lunes, 23 de febrero de 2015

Adultos adolescentes. Niños desafiantes.

Convendrán conmigo en que nuestra cultura social nos exige inmediatez, felicidad, goce casi infinito e instantáneo. La frustración se asocia a la espera. Tenemos que ser mejores que los otros, tener más cosas e incluso saberlo todo. Hablamos de felicidad como un objetivo del adulto. No solo esto sino que esa felicidad depende directamente del adulto. Si no eres feliz es porque no lo has intentado lo suficiente, porque no lo has pensado de la manera correcta. Los adultos tienen que ser completos y felices. Y ya.

¿Qué ocurre cuando estos adultos tienen hijos? Tener hijos implica inevitablemente una renuncia. Hay que renunciar a parte del propio narcisismo, a deseos del Yo que han de ser apartados para dejar lugar a los deseos y necesidades del otro. Del otro completamente dependiente. Porque el niño es completamente dependiente del adulto. Ocurre que a veces esos adultos utilizan a los niños para sostenerse a sí mismos, para sostener su propio yo. Como ejemplo podría valer el padre que proyecta en su hijo deseos o necesidades que ya, como adulto, han sido desmentidas. La transgresión de la norma, por ejemplo, es muy típico en estos casos, el “haz lo que diga pero no lo que haga”. El niño generaliza, el niño en formación no entiende que hay veces que se puede y veces que no. No entiende la norma si no es absoluta y no entiende que “cuando seas grande comerás huevos”, pero ya iré a esto más adelante.

El niño es un cerebro en desarrollo. Desde que nace hasta que desarrolla su propio yo, su personalidad (o su armado narcisista) está al cuidado de un Otro. Normalmente un adulto, supuestamente responsable.

Actualmente tenemos muchos adultos que no son capaces de sostenerse a sí mismos como adultos. No diferencian entre el adulto y el niño. Creen que pueden conseguirlo todo y ya. Han quedado atrapados en el adolescente que cree ser el centro del mundo. El adulto no puede decirle al niño “yo te puedo cuidar” cuando no ha resuelto su propia historia. Aumenta el uso de psicofármacos, la necesidad de drogas o alcohol (y no hace falta que hablemos de alcoholismo, que también, sino símplemente la necesidad de adormecerse aceptada socialmente). E incluso me atrevería a decir el aumento de nuevas modas basadas en el pensamiento positivo o la necesidad de un gurú externo que nos diga que tenemos que hacer (llámalo X).

Algunas veces estos niños reaccionan de manera, desde el punto de vista del adulto, extravagante. A veces estos niños ponen en cuestión las normas del otro, son inquietos o desafiantes. Reaccionan ante la dependencia que, en un desarrollo vital normal, es lo que los niños son. Dependientes. Pero es muy difícil depender de otro inestable. Da miedo quedar a merced absoluta de un otro que no es capaz de sostenerse a sí mismo. A veces la autosuficiencia que impostan estos niños, la ruptura de las normas, el negarse a obedecer, es la forma que encuentran para mantener su propio yo a pesar del otro. En lugar de un sano “yo solito” pero acompañado de un adulto aparece un impuesto “yo solito” o no habrá yo. La ambivalencia del adulto el niño la interpreta como insoportable. Pueden quedar atrapados por el otro que, en cualquier momento, los puede rechazar.

Puede sonar demasiado tremendista o alarmante. Pero es como interpretamos el comportamiento infantil lo que debería ser visto como tremendo y alarmante.

El niño necesita un adulto que se haga cargo de la situación para desarrollarse de manera sana. Necesita que el adulto sostenga la diferencia entre niño/adulto y necesita que este adulto se comprometa a ayudarlo, que sea confiable, consistente y coherente. Inicialmente de manera absoluta, incondicional, el niño necesita saber que se le quiere solo por ser, por estar. Más tarde se le reconocerá por medio de logros, por lo que se consigue o se espera de él.

Cuando esto no ocurre, cuando nos encontramos con adultos que no han trabajado su propia historia, adultos narcisistas que no han creado un espacio para un otro, su hijo, en su cabeza, es cuando aparecen los problemas.

