miércoles, 18 de enero de 2017

Digresión: piezas sueltas.

CAPÍTULO UNO: Carta primera.

Querido Finnegan, 

hoy te vi. Sentado en el intemporal banco del parque escondido. Recuerdo inventar juntos la historia de ese parque que entre arboledas permite un paréntesis en la ciudad húmeda y desgastada. No muchos conocen ese, nuestro, lugar. Seguramente ya no piensas en ello cuando te arrastras cada mañana al banquito y te dejas caer en el asiento. Me dio un pellizco la imagen en el estómago de un viejito sentado “como debe ser”. ¿Recuerdas cuando decías que los bancos del parque estaban construidos para uniformizar el cuerpo sentado? Cambiaron los de tres plazas (o cuatro, si te aprietas bien o si te sientas en el respaldo incluso cinco) por unos individuales donde difícilmente uno puede acomodarse al paisaje imaginario. Pretendían filtrar la ciudad dentro de nuestro parque. Te enfadaste, no porque ahora no pudiéramos compartir el banco con los bártulos que dejaban los chicos que no paraban de corretear tratando de conquistar sus cuerpos, sino porque en este nuevo diseño, decías, era mucho más difícil saltarse la norma de la rectitud y te empuja, si no estás muy atento, a acabar sentado con las piernas y la espalda en ángulo recto, “como debe ser”. Me parece poder verte aún boca abajo, apoyando las piernas en el respaldo individual e invitándome a jugar con el pensamiento del revés: “mire, a veces es necesario ponerlo todo patas arriba y agitarlo un poco, o uno corre el riesgo de quedar estancado y uniforme sin saber muy bien cómo ha ocurrido. Y despertar una mañana sentado en el banco “como debe ser”. ¿Sabe lo angustioso que ha de ser despertar en ángulo recto?”

Ahí estabas como una postal de otro tiempo. Tú, mi Finnegan eterno, con rizos y pecas con las que jugar a unir los puntos, de edad indeterminada, mirada curiosa, despierta e insaciable que me hablaba de usted y me escribía cartas; y ese señor, con menos rizos y unas pecas en las que ya el paso de los años ha unido los puntos con surcos que dejan poco espacio para jugar a ¿qué forma aparece?. No pude ver tu mirada, estabas lejos y no seré yo quien rompa nuestra promesa groseramente acercándome, pero me gusta pensar que aún mantiene esa edad indeterminada y esa curiosidad, quizás ya no tan despierta y algo saciada, hastiada, cansada. Las horas de vida se acumulan en los ojos. Una mañana mirándome al espejo pude verlo en los míos. Necesito pensar que en el fondo de ellos aún queda algo, es una fantasía que elijo mantener. 

Decidí escribirte, querido amigo, cuando se unieron por sorpresa, de esas que suponen un restallar en la vida rutinaria creando una grieta, dos conceptos en los que hacía tiempo no pensaba. Tú, sentado en el banco, y la pregunta rotunda de una marioneta que a veces se sienta a charlar conmigo “¿¡qué quieres decir con esto!?”. 

No sé si sabrás que finalmente me dediqué a escribir. Contar historias. Siempre me dijiste que era mi habilidad. “No se deje engañar, no es inteligente, sabe contar muy bien historias y eso, como usted habrá adivinado, es indispensable para sobrevivir.” ¡Cómo me enfadaba! Yo valoraba la inteligencia como la mayor de las capacidades y tú, una y otra vez, tirabas por tierra mi mentira. Con una sonrisa azul burlona que amaba y odiaba al mismo tiempo. Cuando hacías eso quería darte un puñetazo. Ahora que he crecido y me convertí en un personaje socialmente normativizado, veo que tenías razón, contar historias me ayuda a sobrevivir mucho mejor que la inteligencia. Las marionetas esperan historias, cuentos para explicar cualquier cosa que, con sentido, les proporcione calma a su angustia. Es lo que hago. Y se me da bien. 

