viernes, 23 de septiembre de 2016

Adolescencias e inhibición.

He escrito un texto y lo han publicado aquí:

"“Quería tan sólo intentar vivir
aquello que brotaba espontáneamente de mí
¿Por qué había de serme tan difícil?”
Demian: Historia de la juventud de Emil Sinclair. H.Hesse.
Con esta cita literaria, Nazareth Martin abre la cuestión de la inhibición en las adolescencias y nos plantea el porque leerlo como una falsa salida. Os invitamos a leerlo!!
http://tactebarcelona.com/las-adolescencias-y-la-inhibicion/ "

jueves, 25 de agosto de 2016

Cuando un psicólogo trata de colmar la demanda.

Como sujetos, nos movemos en un incesante imaginario de tratar de saciar el deseo del otro. Desde niños es cómo te vinculas al otro en primera instancia. La pregunta eterna ¿qué desea mamá? será algo que cada cual resolverá según la posición que adopte como sujeto, primeramente será una inercia, y luego vas vagando por el mundo tratando de buscar en la mirada del otro algo que te reconozca. Para que te mire desde donde tú crees estar y para cumplir la profecía. Una niña a la que abandonaron afectivamente de pequeña, o que así lo vivió ella, podría tender a repetir ese abandono en futuras relaciones. Y la culpa o la causa, según en qué punto esté, la encontrará en el otro. Siempre me abandonan. Qué malo es el otro. Siempre me veo en relaciones en las que me maltratan. La pregunta que concierne al sujeto y que le permitiría hacer algún movimiento tendría que tender a mirar qué posición adopta en la relación para que siempre sea así. Pero esto es muy difícil.

Miramos al otro sin entender que lo que el otro ve no es lo que uno cree que ve. Y la historia se la cuenta cada cual. Confirmar nuestro cuento es una tendencia que nos lleva a la indefensión. Es curioso como muchos terapeutas, que se posicionan en el lugar del amo del saber, tienden a esta postura. Se colocan en el lugar del que sabe lo que es lo mejor para el otro sin tener en cuenta que nadie mejor que el sujeto sabe qué es lo mejor para él. Y a veces es difícil de entender que a algunos esa repetición ya les va bien, aunque implique sufrimiento, porque no se dan cuenta, porque no están en ese tiempo terapéutico, o porque no lo han analizado lo cual llevaría a una cierta aceptación y, en el mejor de los casos, a una sublimación que disminuya la angustia o el sufrimiento. Colegas que tratan de mejorar la vida de sus pacientes porque ellos no saben qué hacer, y que responden a una demanda sin tener en cuenta que esta no será jamás tapada.

Me inclino a pensar que tiene que ver con la no aceptación de su propia falta. Tratan de tapar el agujero en el otro lo que lleva a la falsa creencia de que su agujero puede ser tapado. Nunca subestimes el poder de la negación. Y es muy fácil situar en el otro lo que no va bien sin pararte a pensar que cada una de tus elecciones te posiciona de una manera que el yo ha elegido y que, a veces, conduce a una repetición incesante que frustra. A veces esto va de la mano de la frustración: “no entiendo porqué el otro no hace lo que yo entiendo que tendría que hacer”. Esto hace tambalear el sistema de creencias de uno y es más sencillo colocarlo en el otro. Más sencillo a priori, pero más pesado a largo plazo ya que te posiciona en un lugar en el que no tienes nada que hacer. Estás a merced de un control ilusorio. Haciendo como que no ves el caos “lalalala, i can´t hear you”. Una posición muy infantil que borra la posibilidad de movimiento del sujeto. La responsabilidad, la capacidad de responder. Qué desea mamá borra la posibilidad de preguntar qué desea uno.

