Hace días que llevo escuchando y leyendo la expresión "cuando volvamos a la normalidad". Es un enigma difícil de escribir que me parece tiene que ver con la historia que cada uno se cuenta y que se ha visto desgarrada estos días. Eso que antes llamábamos rutina y que nos parecía que era lo que tenía que ser. ¿Saben que cada uno se cuenta una historia de lo que va pasando? Quienes somos, quienes son las otras personas con las que compartimos la vida, que es lo justo y lo injusto… y de repente, algo hace que esa historia se tambalee.
Recuerdo en una conversación donde se definió el trauma como "una ruptura en el tejido simbólico", y me parece que es una buena definición del momento actual. Una ruptura con la que cada uno tiene que hacer desde el confinamiento del cuerpo, enfrentado a uno mismo sin el recurso imaginario de esa "normalidad", radicalmente solo. Un sueño del que no parece que pronto vayamos a despertar, aunque sea para seguir durmiendo.
Cada uno con sus recursos singulares tiene que hacer frente al Real sin poder recurrir a “la normalidad”, a ese orden simbólico con el que se manejaba y tiene que inventar nuevas maneras de hacer, de contarse una historia. Ya sea en modo de aplausos en las ventanas, que nos dan un imaginario colectivo, una identidad de solidaridad, o mediante las herramientas disponibles como acercarse a los otros desde lejos.
Me resulta muy interesante (y un tanto absurdo, he de decir) el recurso de las reuniones virtuales como forma de bordear el agujero que se ha abierto entre los cuerpos llamado "distanciamiento social", y como esa herramienta no acaba de suturar la hiancia. Mirar a los otros a través de pantallas con voces enlatadas es demasiado imaginario para conseguir suplir el contacto con el otro, aunque a algunos les sostiene por ahora. En una conversación hace unos días me explicaban que parecía estar hablando con imágenes en el espejo y que esto producía mucha angustia. Hablar con imágenes en el espejo, lo imaginario hecho lazo social.
Es curioso como en el confinamiento la frontera se ha convertido en litoral, una certeza indeterminada. Los cuerpos aislados tratando de construir una nueva historia, un nuevo relato que supla la “normalidad” para no angustiarse en exceso. Cada uno con sus recursos subjetivos tratando de dar un sentido a la ruptura que nos convierte en un “todos” que confunde. Porque el virus nos puede afectar a todos y por ello tenemos que estar confinados, uno a uno. Es como el lenguaje, nos afecta a todos pero se manifiesta de forma singular en cada uno… no sin su pizca de angustia. La dificultad de asumir que ese afuera ahora es peligroso y por eso tenemos que quedarnos encerrados, ese afuera que ya no tiene barreras sino que incluye a un “todo el mundo”.
Es difícil escribir cuando se ha borrado la “normalidad”. Desde el borde del agujero de lo Real, con el Imaginario desgarrado, se trata de coser un poco de Simbólico para soportar la angustia.
Recuerdo en una conversación donde se definió el trauma como "una ruptura en el tejido simbólico", y me parece que es una buena definición del momento actual. Una ruptura con la que cada uno tiene que hacer desde el confinamiento del cuerpo, enfrentado a uno mismo sin el recurso imaginario de esa "normalidad", radicalmente solo. Un sueño del que no parece que pronto vayamos a despertar, aunque sea para seguir durmiendo.
Cada uno con sus recursos singulares tiene que hacer frente al Real sin poder recurrir a “la normalidad”, a ese orden simbólico con el que se manejaba y tiene que inventar nuevas maneras de hacer, de contarse una historia. Ya sea en modo de aplausos en las ventanas, que nos dan un imaginario colectivo, una identidad de solidaridad, o mediante las herramientas disponibles como acercarse a los otros desde lejos.
Me resulta muy interesante (y un tanto absurdo, he de decir) el recurso de las reuniones virtuales como forma de bordear el agujero que se ha abierto entre los cuerpos llamado "distanciamiento social", y como esa herramienta no acaba de suturar la hiancia. Mirar a los otros a través de pantallas con voces enlatadas es demasiado imaginario para conseguir suplir el contacto con el otro, aunque a algunos les sostiene por ahora. En una conversación hace unos días me explicaban que parecía estar hablando con imágenes en el espejo y que esto producía mucha angustia. Hablar con imágenes en el espejo, lo imaginario hecho lazo social.
Es curioso como en el confinamiento la frontera se ha convertido en litoral, una certeza indeterminada. Los cuerpos aislados tratando de construir una nueva historia, un nuevo relato que supla la “normalidad” para no angustiarse en exceso. Cada uno con sus recursos subjetivos tratando de dar un sentido a la ruptura que nos convierte en un “todos” que confunde. Porque el virus nos puede afectar a todos y por ello tenemos que estar confinados, uno a uno. Es como el lenguaje, nos afecta a todos pero se manifiesta de forma singular en cada uno… no sin su pizca de angustia. La dificultad de asumir que ese afuera ahora es peligroso y por eso tenemos que quedarnos encerrados, ese afuera que ya no tiene barreras sino que incluye a un “todo el mundo”.
Es difícil escribir cuando se ha borrado la “normalidad”. Desde el borde del agujero de lo Real, con el Imaginario desgarrado, se trata de coser un poco de Simbólico para soportar la angustia.
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| El catalejo (1962). Magritte. |



