martes, 10 de diciembre de 2019

Un yo, dos otros y el espejo.


"Nos equivocamos al decir: yo pienso, 
deberíamos decir me piensan. 
-Perdón por el juego de palabras. 
YO es otro. 
Tanto peor para la madera que se descubre violín"
Rimbaud.

Una gran tormenta en Barcelona acompañaba a tres participantes valientes a los que la curiosidad y el empuje del no saber llevó a aquella clase. Siendo casi personalizada, algunos conceptos pudieron ser aclarados teniendo en cuenta el peculiar estatuto del saber que se da en psicoanálisis lacaniano según el cual, un instante entiendes algo para, al instante siguiente, volver a no entender lo que habías pensado. Aun así, puedo atreverme a escribir algunas líneas sobre el estadío del espejo y la formación del Yo Ideal y el Ideal del Yo. Un esbozo de comienzo.

Lacan habla del estadío del espejo, como “una identificación en el sentido pleno que el análisis da a este término: a saber, la transformación producida en el sujeto cuando asume una imagen, cuya predestinación a este efecto de fase está suficientemente indicada por el uso, en la teoría, del término antiguo imago1.

La relación entre simbólico, imaginario y real depende del lugar del sujeto en el mundo simbólico, dicho de otro modo, el mundo del lenguaje. Venimos a un mundo donde el lenguaje nos precede y es ese lenguaje el que constituirá un sujeto. La elección de la palabra que toma del Otro Simbólico acompañará al sujeto en su habitar el mundo. El análisis trata de desvelar esa elección por la cual el sujeto ha de responder, ha de hacerse responsable. Un punto para comenzar a pensar esa elección lo encontramos en el estadío del espejo.

El estadio del espejo es ese momento del desarrollo del sujeto en el cual, entre los seis y los dieciocho meses, el niño se mira en el espejo y se ve. Esa imagen del espejo le devuelve un “ese soy yo” constituido a través de otro, el otro del espejo, el semejante que nombra como yo, pero no todo yo. Del mismo modo queda relacionado con la mirada al Otro, en general quien hace la función materna que, acompañándolo ante el espejo, dice alguna cosa de ese cuerpo reflejado. El niño se vuelve a este Otro para recibir afirmación acerca de ese que acaba de ver. En este movimiento el niño siente júbilo ante la imagen global que se diferencia de su sensación de cuerpo fragmentado.

En la escena tenemos algunos elementos que merece la pena tomar por separado para explicar el conjunto. Pero antes es interesante pensar en Rimbaud con su yo es otro. “C'est faux de dire: Je pense, on devrait dire: On me pense. Pardon du jeu de mots. Je est un autre2. Ante tal oxímoron el estadío del espejo nos permite pensar “yo es otro” de una manera lógica.

Por un lado tenemos un niño cuyo cuerpo aún no está constituido. Apenas consigue sostenerse sentado, la vivencia del cuerpo es fragmentada y todavía no está definido lo que forma parte del niño y lo que forma parte del exterior. La diferencia dentro/fuera no está construida.

Por otro lado tenemos la imagen en el espejo. Un cuerpo completo que está fuera. Cuando se ve en el espejo dice “ese soy yo” lo que nos lleva a la pregunta, ¿quién lo dice? Si yo está en el espejo, si yo es “ese”, ¿quién está mirando el espejo? Podemos adelantar que la imagen del espejo tendrá relación con el Yo Ideal, un yo imaginario que producirá una “transformación en el sujeto cuando asume una imagen3”, relacionada con el semejante completo que aparece ante el espejo. Aquí se empieza a atisbar el sujeto dividido ya que eso que llama yo está fuera y podemos anticipar la dificultad si pensamos en la frase “nunca me miras desde donde yo te veo”. Ya que el que miro en el espejo no es el que está mirando el espejo.

El yo (moi) imaginario, se sitúa en relación a los otros de los que se distingue. Imagen del sujeto que se hace de sí mismo en relación y a partir de los otros. Construido a partir de la imagen especular el yo solo se reconoce a partir de la imagen del otro.

Un tercer elemento sería el Otro Simbólico. Para simplificarlo por ahora pondremos en ese lugar a la función materna. El otro portador del lenguaje que pone palabras al mundo. Por un lado tenemos la madre, pero esta no es en sí el Otro Simbólico que sería el lenguaje que esta madre aporta. Lo que dice y, lo que es más importante, lo que el niño toma de eso que dice, una elección que tiene relación con lo libidinal y que dará forma al Ideal del Yo, un yo relacionado con lo simbólico, “cuya predestinación a este efecto de fase está suficientemente indicada por el uso, en la teoría, del término antiguo imago4”. Una causalidad psíquica, lo simbólico introduce algo del orden.

