¿Quién es yo? ¿Qué es? ¿Dónde está? La primacía del Yo y la voluntad asociada a este (como facultad para decidir, ordenar, elegir…) se presenta como un imperativo que me hizo pensar. Especialmente en estas fechas con las “listas de propósitos de año nuevo”. “Si quieres, puedes”, ¿si quiere quién?
El yo que se presenta como algo robusto, que nos define, a lo que agarrarse, no es más que una ilusión formada a través de identificaciones en las que ese yo no tiene mucho que ver. ¿Lo que el Yo quiere tiene que ver con el deseo? ¿O tiene que ver quizás con el deseo del Otro? ¿O tal vez tiene matices del discurso social? El yo es una identificación a la imagen del espejo, el sujeto se aliena a sí mismo, transformándose en esa imagen, o más bien tratando de hacerlo porque la mayoría de las veces fracasa. Exige una organización de afirmaciones y negaciones, ideales, valores… a la cual está adherido, pegado, enganchado.
Lacan decía del Yo que es una función del desconocimiento. Ese Yo está más cerca de los mecanismos de defensa que construyen una fortificación para defender “lo que debería ser” que en la mayoría de los casos es una respuesta al “¿qué desea mamá?”. El Yo, decía Rimbau, es Otro.
Apelar a la voluntad del Yo tiende a solidificar los mecanismos de defensa que alejan al sujeto de, al menos, dos cosas: una, su propio deseo y, dos, la posibilidad de hacerse cargo del mismo. En ocasiones, tras esta “falta en la voluntad del Yo” aparece la culpa y el reproche y, un afecto que inhibe, la tristeza.
Podría decirse que la tristeza permite un resquebrajamiento de un Yo sólido y engañoso. Un resquebrajamiento que suele venir acompañado de dolor. Ante la robustez de la identificación yoica, encontramos una falta de saber que podría producir angustia y el sujeto puede inhibir esta angustia convirtiendo ese “yo no se” en un “yo no digo”. La tristeza (a veces llamada depresión por este imperativo de llamarlo a todo por un trastorno que pueda ser medicalizado) es uno de los recursos empleados por el Yo del sujeto para no afrontar el riesgo que supone su propio deseo. Porque hacerse cargo del propio deseo tiene que ver con hacerse cargo de la propia falta… y esto a veces es muy difícil de “cargar”.
En el caso de la tristeza, algo de la identificación queda afectada. El yo ya no se siente tan completo con esa imagen especular a la que se identificó, algo cae. Sostener este algo que cae permitiría abrir un lugar para el deseo, lo que no es tan sencillo y, a veces, el yo elige replegarse sobre sí mismo en un intento narcisista de mantener lo que el Yo ha perdido en relació a su identificación al Otro. Para evitar la pérdida, el sujeto queda atrapado en el lugar de Objeto, un esfuerzo por satisfacer a un Otro que nunca formuló un deseo.
Lacan decía de la tristeza que es una cobardía moral. Un alejamiento de la ética del bien decir, de la estructura del sujeto. Dejar de lado el propio deseo y quedar anulado, a un lado. Lugar que el Superyó aprovecha para tiranizar al pobre yo ya empobrecido. Hasta el extremo del fracaso. El yo se torna en fracasado, destinado a un goce que cree merecer, determinado a la culpa. Lo que ocurre a ese Yo se lee como lo que merece, un torturoso odio sobre sí mismo. En lugar de hacerse cargo de la propia falta, se identifica al Objeto perdido manteniendo así ese lugar de objeto que le permite seguir siendo ese desecho, enganchado a un otro que no deja caer, adherido a un lugar que pudo ser pero no fue, que finalmente puede acabar con ese Yo.
¿Y qué hacer ante esto? Lo opuesto a la cobardía moral tiene que ver con la valentía de hacerse cargo del propio deseo de uno. Alejarse de la determinación de ese “todo me pasa a mí” y “no puedo hacer nada” para dar paso a un decir que abrirá la posibilidad al sujeto de deseo. Hablar, poner palabras, por ejemplo ante un analista que puede acompañar al sujeto a sostener su tartamudeo “fragmentado es como lleva la palabra, entero como sirve para no escucharla” (Lacan) ese yo del desconocimiento. Ser honesto con los propios dichos y dejar caer la inercia del ser hablado por un Otro que no cesará de aplastar al sujeto. Tiempo terapéutico y, como decía Odín Dupeyron, “muchos huevos para ir a terapia”.
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