A veces tratamos de dar respuesta a la persona que se sienta enfrente nuestra como si tuviésemos alguna. Hay orientaciones psicológicas que sitúan el saber de su lado, la posición de amo que aumenta el ego del terapeuta y que lo convierten en un refuerzo al superyó del paciente. Si no lo hace bien es porque no sigue las instrucciones. ¿No podría ser, quizás, que esté tratando de responder a una demanda superficial? Quizás lo que realmente necesite en ese momento ese sujeto sea un no lo sé por parte del terapeuta, un silencio, una humildad y valentía que requiere el poder decir que el saber sobre cada una de las historias el único que puede tenerlo, es ese sujeto, con su historia. Y veo muchos terapeutas que se enfadan por esto. Y que juzgan a colegas que no trabajan como ellos.

Lo bonito de la ética del psicoanálisis, desde mi punto de vista, es que te permite posicionarte como un sujeto supuesto saber, un espejo, alguien que no tiene las respuestas porque sabe que no vienen de su yo con su historia sino que las respuestas están del lado del analizante. El saber lo trae el que se sienta enfrente y no se autoriza uno a colmar la demanda del otro porque esto sería falsear la verdad. La verdad subjetiva de cada uno. Uno por uno.

Una de las razones por las cuales no tiene sentido poner una etiqueta de trastorno mental en psicoanálisis es esta. Meter en un cajón de sastre estadístico al sujeto que tienes enfrente, teniendo en cuenta unas variables que no son más que estándares colmados de sentido, no tiene ningún sentido. Lo único que puedes hacer es hacerte cargo de tu acto, por lo que sí puedes responder. Por eso el psicoanálisis no puede mirarse desde la perspectiva del negocio. Por eso un analista necesita un cierto número de sesiones para saber si el sujeto que tiene enfrente puede ser analizado o no. Y esta decisión, este acto, es del analista tanto como del sujeto. Ambos responden por él.

Hay muchas orientaciones posibles para hacer terapia. Si no vas a hacerte cargo de tu historia como sujeto del deseo, si no te apetece, por lo que sea, entender que la posición que ocupas y lo que te sucede tiene más que ver con lo que el sujeto elige que con lo que el supuesto otro hace, entonces no vayas a análisis. Y no busques un psicoanalista. Hay otros terapeutas que podrán atenderte, que te darán instrucciones, una verdad y algo que, es posible (aunque me temo que a largo plazo no suele ser muy efectivo) que produzca un cambio en ti, una mutación del síntoma que traías, una forma de ser más “normal”... pero para eso no vas a un analista. Para eso no busques un analista.

sábado, 6 de agosto de 2016

Somos causa de lo que nos pasa.

¿Cómo lees lo que sucede? Es fácil caer en la trampa de poner el punto de fijeza fuera. La vida es dura, el otro es tal o cual, siempre me pasan estas cosas, tengo mala suerte. Quejas que explican lo que pasa como un cuento, borrándose uno de lo que cuenta “soy rebelde porque el mundo me ha hecho así” cantaba Jeanette. Como si fuese imposible moverse de ese lugar, colocándose como objeto del otro, sin posibilidad de movimiento, ¿qué esconde este funcionamiento?, ¿por qué colocarse en posición de objeto sin responsabilidad?.

La mirada y la posición cambia cuando en lugar de fijar hacia fuera, uno mira hacia dentro y se hace cargo. Lo difícil es hacerse sujeto responsable, responsable porque se responde por aquello que pasa, siendo consecuente. En lugar de decir tal o cual persona me recuerda a tal o cual otro por algo que ha hecho o dicho (lo que, en la mayoría de las ocasiones es tomar el todo por la parte) lo consecuente es preguntarse que significa eso para uno. ¿Por qué esa chica me enfada tanto cuando hace eso? ¿Cómo estás interpretando tú, como sujeto único con una historia y una estructura mental, eso que esa chica hace?.

