lee como lo que merece, un torturoso odio sobre sí mismo. En lugar de hacerse cargo de la propia falta, se identifica al Objeto perdido manteniendo así ese lugar de objeto que le permite seguir siendo ese desecho, enganchado a un otro que no deja caer, adherido a un lugar que pudo ser pero no fue, que finalmente puede acabar con ese Yo. 

¿Y qué hacer ante esto? Lo opuesto a la cobardía moral tiene que ver con la valentía de hacerse cargo del propio deseo de uno. Alejarse de la determinación de ese “todo me pasa a mí” y “no puedo hacer nada” para dar paso a un decir que abrirá la posibilidad al sujeto de deseo. Hablar, poner palabras, por ejemplo ante un analista que puede acompañar al sujeto a sostener su tartamudeo “fragmentado es como lleva la palabra, entero como sirve para no escucharla” (Lacan) ese yo del desconocimiento. Ser honesto con los propios dichos y dejar caer la inercia del ser hablado por un Otro que no cesará de aplastar al sujeto. Tiempo terapéutico y, como decía Odín Dupeyron, “muchos huevos para ir a terapia”. 

viernes, 23 de septiembre de 2016

Adolescencias e inhibición.

He escrito un texto y lo han publicado aquí:

"“Quería tan sólo intentar vivir
aquello que brotaba espontáneamente de mí
¿Por qué había de serme tan difícil?”
Demian: Historia de la juventud de Emil Sinclair. H.Hesse.
Con esta cita literaria, Nazareth Martin abre la cuestión de la inhibición en las adolescencias y nos plantea el porque leerlo como una falsa salida. Os invitamos a leerlo!!
http://tactebarcelona.com/las-adolescencias-y-la-inhibicion/ "