viernes, 24 de abril de 2020

Con fin a miento.. (solo es un juego de palabras)

Es curioso como en el confinamiento la frontera se ha convertido en litoral, una certeza indeterminada. La certeza ante el “todos vamos a tener el virus” pero no sabemos cuándo, ni cómo. La certeza de que hay un virus acechando que no vemos pero que nos tenemos que confinar en casa para evitar contagiarse y contagiar a otros. Es una paradoja extraña, al estilo el gato de Schrodinger. Lo único que sabemos es que el gato estaba vivo antes de entrar en la caja.  

Una frontera separa un lugar de otro, haciendo dos espacios diferenciados que permite la comunicación. En la frontera hay una separación entre el interior y el exterior, se articulan dos espacios distinguidos y por lo tanto puede existir el vínculo, el intercambio. El mundo, tal y como lo conocíamos anteriormente, parecía hacer frontera entre lo interno y lo externo, el nosotros y el ellos (en el más amplio sentido de ese nosotros y ese ellos). 

Antes del confinamiento se pensaba en el mundo como un lugar global que en la mayoría de los casos englobaba al sujeto que usaba ese “el mundo”. “Todo el mundo lo sabe”, expresión curiosa donde las haya. “En el mundo hay x tipos de personas…”. Había una cierta sensación de mundo que podía sostenerse en la diferencia de aquello que no era mundo. Fronteras. 

En cambio en el litoral, no hay diferencia de espacio, hace todo él frontera difusa. No hay reciprocidad ya que no hay uno y otro, no están distinguidos, el límite de uno es difuso, funciona sin una frontera simbólica, sin un interior y exterior sino en continuidad. Por lo tanto no se pueden establecer relaciones, reciprocidades, podemos decir que no habría distancia entre uno y su reflejo en el espejo.

Pensaba, con el litoral, en la banda de Moebius…  

En este periodo de confinamiento hay algo de las fronteras con las que antes se describían el mundo y el cuerpo que parecen desdibujarse. Uno tiene que estar recluido en su casa, a solas con su cuerpo y distanciado de los otros cuerpos; lo que podría hacernos pensar en una frontera sino fuese porque ese otro espacio que queda por fuera del cuerpo y que puede contener el temido virus es un todo, no está distinguido. 

Ese virus que puede estar en el interior y en el exterior, del que uno se trata de proteger y a la vez recluye su cuerpo para proteger a otros con los que apenas puede tener más relación que a través de dispositivos virtuales que dificultan la separación. Ese mundo que antes se percibía como “el mundo”, de repente se ha vuelto difuso. Ahora está Yo, y el Mundo (disculpen la referencia noventera).

Los confundidos cuerpos confinados, recluidos dentro de unos límites y a la vez sin límites porque, ¿dónde está el virus, dentro o fuera del cuerpo? 

¿Cuál es el confín del mundo ahora? ¿Dónde están las fronteras en una sociedad confinada? 

Las fronteras que limitaban se desdibujan, ahora teletrabajamos, teleestudiamos, nos telerelacionamos… no hay diferencia en los espacios de trabajo, de ocio, de relación. Los dispositivos que permiten la conexión con otros que están fuera, pero no están fuera. Que no tienen más que un cuerpo y una voz enlatados. Esos con los que antes se compartían presencias, ahora los encontramos en nuestros comedores a través de dispositivos virtuales con los que conectar a golpe de un clic… y desconectar de la misma manera. Una relación en el litoral. 

Lo Real, bastante difuso, hace litoral con el uno que trata de construir una nueva manera de habitar la vida. Esperemos que sea un confinamiento con un fin. 


En Baarle, el límite entre Bélgica y Holanda pasa por la puerta de una casa.