Como sujetos, nos movemos en un incesante imaginario de tratar de saciar el deseo del otro. Desde niños es cómo te vinculas al otro en primera instancia. La pregunta eterna ¿qué desea mamá? será algo que cada cual resolverá según la posición que adopte como sujeto, primeramente será una inercia, y luego vas vagando por el mundo tratando de buscar en la mirada del otro algo que te reconozca. Para que te mire desde donde tú crees estar y para cumplir la profecía. Una niña a la que abandonaron afectivamente de pequeña, o que así lo vivió ella, podría tender a repetir ese abandono en futuras relaciones. Y la culpa o la causa, según en qué punto esté, la encontrará en el otro. Siempre me abandonan. Qué malo es el otro. Siempre me veo en relaciones en las que me maltratan. La pregunta que concierne al sujeto y que le permitiría hacer algún movimiento tendría que tender a mirar qué posición adopta en la relación para que siempre sea así. Pero esto es muy difícil.
Miramos al otro sin entender que lo que el otro ve no es lo que uno cree que ve. Y la historia se la cuenta cada cual. Confirmar nuestro cuento es una tendencia que nos lleva a la indefensión. Es curioso como muchos terapeutas, que se posicionan en el lugar del amo del saber, tienden a esta postura. Se colocan en el lugar del que sabe lo que es lo mejor para el otro sin tener en cuenta que nadie mejor que el sujeto sabe qué es lo mejor para él. Y a veces es difícil de entender que a algunos esa repetición ya les va bien, aunque implique sufrimiento, porque no se dan cuenta, porque no están en ese tiempo terapéutico, o porque no lo han analizado lo cual llevaría a una cierta aceptación y, en el mejor de los casos, a una sublimación que disminuya la angustia o el sufrimiento. Colegas que tratan de mejorar la vida de sus pacientes porque ellos no saben qué hacer, y que responden a una demanda sin tener en cuenta que esta no será jamás tapada.
Me inclino a pensar que tiene que ver con la no aceptación de su propia falta. Tratan de tapar el agujero en el otro lo que lleva a la falsa creencia de que su agujero puede ser tapado. Nunca subestimes el poder de la negación. Y es muy fácil situar en el otro lo que no va bien sin pararte a pensar que cada una de tus elecciones te posiciona de una manera que el yo ha elegido y que, a veces, conduce a una repetición incesante que frustra. A veces esto va de la mano de la frustración: “no entiendo porqué el otro no hace lo que yo entiendo que tendría que hacer”. Esto hace tambalear el sistema de creencias de uno y es más sencillo colocarlo en el otro. Más sencillo a priori, pero más pesado a largo plazo ya que te posiciona en un lugar en el que no tienes nada que hacer. Estás a merced de un control ilusorio. Haciendo como que no ves el caos “lalalala, i can´t hear you”. Una posición muy infantil que borra la posibilidad de movimiento del sujeto. La responsabilidad, la capacidad de responder. Qué desea mamá borra la posibilidad de preguntar qué desea uno.
A veces tratamos de dar respuesta a la persona que se sienta enfrente nuestra como si tuviésemos alguna. Hay orientaciones psicológicas que sitúan el saber de su lado, la posición de amo que aumenta el ego del terapeuta y que lo convierten en un refuerzo al superyó del paciente. Si no lo hace bien es porque no sigue las instrucciones. ¿No podría ser, quizás, que esté tratando de responder a una demanda superficial? Quizás lo que realmente necesite en ese momento ese sujeto sea un no lo sé por parte del terapeuta, un silencio, una humildad y valentía que requiere el poder decir que el saber sobre cada una de las historias el único que puede tenerlo, es ese sujeto, con su historia. Y veo muchos terapeutas que se enfadan por esto. Y que juzgan a colegas que no trabajan como ellos.
Lo bonito de la ética del psicoanálisis, desde mi punto de vista, es que te permite posicionarte como un sujeto supuesto saber, un espejo, alguien que no tiene las respuestas porque sabe que no vienen de su yo con su historia sino que las respuestas están del lado del analizante. El saber lo trae el que se sienta enfrente y no se autoriza uno a colmar la demanda del otro porque esto sería falsear la verdad. La verdad subjetiva de cada uno. Uno por uno.
Una de las razones por las cuales no tiene sentido poner una etiqueta de trastorno mental en psicoanálisis es esta. Meter en un cajón de sastre estadístico al sujeto que tienes enfrente, teniendo en cuenta unas variables que no son más que estándares colmados de sentido, no tiene ningún sentido. Lo único que puedes hacer es hacerte cargo de tu acto, por lo que sí puedes responder. Por eso el psicoanálisis no puede mirarse desde la perspectiva del negocio. Por eso un analista necesita un cierto número de sesiones para saber si el sujeto que tiene enfrente puede ser analizado o no. Y esta decisión, este acto, es del analista tanto como del sujeto. Ambos responden por él.
Hay muchas orientaciones posibles para hacer terapia. Si no vas a hacerte cargo de tu historia como sujeto del deseo, si no te apetece, por lo que sea, entender que la posición que ocupas y lo que te sucede tiene más que ver con lo que el sujeto elige que con lo que el supuesto otro hace, entonces no vayas a análisis. Y no busques un psicoanalista. Hay otros terapeutas que podrán atenderte, que te darán instrucciones, una verdad y algo que, es posible (aunque me temo que a largo plazo no suele ser muy efectivo) que produzca un cambio en ti, una mutación del síntoma que traías, una forma de ser más “normal”... pero para eso no vas a un analista. Para eso no busques un analista.