Y ante esto tenemos varias soluciones. Tenemos la solución más práctica para el adulto adolescente en una sociedad que nos impone y exige el placer inmediato, hacer que el niño quede quieto, destruyendo el síntoma o haciéndolo callar para que no moleste. Tenemos una solución compleja, que implica reconocer al niño como sujeto que puede hablar de lo que le pasa. Interesándonos, como adultos consistentes capaces de sostenerlos, por cuáles son las situaciones angustiosas que les llevan a oponerse. Interesarse por la historia del niño y entender el porqué. Incluir al niño siendo capaces de aceptar que en esta situación tiene que probar la consistencia del otro y que, cuanto más excluidos son, más hostiles se volverán y más intentarán provocar al otro.

Podemos interpretar esto dándole poder al niño, viéndolo con los ojos de adulto o podemos interpretar esto como un grito de atención. Atención necesaria, positiva, dependencia sana. Los niños son capaces de decir cosas terribles solo para estar seguros de que el otro, el adulto sano, sea capaz de sostenerlos en cualquier situación y a pesar de cualquier cosa y, que además, sea capaz de seguir jugando con ellos. Son chicos que nos cuentan de este modo qué les está pasando, es su forma de construir el vínculo con el otro. Podemos acompañarlos en su malestar y enfrentar con ellos su enfado, por otra parte completamente legítimo, o podemos silenciar su grito de ayuda o incluso excluirlos.

Pero claro, para poder hacerlo bien primero tendríamos que relatar nuestra propia historia, como padres, adultos o terapeutas. Nadie puede hacer aquello que no ha hecho propio. No vale hacerlo “como si”. Y esto requiere hacer un trabajo personal complejo y tiempo. No es ya, no es inmediato, no implica necesariamente felicidad instantánea. Y claro, la frustración por la espera es insoportable… Pues yo creo que merece la pena el esfuerzo y sobre todo, creo que habría que intentar seguir jugando con ellos.

domingo, 8 de febrero de 2015

Algunas ideas temáticas.

