El basurero donde van las emociones diarias. Me desperté con esa idea en la cabeza y quise pasarla a los dedos. Así que me senté a escribir.
Un lugar donde van todos esos afectos que nos pasan y a veces sobrepasan, pero que no se hace nada con ellos más que dejarlos hacer marca en el cuerpo. Porque queramos o no, lo que sentimos nos hace marca en el cuerpo. Pregúntenle a un anciano y, si es algo lúcido, te podrá decir dónde le ha dolido cada uno de los episodios de la narración de su vida.
Las historias marcan la carne. Era una de esas mañanas en las que habría sido mejor no haberse levantado de la cama. Y así hice, no me levanté de la cama. Siendo de noche de nuevo sentí cada músculo del cuerpo punzar, recordando que el soporte tiene que ser cuidado. Entonces tuve esa idea de que cuando te duelen las palabras, cuando la narración de la vida pesa, sufre el cuerpo.
Lo que quiero decir es que hay mañanas en las que todas esas cosas que no van bien se te cruzan al mismo tiempo. Quizás tras una mala noche, quizás tras una difícil semana, quizás tras una sociedad capitalista que te convierte en objeto de consumo sin que sepas muy bien cómo tomarte el tiempo para sujetarte. O quizás se te han acabado las historias que contarte y la lucidez se va más del lado de lucifer que no de la luz. Eso son palabras. Y esas palabras afectan al cuerpo. Y ese cuerpo se queja.
¿Es el cuerpo el basurero donde van las emociones diarias?
Y de postre: ¿alguna vez te has descubierto hablando contigo mismo, llamándote por tu nombre? “mira que eres tonta, (ponga aquí su nombre)”. Tenemos el cuerpo que se queja, el nombre por el que nos llamamos y la voz con la que nos narramos. Todo el mundo está en su mundo, y ya es bastante complicado. ¡Lo sorprendente es que nos encontremos.