Hace unos días estuve en la presentación del libro “
Bullying: una falsa salida para los adolescentes” (Ned ediciones). Como el título nos indica, la posición desde la que estos autores han escuchado el fenómeno del bullying es entendiéndolo como una falsa salida que el adolescente toma para hacer algo con su cuerpo. El nudo que embrolla este fenómeno es el cuerpo, la pregunta ¿qué hacer con el cuerpo?. La subjetividad, el proceso de hacerse sujeto haciendo algo con el cuerpo que, en la adolescencia, se presenta como algo extraño. Frente a ese extraño cuerpo que genera angustia, hay que hacer algo. Por ejemplo, manipular el cuerpo del Otro para poner a salvo el suyo propio, una “falsa salida”.
Ese cuerpo se aleja de la seguridad, la certeza y el cuidado infantil. Los padres dejan de ser los adultos infalibles que poseen el saber y, sin comprenderse ni comprenderlos, los adolescentes tornan la mirada hacia fuera, hacia un mundo que se despierta para ellos y con el que han de relacionarse a través de ese cuerpo desconocido que parece ir por su cuenta. El cuerpo cambia, las formas de relacionarse con los iguales cambian, la sexualidad ocupa un lugar cada vez más importante y las pulsiones ya no tienen unos límites tan claramente marcados por esos adultos ideales que recortan al niño diciéndole cómo y hasta dónde debe gozar.
El salto de la seguridad y cuidado infantil hacia la incertidumbre adolescente, en la actualidad, se da en un escenario donde parece que el tiempo para comprender se ha borrado. En un mundo de la inmediatez, donde tiene que ser todo y serlo ya, de la sobreinformación instantánea que trata de llenar un vacío, tapar una falta que produce angustia, hasta que aparezca el siguiente objeto que entonces será ESE el que tape el vacío... ¿Desde dónde miran los adultos esa sociedad en la que el adolescente tiene que encontrar qué hacer con su cuerpo? y, ¿hacia dónde puede mirar el adolescente?
Una de las ideas que aparece en el libro, hablando del bullying, es que esta escena se da para el Otro. Hay un Otro, o no lo hay. Los adultos miran sin ver esta falsa salida. Se encuentran perdidos y en ocasiones frustrados. Un lugar especial para tratar de leer algo más en el bullying es la escuela. Escenario donde se juntan los chicos, lugar de invención para una cultura adolescente que en ocasiones los adultos miran perplejos.
En las escuelas no hay espacio para la palabra. Mientras se sigue debatiendo si la escuela o los padres son los que tienen que educar y/o enseñar, los adolescentes construyen como pueden una forma de lidiar con sus cuerpos. Ocurre que las invenciones propias del sujeto a veces se ven fagocitadas, aplastadas por la cultura adolescente que el discurso del amo ha sabido incorporar, construyendo pseudo-subjetividades, consumidores prefabricados. Productos preparados para consumir(se).
¿Qué se hace con la frustración del adulto, en este caso maestro, que se ve sobrepasado, perdido, sin tener muy claro qué hacer con el adolescente? Actualmente el castigo físico no está permitido. El adulto tiene que encontrar una mejor forma de tratar con esa angustia que le crea el adolescente y sus desafíos. En las escuelas se inventan diferentes maneras, una por cada sujeto y para cada sujeto, pero nos encontramos curiosamente con falsas salidas que han sustituido al castigo físico de manera repetida.
La humillación del adulto hacia el niño/adolescente, el uso de los afectos como moneda de cambio, “si no apruebas, si no eres bueno y te portas bien”, no solo no te querré sino que, de manera inconsciente la mayoría de las veces, serás humillado. Podemos ver la relación, entre esta falsa salida a la frustración del adulto, con el bullying. La humillación del otro para hacer algo con su cuerpo cuando no sabes muy bien qué hacer con el tuyo propio. Esta es la menos mala de las falsas salidas. La expulsión de la escuela, segrega y desecha los sujetos que no saben “adaptarse” al sistema. El fracaso escolar, los chicos que no encuentran su lugar, escuelas que hacen desaparecer el deseo y luego se vuelven contra el sujeto que se rebela contra esto… y finalmente la medicalización. El aumento de niños medicados en la escuela que silencia mediante la química cualquier invención propia.
¿Cual sería una buena salida? Uno podría pensar un lugar donde, mediante la palabra, el sujeto adolescente pueda, siguiendo su deseo, encontrar su invención propia para hacer con su cuerpo. Un adulto que sostenga las invenciones del sujeto, que pueda sostener su palabra partiendo de una posición limpia para los chicos, que no se angustie. Sin mirarlos desde una autoridad en relación con el poder, que acaba ocupando el lugar de la acción en vez de posibilitar, sino de una autoridad que viene del otro, que permite aumentar el potencial, la responsabilidad, como capacidad de responder por uno mismo. Un adulto capaz de encarnar el lugar del no saber para dar lugar al saber de cada uno de los chicos, uno por uno. Un adulto que sostenga el tiempo para comprender sin forzar el momento de concluir. Dar la oportunidad, con una mirada diferente, de no dar por hechas algunas cosas tratando de inventar e invitar a nuevas invenciones.
Se hace necesario el trabajo de varios al encontrarnos ante algo complejo, con vínculos que interpelan a diferentes agentes. Y además, hay que tener en cuenta el momento en el cual se presenta, una “modernidad líquida” en la que tienen lugar transformaciones en la familia y en la sociedad que aumentan la vulnerabilidad, la incertidumbre y los límites aparecen difusos.
La ética del psicoanálisis nos permite posicionarnos mediante una escucha particular ante este fenómeno. Podemos leer en la escena lo que cada sujeto trata de decirnos, desde una posición de comprensión en lugar de culpabilización o castigo. Esto nos permite situarnos en un lugar en el cual el agresor puede encontrar una invención propia que sea menos “falsa” ante el imperativo del cuerpo, la víctima una posibilidad de responder ante eso de su propio fantasma que lo silencia y, al ver la escena completa, hacer aparecer al otro adulto, para el que la escena es ejecutada, como un otro capaz de sostener sin angustiarse, un impasse del desarrollo propio de la adolescencia.