Unas pinceladas:
Acerca de los trastornos alimentarios, en concreto anorexia nerviosa. 
Algunos comentarios comunes o conceptos asociados: llamar la atención, la moda, estar delgada para “gustar al otro”.
Ocurre que la anorexia es más compleja que niñas (y cada vez más niños) que quieren estar delgados. Resulta que muchos de estos niños luego se hacen adultos y arrastran este síntoma porque, por ahora, la anorexia no se cura. Y no se cura por el enfoque. 
Últimamente no paro de pensar en la forma de enfocar los síntomas actualmente. Se piensa en la anorexia como un trastorno de la alimentación cuando más bien tiene relación con la no alimentación. Con el no comer o, mejor dicho, con el comer nada. Llenarse de nada, de vacío. ¿Por qué? Lo más sencillo y superficial es relacionarlo con el cuerpo. El culto al cuerpo, pero creo que esto se queda corto. Que no digo que no sea una explicación válida porque estoy segura que muchas de esas chicas se lo explican así. Han aprendido a pensar de esa forma. Estoy gorda y no como. Hay chicas que se sienten gordas y hacen ejercicio, hay chicas que se ven gordas y les da igual estarlo, o al menos sus vidas no giran en torno a esto. ¿Qué les pasa a las chicas que dejan de comer porque “se ven gordas”?
Hasta que no entendamos que es una forma de vida, hasta que no encontremos la relación con las emociones de este trastorno, la clara relación con las emociones ¿qué estamos controlando con la comida? ¿Qué es lo que estas chicas pueden controlar y qué las desborda? 
Y digo que es una forma de vida porque tu cabeza se organiza de esta manera. Cualquier problema que percibas con angustia, con sufrimiento, desbordante, va a activar en ti el proceso de no comer… y te darás cuenta en el momento o cuando, semanas después te digan “estás más delgada, ¡qué guapa!” o cuando algo hace click y te miras contando las calorías de los alimentos. Porque no es algo que se cure. Porque es un síntoma de que algo anda mal pero si nunca nos paramos a pensar en lo que hay debajo (y evidentemente ellas solas no pueden hacerlo) no va a resolverse. La anorexia, como la ansiedad, como los tics en los TOC, nos hablan de que algo anda mal. Pero nos centramos en el síntoma, ¿qué le pasa? que no come… 
Esas chicas que se llenan de nada, que prefieren llenarse de vacío, ¿qué les falta? ¿cómo hacen para explicarse el mundo? ¿cómo se relacionan con las otras personas a su alrededor? y, lo más importante, ¿cómo se hablan a sí mismas de todo esto? 
Puede parecer filosofía pero últimamente he estado leyendo a Fromm y quizás ando un poco contaminada de humanismo. Pero no puedo evitar ver una relación entre como estas chicas se relacionan con la alimentación y cómo las personas se relacionan entre ellos. Cómo se nos ha olvidado por completo lo de superar la separatividad para estar completos, o mejor, para estar tranquilos. Como el rechazar la comida está en relación directa con el rechazar el impulso vital, la vida en sí misma. SI no comes no puedes vivir. Pero si no comes estás rechazando algo más, rechazas la imposición del deseo del otro. Rechazas la imposición del deseo de un “grande” que te impone la alimentación… rechazas el deseo del otro sobre el tuyo… y tú controlas, controlas lo que comes o, mejor, lo que no comes, y así controlas lo que vives, lo que sientes. Porque si no necesitas ya no tendrás que perder. Ya no tendrás que sobrevivir en una sociedad que te exige serlo todo y serlo ya y serlo perfecto. 
“Vivimos en una época en la que se vivencia una saturación perpetua y constante del deseo en favor de una plenitud siempre posible. Es como si las normas que rigen en esta sociedad de consumo tiranizasen nuestro ser de vacío, efecto del lenguaje, en favor de ese ser pleno de objetos que pretende, bajo la mascarada de los diversos complementos, venir a calmar lo que por estructura es incolmable.” 
Y como no se calma, y como no es suficiente porque tiene que ser más intenso, pues no deseo, pues no como, pues no crezco...
Y en otra ocasión hablaré de las madres y de la anorexia como “cuerpo no sexualizado”… que hoy Freud ha dejado el diván a Fromm y no estoy de humor. 

Lo que es, es lo que percibimos.