Seguramente lo que hace no tenga nada que ver contigo, pero vas a creer que sí porque cada uno es el uno de su historia. Y, probablemente, esa queja dirigida a esa persona ahora, tenga más que ver con una queja que no pudo ser dicha antes. Lo que en un análisis descubres. El malestar actual tiene mucho que ver con un fantasma que se alimenta de vivencias actuales, envolviéndolas con el mismo velo significante de aquello que pasó y no fue dicho, “lo que no cesa de no inscribirse”. Y esto tiene más que ver con Uno que con el Otro.

Hacerse cargo de su síntoma, de su sí mismo. Darse cuenta, estar concernido respecto su padecimiento y no apuntar hacia el otro, el mundo y demás. Puede resultar pesado, o quizás más leve porque si puedes responder, es cierto que tienes más que ver con lo que te pasa, igual de cierto que entonces podrás hacer alguna cosa más allá del sufrimiento.

Detrás de los reproches a otras personas dirigidos, suelen esconderse autorreproches. Ser consecuente con esto lleva tiempo, un tiempo subjetivo para cada uno, porque no es fácil. Y hay que tener cuidado ya que el Superyó está al acecho y fácilmente podría hacer de esto un mandato que aplastase el deseo “¡gozad malditos!” (me gustaba mucho el ejemplo de la dieta: “cuando el Yo hace dieta, el Superyó engorda”, a esto me refiero con la advertencia a no perder de vista). Traducir esto a culpa y lástima por uno mismo sería una forma de alimentar a ese Superyó. Tratar de hacerse cargo sería una forma que el sujeto de deseo podría sostener, si está en ese tiempo.

¿Buscamos un punto medio? No, no es tan fácil, algún día escribiré una entrada sobre la mentira de Aristóteles. Más que la homeostasis, la idea es hacerse cargo de su queja y de como explica su propia historia. En palabras del psicoanalista E. Berenguer, “allí donde él se queja de un destino injusto, lo que hay son las consecuencias de sus propias elecciones”.



lunes, 25 de julio de 2016

Lo inevitable: mal entender y mal decir.

Los malos entendidos del lenguaje. Me resulta complicado explicar esto porque no se me ocurre ningún bien entendido. Supongo que es eso a lo que Lacan llama “el bien decir”, pero aún no he llegado a esa parte.


Intentamos convivir con Otros. Más bien estamos condenados a vivir con Otros ya que somos sujetos sociales. Desde que nacemos tenemos que Pedir por nuestra supervivencia, el trauma del nacimiento tiene relación con la necesidad de pedir, antes eso no existía, pero esta es otra historia. Para Pedir necesitamos un código, algo que el otro pueda recibir para poder dar. Y aquí entra el lío, el embrollo.


Porque eso del Emisor, Mensaje, Código y Receptor es una mentira. Primero, el emisor, llamémosle Uno, tiene algo que pedir (piénsenlo, cualquier tipo de palabra hacia el otro se articula a través de una petición, siempre estamos pidiendo). Pues eso, Uno desea algo, este deseo está movido por una pulsión (que no necesidad, sería todo tan sencillo si nos fuera suficiente con la necesidad). Esta pulsión que mueve a Uno a pedir está relacionada con un Otro (en general quien hizo de función materna, el lenguaje que nos habla, que viene de fuera, que explica porqué llora el bebé) y tiene que ver con el deseo del Otro.


El ejemplo del bebé explica esto muy bien. Un bebé llega al mundo real sin tener ni idea de que está pasando. Llora, porque necesita algo. La mamá le pone un significante a ese algo “tiene hambre”. Hambre es el significante. El significado relacionado con Hambre es indecible. Para cada uno resonará de manera diferente. Si mamá le da de comer al instante o espera, si le da el pecho o el biberón, si es papá el que atiende al bebé… da igual. Esto no puede saberse a priori. Lo que si sabemos es que el significante Hambre irá ligado al deseo del Otro y hará resonar algo distinto en cada uno.