Como te decía, una de esas marionetas que en la realidad social se dedica a editar libros, me arrojó la pregunta con dos interrogaciones, al principio y al final, y dos exclamaciones, al principio y al final, antes de las interrogaciones. Así la ví salir de su boca directa a mi oreja, la derecha, porque estaba sentado en ese lado de la mesa. Fue pasando por el pabellón auditivo que la condujo hasta el tímpano y pasó el conducto auditivo interno, vibrando lentamente hasta transformarse en impulsos electroquímicos que el nervio auditivo se encargó de dirigir a la zona de mi cerebro que decodifica el mensaje para que eso dentro de mi que llamo Yo lo entendiese y pudiese dar una respuesta. 

Eso fue lo que sucedió en la realidad social normativizada. Supongo que ese al que llamo Yo encontró una respuesta estándar que contentó a la marioneta editor puesto que la conversación y despedida siguieron bajo las reglas sociales adecuadas. Intercambio amistoso de palabras, algunos cambios en la historia, algunas sugerencias rechazadas amablemente, un cierre con la despedida esperada, apretón de manos y mensajes de un siguiente encuentro “estamos en contacto, gracias”. 

¿Recuerdas como nos reíamos con la expresión “estar en contacto”? Insistías en lanzarme la visión literal y no podía aguantar la risa cuando el otro que soltaba esa frase de despedida se iba y nosotros veíamos la piel de cada uno estirándose hasta el infinito ya que no podían dejar de tocarse, había que mantener al otro “con tacto”. Es una mentira simbólica, Finnegan. Ahora que soy un personaje socialmente normativizado utilizo esas expresiones y palabras estándar, como tienen que ser usadas para que el mensaje llegue al receptor con el mínimo malentendido posible. Y de ahí viene la sorpresa por la que he decidido escribirte, esa pregunta que llegó al cerebro de quien llamo Yo, despertó algo, una Cosa, hacía tiempo dormida y ya no he podido dejar de… no se como explicarte, diría sentirla pero no es la palabra correcta, percibirla, intuirla, cargarla… la Cosa. Esa pregunta tomó, además del habitual que toman las palabras, un camino alternativo hacia un lugar que intuyo se esconde dentro de mi, que hizo que Uno se tambaleara. No eso que llamo Yo que pudo seguir con la charla sino Uno a quien no “sentipensaba” desde que dejamos de encontrarnos, Finnegan. 

Me angustié, querido amigo. Con esa angustia con la que jugábamos en el pasado en aquel parque intemporal que ponía un paréntesis a la ciudad. Y decidí romper nuestra promesa solo a medias. Crear un intersticio de intercambio epistolar. ¿¡Qué quiero decir con eso!? ¿A quién va dirigida esa pregunta? Eso que llamo Yo contestó. Pero ese Uno a quien no “sentipensaba” desde que dejamos de hablar se agitó perezosamente y ya no volvió a cerrar la boca. 

Necesito un paréntesis. Un espacio ajeno a la ecuación llamada Vida, una interrupción del fluir rutinario de los acontecimientos donde me muevo como personaje socialmente normativizado. No puedo cargar con la Cosa despierta sin perder el ritmo de la música en la que fluimos en sociedad formando un Todo y sé que perder el ritmo puede ser terrible en el mundo de las marionetas. Se ha abierto ese paréntesis sin previo aviso, haciendo grande la grieta que abrió esa pregunta, un camino entre paréntesis ha aparecido de manera contingente ante mis ojos. Y necesito un compañero para transitarlo. Un Otro que pueda hacerme de espejo. Solo contigo pude una vez ser Uno. 

No sé dónde o quién eres ahora, querido Finnegan. Le escribo a ese que una vez se sentó en el banco eternas horas a pasear la vida junto a mí. No espero una respuesta. Ni siquiera sé si te acordarás de nuestro escondite o si aún miras en el agujero del árbol del parque. Esta tarde depositaré esta misiva allí. A la espera. Sin más pretensión que dejar una mano en el aire, que quizás puedas tomar, o quizás no. Solo con estas líneas siento que la Cosa que se despertó en Uno ha encontrado un modo de expresión y eso ya me devuelve a un estado “tristeliz” que me permitirá continuar, un ratito más, atravesando con mi atravesado disfraz de personaje socialmente normativizado, esto que otros llaman la vida.

Un eterno abrazo,

S.

domingo, 1 de enero de 2017

Ilusión de Yo.

¿Quién es yo? ¿Qué es? ¿Dónde está? La primacía del Yo y la voluntad asociada a este (como facultad para decidir, ordenar, elegir…) se presenta como un imperativo que me hizo pensar. Especialmente en estas fechas con las “listas de propósitos de año nuevo”. “Si quieres, puedes”, ¿si quiere quién? 