Es curioso como va evolucionando la percepción que uno tiene sobre la vida. Cuando somos niños no tenemos ni idea de nada y esto nos importa un carajo. Necesitamos que nos cuiden y que nos quieran. Simple. Aunque a veces esto falla o tenemos la percepción de que falla, porque no siempre tiene que haber soledad para que te sientas solo, pero lo que importa es como lo vives. Antes tenía la teoría de que los niños con fallas en el desarrollo vital normal se convertían en adultos más sensibles o incluso más lúcidos que los demás. Con el paso del tiempo esto se ha convertido en una evidente tontería pero algo queda. Algo relacionado con la percepción, con el cómo vivimos esto, con la historia que cada uno nos contamos y con la capacidad que desarrollamos para aceptarlo.
Como iba diciendo, lo curioso de la evolución perceptiva, en la adolescencia creemos saberlo todo y tenemos la certeza de que lo que nos pasa a nosotros es lo más importante del universo. La revolución cerebral en la adolescencia podría explicar esto pero no me gustaría ser demasiado biologicista ya que yo hablo de percepción subjetiva. Cada adolescente tiene la certeza de que su historia es la más importante, sus emociones las más grandes y, sobre todo, su interpretación del mundo es la correcta. Y esto pasa tanto para lo bueno como para lo malo. Lo terrible de sentir que la chica que te gusta no te quiere o la culpa atroz porque no sabes si pasar las fiestas con mama o con papa. Son incapaces de ver los grises porque todo es blanco o negro, y te callas porque lo digo yo!
En este momento ya no queremos que nos quieran y nos protejan, o sí pero jamás vamos a confesarlo. En este momento luchamos por poner en orden lo que creemos que deben ser las cosas y lo que luego resultan ser… y ese padre y esa madre que de pequeñitos, si hemos tenido suerte, nos quería y nos cuidaba, ahora solo resultan molestos porque, o nos sobreprotegen sin dejar espacio o nos exigen convertirnos en adultos. ¡Imaginad que hay padres que nos piden respuestas a la pregunta qué quieres ser de mayor! ¡Yo que sé! ¡Pero seguro que no como tú!
Finalmente, si sigues evolucionando (lo cual no es obligatorio, ¿verdad eternos Peter Pan?), te haces adulto y te das cuenta que sigues sin saber nada y que tienes que aprender a vivir con ello. Entonces miras atrás y te das cuenta que ahí siguen, en algunos casos, ese padre y esa madre. Ellos te van a seguir viendo como un niño, ya no te preguntarán qué quieres ser de mayor pero si te juzgarán constantemente por no haber sido eso que ellos creían que deberías haber sido, sin maldad, de manera inconsciente, porque es lo que los padres hacen. Algunos harán el esfuerzo por aceptarte pero siempre sabrán qué teclas tocar para sacarte de quicio y aún si no es así, ya te encargas tú de sentirte así, porque la verdad está detrás de la interpretación que cada uno hace de los hechos. 
Ahora es el momento de mirarlos y pensar qué hicieron y cómo lo hicieron. Y muchas veces no entenderás y muchas veces no podrás aceptarlos, como ellos no te aceptarán a ti. Entonces es cuando tienes que decidir qué tipo de adulto quieres ser, qué tipo de relación quieres mantener con ellos y asumir todas las consecuencias, como adulto, porque ahora, aunque sigas sin saber nada de la vida, sí que tiene que importarte.
Lo que intento decir es que juzgamos y tomamos decisiones dejándonos llevar por inercias que, en el momento, nos parecen verdades inamovibles pero, con el paso del tiempo y el cambio de perspectiva, nos parecerán más o menos estúpidas… que nada es tan importante y que, si te lo parece, estoy segura que hay algo que no has acabado de aceptar. Que si te duele tanto como para no poder enfrentarte a ello es que aún hay un asunto no resuelto, que si no sabes si pasar las fiestas con mama, con papa o con tu nueva mujer/marido, quizás aún te quedan cosas por resolver y que “la vida es tan banal que no se puede vivir como una tragedia” (Lugares Comunes).

What Maisie knew.

Lo que Maisie sabe: “una horrible historia de adulterio narrada a través de los ojos de una niña que no está capacitada para entenderla” (Borges)

Es una película que se estrenó en el 2012 pero ahora está en cines aquí en España... si, ya saben, somos ese país...

En castellano han traducido el título como ¿Qué hacemos con Maisie?. Me parece un error absoluto y además me ha hecho darme cuenta de lo importante que es la forma en la que hagas la pregunta. La traducción convierte a Maisie, una niña, en el objeto de la frase. El actor, el sujeto, es nosotros. En ese nosotros podemos intuir que son los padres de Maisie pero también podemos vernos todos como una generalización de los adultos, los que vemos la película... ¿qué hacemos con esta niña? qué hacemos con los niños?

En cambio en inglés es una afirmación. Rotunda. What Maisie knew.

La película la vemos desde el punto de vista de la niña. Todo el tiempo. Pasan cosas tristes y objetivamente desesperantes e injustas para una niña pequeña. Al menos desde la visión del adulto. Desde la visión del otro lado de la pantalla, desde la óptica del ¿qué hacemos con Maisie?. Pero si intentamos hacer el ejercicio de ver la película como creo que Carroll Cartwright (o Henry James, ya que es la adaptación de una novela) pretendía, si intentamos ver lo que sabe Maisie, nos damos cuenta que, desde el ángulo de la niña, no es tan terrible como parece.

Si, la van llevado como un saco de patatas de un lugar a otro. Nadie tiene tiempo para ella. No es la prioridad de ninguno de los adultos que deberían cuidarla. Es un estorbo, algo que molesta y que no saben qué hacer con ella porque interfiere en sus vidas de adultos... desde el punto de vista de la niña, tiene una mama que la quiere aunque es un poco rara y a veces no se porta bien, tiene un papa que la quiere aunque casi nunca está... y están los otros dos personajes que parecen preocuparse por ella de verdad y le regalan momentos preciosos...