Tomando los tres elementos de la escena, observamos cómo el niño/cuerpo fragmentado, construye un “Yo” en dos tiempos. Un primer tiempo que tiene que ver con el verse completo en el espejo, lo que está lejos de la sensación fragmentada que tiene de sí, y un segundo tiempo en el cual se encuentra con el Otro Simbólico, con el lenguaje. Estos dos tiempos no siguen un orden cronológico, sino que, como nos explica Lacan en Radiofonía, se incorpora el cuerpo no solo como imaginario. Lo simbólico es el elemento previo, el primer cuerpo que hace al segundo al incorporarse al cuerpo que el sujeto cree tener. El cuerpo imaginario se construye en la base del cuerpo de lo simbólico.

Como una sinécdoque, una insignia imaginaria tomada por el sujeto de lo que subyace en el simbólico precipita el Ideal del Yo I(A) que responde al voltearse del niño en el espejo en busca del Otro Simbólico, un “yo soy ese” pasado por lo simbólico (je) que es una producción del sujeto sostenido en ese fantasma. Una identificación del sujeto que pasa por el Otro. El yo (je) como sujeto gramatical, sujeto del enunciado, el avatar del sujeto para presentarse al otro. Falsa ilusión de identidad y pertenencia sostenida en el registro imaginario.

Mientras que el yo ideal i(a), es decir, la identidad imaginaria sería un recorte simbólico pegado en el espejo, regulado a partir del Ideal de Yo. “Esta forma por lo demás debería más bien designarse como yo-ideal, si quisiéramos hacerla entrar en un registro conocido, en el sentido de que será también el tronco de las identificaciones secundarias, cuyas funciones de normalización libidinal reconocemos bajo ese término5”.

En “Observaciones del informe de Lagache”, Lacan nos explica que el fantasma tiene relación con lo que el sujeto ha sido para el otro, “como objeto a del deseo, como lo que ha sido para el otro en su erección de vivo, como el wanted o el unwanted de su venida al mundo, como el sujeto está llamado a renacer para saber si quiere lo que desea6”. El análisis trata de establecer una relación simbólica, impedida y obstaculizada por la relación imaginaria. Hacer desaparecer la cuestión imaginaria en el sujeto, es decir, “pagar el rescate de su deseo con su persona7”.

Una destitución de “ese yo” que hace del psicoanálisis una técnica ética alejada de aquella que trata de “re-forzar” el Yo.

1 El estadío del espejo como formador de la función del yo (je). Escritos 1, J. Lacan 1949.
2 Lettres du Voyant, Rimbaud 1871
3 J. Lacan. “El estadío del espejo como formador de la función del yo (je)”. Escritos 1, 1949.
4 bis
5 bis
6 J. Lacan, "Observaciones sobre el informe de Daniel Lagache", Escritos II. 1987
7 bis

miércoles, 6 de noviembre de 2019

Reseña de la sesión inaugural de la Sección Clínica de Barcelona: “La cuestión clínica: interrogantes surgidos en la formación” a cargo de Hebe Tizio.

“(...) lo no sabido se ordena como el marco del saber”.
Jacques Lacan.

“Se aprende a hablar bien. 
Lacan lo llama el bien decir (...) 
¿Un saber sobre qué? Sobre el decir mismo, 
sobre lo que se dice y lo que no se dice”
J.A.Miller

¿Qué saber hay en la formación en psicoanálisis? ¿De qué manera se transmite ese saber? ¿De qué manera se acerca uno a ese saber? ¿Qué lugar ocupa la escuela? ¿Y los analistas? ¿Y los analizantes?

Un primer encuentro plagado de interrogantes como el título de la conferencia ya anticipaba. Algunos nuevos o con semblantes nuevos, otros que ya venían gestándose desde el primer encuentro con el psicoanálisis y otros que, como explicaba Hebe Tizio, se repiten de unos a otros participantes. Tal y como pasa en la clínica, tomaré unas líneas de lo que surgió en la conferencia inaugural de la Tétrada de la Sección Clínica de Barcelona a modo de “asociación libre que no es tan libre”. 

Hay un sentirse concernido en este tipo de enseñanza, uno no queda indemne del encuentro con el psicoanálisis, “se avanza trabajando contra uno mismo, contra los propios obstáculos”. Con esta afirmación iba desgranándose en la conversación una manera de hacer ante lo que en el transcurso de la formación uno puede ir encontrándose, a modo de brújula incierta. Y una invitación: “tomar el no saber como motor, no como obstáculo”. 

Aparece de la mano de la curiosidad por el saber, el agujero del No Saber acompañado de una pizca de angustia que habla el lenguaje del deseo. Un caos curioso el encuentro con el psicoanálisis. 

Hay algo en el discurso analítico que invita a seguir indagando intuyendo, como un ruido de fondo que te acompaña en el camino, que no habrá un final, un saber completo. A diferencia de otras disciplinas donde uno puede aprenderlo todo y aprenderlo bien partiendo de un saber igual para todos, el discurso analítico apunta al no saber sirviéndose de los tropiezos para avanzar. “El no saber agujerea, desorganiza lo que se tiene sabido” y uno tiene que ver cómo hace con Eso, con la valentía tal que pueda hacer “sintomáticamente con el no saber desorganizador”. 