El yo que se presenta como algo robusto, que nos define, a lo que agarrarse, no es más que una ilusión formada a través de identificaciones en las que ese yo no tiene mucho que ver. ¿Lo que el Yo quiere tiene que ver con el deseo? ¿O tiene que ver quizás con el deseo del Otro? ¿O tal vez tiene matices del discurso social? El yo es una identificación a la imagen del espejo, el sujeto se aliena a sí mismo, transformándose en esa imagen, o más bien tratando de hacerlo porque la mayoría de las veces fracasa. Exige una organización de afirmaciones y negaciones, ideales, valores… a la cual está adherido, pegado, enganchado.

Lacan decía del Yo que es una función del desconocimiento. Ese Yo está más cerca de los mecanismos de defensa que construyen una fortificación para defender “lo que debería ser” que en la mayoría de los casos es una respuesta al “¿qué desea mamá?”. El Yo, decía Rimbau, es Otro. 

Apelar a la voluntad del Yo tiende a solidificar los mecanismos de defensa que alejan al sujeto de, al menos, dos cosas: una, su propio deseo y, dos, la posibilidad de hacerse cargo del mismo. En ocasiones, tras esta “falta en la voluntad del Yo” aparece la culpa y el reproche y, un afecto que inhibe, la tristeza. 

Podría decirse que la tristeza permite un resquebrajamiento de un Yo sólido y engañoso. Un resquebrajamiento que suele venir acompañado de dolor. Ante la robustez de la identificación yoica, encontramos una falta de saber que podría producir angustia y el sujeto puede inhibir esta angustia convirtiendo ese “yo no se” en un “yo no digo”. La tristeza (a veces llamada depresión por este imperativo de llamarlo a todo por un trastorno que pueda ser medicalizado) es uno de los recursos empleados por el Yo del sujeto para no afrontar el riesgo que supone su propio deseo. Porque hacerse cargo del propio deseo tiene que ver con hacerse cargo de la propia falta… y esto a veces es muy difícil de “cargar”.

En el caso de la tristeza, algo de la identificación queda afectada. El yo ya no se siente tan completo con esa imagen especular a la que se identificó, algo cae. Sostener este algo que cae permitiría abrir un lugar para el deseo, lo que no es tan sencillo y, a veces, el yo elige replegarse sobre sí mismo en un intento narcisista de mantener lo que el Yo ha perdido en relació a su identificación al Otro. Para evitar la pérdida, el sujeto queda atrapado en el lugar de Objeto, un esfuerzo por satisfacer a un Otro que nunca formuló un deseo. 

Lacan decía de la tristeza que es una cobardía moral. Un alejamiento de la ética del bien decir, de la estructura del sujeto. Dejar de lado el propio deseo y quedar anulado, a un lado. Lugar que el Superyó aprovecha para tiranizar al pobre yo ya empobrecido. Hasta el extremo del fracaso. El yo se torna en fracasado, destinado a un goce que cree merecer, determinado a la culpa. Lo que ocurre a ese Yo se lee como lo que merece, un torturoso odio sobre sí mismo. En lugar de hacerse cargo de la propia falta, se identifica al Objeto perdido manteniendo así ese lugar de objeto que le permite seguir siendo ese desecho, enganchado a un otro que no deja caer, adherido a un lugar que pudo ser pero no fue, que finalmente puede acabar con ese Yo. 

¿Y qué hacer ante esto? Lo opuesto a la cobardía moral tiene que ver con la valentía de hacerse cargo del propio deseo de uno. Alejarse de la determinación de ese “todo me pasa a mí” y “no puedo hacer nada” para dar paso a un decir que abrirá la posibilidad al sujeto de deseo. Hablar, poner palabras, por ejemplo ante un analista que puede acompañar al sujeto a sostener su tartamudeo “fragmentado es como lleva la palabra, entero como sirve para no escucharla” (Lacan) ese yo del desconocimiento. Ser honesto con los propios dichos y dejar caer la inercia del ser hablado por un Otro que no cesará de aplastar al sujeto. Tiempo terapéutico y, como decía Odín Dupeyron, “muchos huevos para ir a terapia”.