Lo que creemos decir viene de fuera. Y si esto no es suficiente para complicar las cosas, vamos a pensar ahora en el mensaje y en el código. Uno dice a Otro algo. Y esperamos que ese otro entienda lo que dice cuando ni siquiera uno sabe muy bien que dice. Cuando a veces cuesta poner en orden lo que quieres decir y cómo quieres decirlo.


Toda comunicación es un malentendido. Siguiendo a M. Asensi, una necesidad que pide, que se ve obligada a pasar por el código. Uno pide algo que el cuerpo necesita, que el sujeto desea, mediado por el deseo del otro y está obligado a pasar por un código que viene de fuera y que, además, no será entendido. Cuando la necesidad se encuentra con el código, éste no es capaz de absorber toda la necesidad, hay algo que queda fuera, que no puede ser dicho, que cae. Eso que cae se relaciona con el inconsciente y, sobre todo, con la angustia. Para ser sujeto hay que desear el deseo del otro, para así ser reconocido, mediante el lenguaje. Pero, como hemos dicho, este lenguaje no es capaz de decir todo, este lenguaje divide al sujeto y produce una In-conciencia de sí. Y claro, esto genera malentendidos y mucha angustia. (continuará…).

jueves, 30 de junio de 2016

Una praxis para sentirse mejor. Y punto. El buen encuentro con el Otro.

El psicoanálisis es una praxis para sentirse mejor. Y punto. (Lacan dixit). Y desde esta orientación se tiene en cuenta el deseo del Sujeto. Que a veces no coincide con el Yo o con el deseo del terapeuta, claro, porque el sujeto humano no nace preprogramado, no va en serie aunque el discurso del amo así lo quiera. El psicoanalista se mueve por una ética que pone en juego el buen encuentro con el Otro, la transferencia, y el deseo singular de cada uno. Uno por Uno. No apunta a una verdad universal, sino singular. Por ello queda fuera del negocio (que curiosamente, niega el ocio). Sí, el psicoanalista acepta un pago, porque no puede ser olvidado el contexto en el que se realiza la terapia. Pero eso queda fuera del juego, fuera del despacho. El analista no se sienta en el sillón tras un negocio, eso es otra cosa. Exponer al sujeto al deseo del terapeuta y sepultarlo detrás de éste, creando una demanda eterna, paternalista, un saber autorizado a través del autoritarismo, porque lo digo yo y punto, crea dependencia. El sujeto pende del terapeuta que infla su ego y cree tener el Saber de su lado.

Cuando ese encuentro se hace mediado por el Poder, por un Saber que uno tiene y trata de introducir en el otro como un mal profesor enseñaría a un alumno, entonces no es análisis… es otra cosa. Hay muchos canallas, que hacen del saber un poder, que se sientan en el sillón del terapeuta y dicen de su praxis que, bajo el nombre de la ciencia, “ayudan” al ser humano que tienen delante. Luego tratas de que te definan qué es eso de “ser humano” de lo que hablan y cuesta encontrar algo. Para mi la terapia no puede ser nunca sugestión, manipulación o imposición de saber. Me sorprenden esos que se sientan delante de un Otro y creen saber como han de dirigir su vida. Cómo se pueden sentir mejor, como pueden ser mejor. “Yo l-os curo”, un mensaje muy oscuro y muy de cura. Es sorprendente que estos mismos digan del psicoanálisis que es una secta o algo antiguo, pasado de moda, que ya no sirve. ¿Al ser-vicio de qué están estas orientaciones? ¿Al ser-vicio de quien?.