Todo depende del nivel de sufrimiento. Si miramos la película como adultos nos sentimos fatal. Duele y entristece mucho ver cómo tratan a esa niña y resulta casi surrealista que pueda ocurrir historias como esas (que las hay, of course). En cambio para la niña no es tan terrible. Seguramente será algo que, cuando crezca y entienda la dimensión de lo que ocurrió, tenga que tratar en terapia... o no, porque a partir de ese momento su vida va funcionando y eso se convierte en un buen material para escribir, pintar o componer...

Lo que me parece importante señalar aquí es que la mirada de los niños es distinta a los adultos y la mayoría de las veces tendemos a ver con nuestros ojos lo que ellos hacen, dicen o sienten.. y esto no tiene ningún sentido. No funciona. No es realista. Si quieres saber qué siente un niño míralo con los ojos del niño que una vez fuiste. ¿Cómo se hace? Pues es muy difícil porque, inevitablemente, tendemos a mirar nuestra propia infancia con los ojos de un adulto, como si entonces supiésemos lo que sabemos ahora, como si entonces sintiésemos como sentimos ahora... parece una tontería pero, persigue un globo, vuela una cometa o corre como si nadie te estuviese mirando.. hazlo y déjate sentir... esa es la emoción del niño.

Si somos capaces de hacer este ejercicio cuando estemos ante un niño veréis como la conexión es instantánea. El adulto que somos, el super Yo social ha convertido al niño, a Maisie, en un objeto más cuando, quizás, lo que sería interesante es recuperar en algunos momentos la mirada del niño... lo que Maisie sabe.

"Todo el mundo miente..."