Lo que uno sabe, o cree saber, se pone entre paréntesis para caer sin sentido ya que lo que se presenta se trata de un saber no constituido por anticipado. No hay un método como podría ser en otras disciplinas sino que cada cual va tejiendo, poniendo en juego el propio cuerpo, el deseo de saber que apunta al deseo más que al saber. Se aprende a sostener ese deseo de saber estando advertido de que hay un punto de imposible.

Por supuesto se habló de Freud y de Lacan. De una primera fase en la que el Nombre del Padre haciendo de S1 enraiza al sujeto a lo simbólico enlazándolo así al lugar del otro a un segundo tiempo donde el Nombre del Padre cae para dar paso a significantes como Lalengua o Synthome. Esos significantes, que uno reconoce pero sabe (o no sabe) que no conoce, revoloteaban alrededor del discurso. 

“El analista se forma en el propio análisis” recordaba Hebe Tizio a modo de declaración de intenciones. Un análisis propio acompañado de una formación que poco tiene de formal si pensamos en el estilo universitario. Para muestra, los inscritos tienen el nombre de participantes. Con estas coordenadas podemos pensar que la cuestión de la enseñanza dependerá de lo que el psicoanálisis enseña de manera singular a cada uno, únicamente tendrá efecto en lo que puede decirse uno a uno.

Uno sabe que se enfadará, porque los pre-juicios del fantasma se irritan ante cualquier resquebrajamiento de su delirio estructurado. También sabe que, a ratos, se identificará con lo que sabe ya que el fantasma tratará de atrapar al sujeto en un vano intento de liberarlo de la angustia. Y con esto uno tiene que aprender a hacer, de una manera singular para cada uno, para avanzar en la formación y en el propio análisis. En resumen un “aprender a soportar el punto de No Saber” y continuar avanzando. 

¡Todo un desafío para comenzar!

lunes, 25 de marzo de 2019

Un trabajo de duelo: Primera Parte, ¿el mundo vacío y triste o uno vacío y triste?


El significante duelo, según su etimología, hace referencia a dos significados. Por un lado “dolus”, nos habla de dolor y por otro, “duellum”, nos habla de un combate, un desafío.

El trabajo de duelo, como lo llamó Freud, es un proceso que supone una elaboración intrapsíquica dolorosa, necesaria para recuperar el bienestar en el sujeto que ha sufrido una pérdida.

Durante el duelo se desencadenan respuestas de tipo emocional y conductual que requerirán de una elaboración de la falta tanto en uno mismo, que tendrá que ver con saber lo que se ha perdido a través de la falta, como fuera de uno. Es un proceso que se prolongará en el tiempo en el cual se tendrá que aceptar la pérdida en lugar de negarla. Para ello habrá que aceptar la realidad de la pérdida, sentir el dolor y adaptarse al nuevo ambiente con la falta que ha devenido. La construcción simbólica alrededor del objeto perdido habrá de ser reconstruida, aceptando la falta.

El hueco en lo real hace surgir el afecto que no está en lo simbólico ni en la imagen. Habrá que reconstruir un nuevo borde para ese agujero. Un relato que bordee la falta. Un velo que vele ese real.

La persona en duelo presentará síntomas de inhibición que no permiten que haya espacio para otro propósito que no sea el trabajo de duelo: pérdida de interés por el mundo exterior (todo lo que no recuerde a lo perdido), pérdida en la capacidad de escoger un nuevo objeto de amor o negación de cualquier cosa que no tenga relación con la memoria de la pérdida.

Lo nuevo siempre será distinto ya que el proceso de duelo implica una aceptación de la irreversibilidad de la pérdida.

Se pone en marcha un proceso de dolor y reestructuración en el cual alguien deja de ser algo para uno, se pierde, falta y hace falta. Se pierde el otro, pero también se pierde lo que uno era para el otro. No solo hay que tratar la cuestión de lo que se pierde sino también de qué pierde uno en esa pérdida.

Podríamos dividir el trabajo de duelo en tres fases, como tres tiempos lógicos:

·         La fase de evitación donde se incluye el shock inicial con la negación de la pérdida. Podemos llamar a esto el instante de ver.

·         Un segundo tiempo en el que aparece la confrontación donde hay afectos más intensos como la rabia, la culpa, la fantasía de una vuelta atrás o un cierto goce al recordar el dolor, que pueden ser desbordantes. Síntomas de tristeza, angustia o incluso visiones de la presencia de la persona perdida lo que podemos pensar como una manera de retener el objeto y apartar la pérdida. La pérdida llena al sujeto que trata de situarse en una realidad sin el objeto perdido. Esto podría pensarse como el tiempo para comprender.

·         En una tercera fase se constituiría un restablecimiento donde la pérdida dejaría de ocuparlo todo. Aparecería un cierto desapego y un recuerdo con menos afecto. Aquí podemos hablar del momento de concluir.

En todo este proceso el sujeto pasa por diferentes afectos, ideas, pensamientos, construcciones y reconstrucciones y necesita pensar, elaborar, recordar y sentir. Este es el trabajo de duelo.