El análisis va de otra cosa. El analista no sabe y trata de acompañar al sujeto a través de su propia historia, trabajando juntos con las palabras del analizante. Cada vez de una manera que la singularidad traiga, movido por el deseo del analizante, y no del analista. Tiene relación con el síntoma, pero no con su sustitución por otro sintoma, algo más adaptativo (¿para quién?) que algunos terapeutas traen bajo el brazo en forma de entrena-miento, sino respetando lo que ese síntoma dice de ese sujeto, de su deseo. El encuentro con el analista tiene que ver con la transferencia y con el trato acerca del sufrimiento, haciendo pasar de la impotencia a la contingencia y al imposible. Da un lugar a la palabra del sujeto, a su palabra, y no trata de moldearla a la imagen y semejanza del terapeuta que todo lo sabe, sino que le permite ese espacio para que sea el analizante el que descubra que hay… y que no hay.

El analista se analiza, porque entiende que su angustia y su verdad no le permitiría posicionarse como semblante. Algunos terapeutas piensan que esto no es necesario, no es para ellos. El analista practica una praxis subjetiva, regida por una ética, por lo que el análisis no tiene cabida dentro de un dispositivo objetivamente, con pretensiones científicas. Se trata del sujeto, Uno por Uno, y su relación con el Otro, con el objeto y con el deseo. La ética del analista apunta al deseo del sujeto, singular. No es un manual, porque el sujeto no viene programado y porque el saber lo trae cada uno, no viene dado en un manual ni lo tiene el terapeuta.

En palabras de la psicoanalista, Tomasa de San Miguel: “Ni tan importante, ni tan mucho ni tan poco. Es como algo que alivia un poco el sufrimiento, acompaña lo incurable, cura lo que se puede curar y nos da una posición diferente respecto de nuestro propio deseo. Cosas chiquitas que en la vida de un sujeto son muy importantes”.

domingo, 24 de abril de 2016

El cuerpo adolescente: ¿qué hacen y qué hacemos?


Hace unos días estuve en la presentación del libro “Bullying: una falsa salida para los adolescentes” (Ned ediciones). Como el título nos indica, la posición desde la que estos autores han escuchado el fenómeno del bullying es entendiéndolo como una falsa salida que el adolescente toma para hacer algo con su cuerpo. El nudo que embrolla este fenómeno es el cuerpo, la pregunta ¿qué hacer con el cuerpo?. La subjetividad, el proceso de hacerse sujeto haciendo algo con el cuerpo que, en la adolescencia, se presenta como algo extraño. Frente a ese extraño cuerpo que genera angustia, hay que hacer algo. Por ejemplo, manipular el cuerpo del Otro para poner a salvo el suyo propio, una “falsa salida”.

Ese cuerpo se aleja de la seguridad, la certeza y el cuidado infantil. Los padres dejan de ser los adultos infalibles que poseen el saber y, sin comprenderse ni comprenderlos, los adolescentes tornan la mirada hacia fuera, hacia un mundo que se despierta para ellos y con el que han de relacionarse a través de ese cuerpo desconocido que parece ir por su cuenta. El cuerpo cambia, las formas de relacionarse con los iguales cambian, la sexualidad ocupa un lugar cada vez más importante y las pulsiones ya no tienen unos límites tan claramente marcados por esos adultos ideales que recortan al niño diciéndole cómo y hasta dónde debe gozar.

El salto de la seguridad y cuidado infantil hacia la incertidumbre adolescente, en la actualidad, se da en un escenario donde parece que el tiempo para comprender se ha borrado. En un mundo de la inmediatez, donde tiene que ser todo y serlo ya, de la sobreinformación instantánea que trata de llenar un vacío, tapar una falta que produce angustia, hasta que aparezca el siguiente objeto que entonces será ESE el que tape el vacío... ¿Desde dónde miran los adultos esa sociedad en la que el adolescente tiene que encontrar qué hacer con su cuerpo? y, ¿hacia dónde puede mirar el adolescente?

Una de las ideas que aparece en el libro, hablando del bullying, es que esta escena se da para el Otro. Hay un Otro, o no lo hay. Los adultos miran sin ver esta falsa salida. Se encuentran perdidos y en ocasiones frustrados. Un lugar especial para tratar de leer algo más en el bullying es la escuela. Escenario donde se juntan los chicos, lugar de invención para una cultura adolescente que en ocasiones los adultos miran perplejos.