...la única variable es sobre qué”. Eso decía el doctor House. Y aunque se trata de una serie de ficción, la afirmación se refleja en la realidad. Todo el mundo miente. Cambian los motivos, cambian los que o los cómo y podemos justificar más o menos algunas de estas mentiras según diferentes variables incluso algunas nos parecen aceptables, compasivas, piadosas. 
La honestidad brutal puede hacer mucho daño, admitámoslo, ya lo decía Sabina, “me pone enferma tanta sinceridad”. Como casi siempre ocurre con el lenguaje y el uso de las palabras al final el problema es de comprensión. No quieres decirle a ese chico que acabas de conocer que no estás enamorada de él pero que quieres intentar una relación a ver qué pasa porque esto, aunque verdad, podría hacerle sentir mal. Y decides no empezar esa relación porque quizás le hagas daño ya que no sabes qué sientes… tomamos decisiones basándonos en medias verdades y nos llevamos las manos a la cabeza cuando los resultados no son los deseados. Al final todo se trata de lo mismo, cuánto estás dispuesto a soportar. Porque lo único verdaderamente importante son las consecuencias de tus actos. Una mentira es verdad hasta que se pilla al mentiroso… y creo, aunque aún no encuentro la relación directa, que tiene que ver con nuestro miedo a la mirada del otro, a la incomprensión y, sobre todo, a nosotros mismos, a ponerle palabras a lo que sentimos de verdad porque pueden hacernos daño y porque podemos hacer daño al otro. 
Y, ¿qué es esto sino miedo?
Últimamente, no se si por coincidencia, por el verano, por atención selectiva o vaya usted a saber, a mi alrededor varias personas están teniendo relaciones o no relaciones cuanto menos complicadas. Me cuentan sus historias en voz o por escrito y yo sintetizo lo que quiero decir en una sola frase: “Lo has hablado con él/ella?” Lo habitual es un rápido ¡Qué dices! ¡Qué va a pensar de mi!... es muy interesante esto. Porque rápidamente nos planteamos qué pensará el otro de mi… y no puedo evitar pensar que en realidad es una proyección de lo que pensamos sobre nosotros mismos. Es evidente que las relaciones entre personas, las relaciones de pareja, son muy complejas ya que existen tantas variables como tipos de personas y combinaciones posibles entre ellos. Así que hacer generalizaciones resulta grosero. Pero...
En mi observación de todas estas historias, de mis propias historias, de relatos de otros seres humanos con las mismas dudas, me he dado cuenta que lo único que no hacemos es mirar hacia nosotros mismos. De manera sana, no como el narcisista. Proyectamos en el otro, en cualquier otro, eso de lo que tenemos miedo y lo vemos reflejado en sus ojos… “se dará cuenta que no quiero tener una relación abierta”, “se dará cuenta que no he tenido otras parejas antes” “pensará que soy idiota” “creerá que soy….” “seguro que prefiere a esa otra chica porque…” 
Obviedad número uno: la mayoría de los pensamientos que atribuimos al “otro” son proyecciones nuestras, analicemos pues.
Obviedad número dos: todo el mundo miente. Si, entonces ¿a qué viene la sorpresa? Ante la mentira habrá que evaluar los daños, habrá que evaluar el motivo, habrá que evaluar el tamaño… pero, ¿evaluar al mentiroso? ¿no lo somos todos? Lo único que importa es la consecuencia y lo único que podemos exigir es la responsabilidad que tiene el que ha mentido de aceptar las consecuencias. Si tu chica te deja porque le engañaste al contarle dónde ibas, jódete… “pero lo hice porque..” da igual, has mentido, ella ha evaluado y ha decidido.. los peros a posteriori son bonitos adornos y palabritas que pueden formar un interesante relato. Nada más.
Obviedad número tres: Las relaciones de pareja son complicadas. Si. Todas. Y culparía a Disney, la educación o las películas porno/romáticas (hay quien dice que son lo mismo y un poco de acuerdo estoy con esa afirmación) pero eso sería una obviedad más. 
Las reglas son claras, primero conócete a ti, después conoce a la otra persona y, sobre todo, si tienes dudas PREGUNTA. No podemos exigir honestidad porque estaríamos obviando la obviedad número dos así que preguntemos, expliquemos cómo nos hacen sentir, expliquemos lo que necesitamos y, si la otra persona no lo entiende, no lo acepta o no lo cree… entonces de nuevo es el momento de evaluar. ¿Quiero esto? ¿Acepto este tipo de relación? ¿por qué?... y una vez pensado, asumir las consecuencias como adultos, no culpando al otro..
Algunos preguntan: ¿Y el amor? A esto solo puedo responder con otra pregunta, ¿de qué amor hablamos? ¿del adolescente que deja de estudiar y comer pensando en esa chica? ¿del adulto con miedo a estar solo? ¿de mariposas en el estómago? ja.. en serio, lo de las mariposas… buf… El amor es una emoción, un sentimiento, como la felicidad o la tristeza. Quieres a una persona o no la quieres pero eso no implica que puedas tener una relación con esa persona… antes de pensar ¿estoy enamorada/o y la otra persona lo está de mí? Creo que el orden debería ser ¿qué es para mi estar enamorado?. ¿Has pensado en qué significa para tí estar enamorado y tener pareja? 
Pero claro, todo esto sería mirar hacia dentro, preguntarse por uno mismo, en definitiva, reflexionar… y es jodidamente difícil. Lo que yo me pregunto es si lo que hacemos de manera automática, culpar al otro, preguntarse ¿por qué no me llama? no es igual de jodido o, incluso más... y, además, ponemos la acción en el otro, yo soy un sujeto pasivo que nada puede hacer más que esperar una señal… en lugar de centrar la pregunta en ¿qué siento, cómo lo siento y qué puedo hacer para resolverlo? 
Y al primero que diga “Claro, lo dices como si fuera fácil”. NO. Es jodidamente complicado. No solo contestar a las preguntas sino hacérselo saber a ese otro con el que quieres compartir tu vida. Solo son reflexiones. Pero me pregunto si quizás es ese miedo el que justifica la dificultad y el seguir con el piloto automático que, por más que miro a mi alrededor, no veo que funcione… todas esas historias de parejas y no parejas que escucho y leo últimamente me hacen ver que tampoco es nada fácil mantener la inercia… pero quien sabe.