En las escuelas no hay espacio para la palabra. Mientras se sigue debatiendo si la escuela o los padres son los que tienen que educar y/o enseñar, los adolescentes construyen como pueden una forma de lidiar con sus cuerpos. Ocurre que las invenciones propias del sujeto a veces se ven fagocitadas, aplastadas por la cultura adolescente que el discurso del amo ha sabido incorporar, construyendo pseudo-subjetividades, consumidores prefabricados. Productos preparados para consumir(se).

¿Qué se hace con la frustración del adulto, en este caso maestro, que se ve sobrepasado, perdido, sin tener muy claro qué hacer con el adolescente? Actualmente el castigo físico no está permitido. El adulto tiene que encontrar una mejor forma de tratar con esa angustia que le crea el adolescente y sus desafíos. En las escuelas se inventan diferentes maneras, una por cada sujeto y para cada sujeto, pero nos encontramos curiosamente con falsas salidas que han sustituido al castigo físico de manera repetida.

La humillación del adulto hacia el niño/adolescente, el uso de los afectos como moneda de cambio, “si no apruebas, si no eres bueno y te portas bien”, no solo no te querré sino que, de manera inconsciente la mayoría de las veces, serás humillado. Podemos ver la relación, entre esta falsa salida a la frustración del adulto, con el bullying. La humillación del otro para hacer algo con su cuerpo cuando no sabes muy bien qué hacer con el tuyo propio. Esta es la menos mala de las falsas salidas. La expulsión de la escuela, segrega y desecha los sujetos que no saben “adaptarse” al sistema. El fracaso escolar, los chicos que no encuentran su lugar, escuelas que hacen desaparecer el deseo y luego se vuelven contra el sujeto que se rebela contra esto… y finalmente la medicalización. El aumento de niños medicados en la escuela que silencia mediante la química cualquier invención propia.

¿Cual sería una buena salida? Uno podría pensar un lugar donde, mediante la palabra, el sujeto adolescente pueda, siguiendo su deseo, encontrar su invención propia para hacer con su cuerpo. Un adulto que sostenga las invenciones del sujeto, que pueda sostener su palabra partiendo de una posición limpia para los chicos, que no se angustie. Sin mirarlos desde una autoridad en relación con el poder, que acaba ocupando el lugar de la acción en vez de posibilitar, sino de una autoridad que viene del otro, que permite aumentar el potencial, la responsabilidad, como capacidad de responder por uno mismo. Un adulto capaz de encarnar el lugar del no saber para dar lugar al saber de cada uno de los chicos, uno por uno. Un adulto que sostenga el tiempo para comprender sin forzar el momento de concluir. Dar la oportunidad, con una mirada diferente, de no dar por hechas algunas cosas tratando de inventar e invitar a nuevas invenciones.

Se hace necesario el trabajo de varios al encontrarnos ante algo complejo, con vínculos que interpelan a diferentes agentes. Y además, hay que tener en cuenta el momento en el cual se presenta, una “modernidad líquida” en la que tienen lugar transformaciones en la familia y en la sociedad que aumentan la vulnerabilidad, la incertidumbre y los límites aparecen difusos.

La ética del psicoanálisis nos permite posicionarnos mediante una escucha particular ante este fenómeno. Podemos leer en la escena lo que cada sujeto trata de decirnos, desde una posición de comprensión en lugar de culpabilización o castigo. Esto nos permite situarnos en un lugar en el cual el agresor puede encontrar una invención propia que sea menos “falsa” ante el imperativo del cuerpo, la víctima una posibilidad de responder ante eso de su propio fantasma que lo silencia y, al ver la escena completa, hacer aparecer al otro adulto, para el que la escena es ejecutada, como un otro capaz de sostener sin angustiarse, un impasse del desarrollo propio de la adolescencia.