“Una herramienta, una especie de oficio, de artesanía,
que tiene algo de truco y bastante de formalización.
Tiene un punto que es medio mágico,
que es el buen encuentro con el otro. “
Tomasa de San Miguel.
¿Qué es el psicoanálisis?
De Inconscientes, 2014.
¿Cómo hace el psicoanálisis como modo de tratar el sufrimiento humano?
El psicoanálisis apunta a la singularidad del sujeto. Un discurso que poco tiene que ver con el discurso contemporáneo.
Uno necesita referentes identificatorios e ideológicos, el Yo necesita un S1 y S2 para ordenar y explicarse el mundo en el que vive. Cuando los relatos tradicionales no funcionan, caen las grandes ideologías, las posibilidades de cada uno de seguir un trabajo subjetivo aparece como una oportunidad para construir un relato propio, algo que permita encontrar una invención singular a cada Uno.
Uno por uno.
Aquí es donde podemos situar al psicoanálisis que, teniendo en cuenta el síntoma del sujeto como una seña de identidad que lo acompaña, su historia y sus invenciones, trata de acompañarlo a inventar una solución propia para tejer su vida.
El “Yo soy…” es la identidad con la que el sujeto se presenta ante el analista, articulada esta identificación a los significantes amo que vienen del Otro. El analista tratará de hacerlos caer haciendo así que emerja el goce particular del sujeto, perturbando las identificaciones y el uso que el sujeto ha dado a los significantes, que no han sido más que una defensa contra el vacío, una defensa ante el agujero que deja el encuentro con el lenguaje, “un psicoanálisis, desata los lazos significantes de esos S1, haciendo imposible su retorno a las cadenas significantes que los sostenían” (Tassara, P. 2017)
Desde el psicoanálisis se propone otra manera de tratar el sufrimiento humano por medio de la palabra, que lo simbólico pueda tocar lo real para cernir algo del goce singular de cada sujeto. Para ello se tiene en cuenta el síntoma en lugar de tratar de eliminarlo. En lugar de tratar a los sujetos mediante un nombre para sofocar la angustia sin que tenga nada que ver en ello, el psicoanálisis propone hacer al sujeto responsable de lo que hace con lo que hay "las casualidades nos empujan a diestra y siniestra, y con ellas construimos nuestro destino, porque somos nosotros quienes lo trenzamos como tal" (Lacan, 1975). Frente al nominalismo que pretende reducir al sujeto a una categoría donde puede ser comparado, contabilizado y tratado según el protocolo, el psicoanálisis propone una clínica en la cual el sujeto tiene algo que decir y, sobre todo, algo que ver con lo que le pasa.
Preguntarse por el síntoma permite al sujeto responder ante el discurso del amo en el que se mueve y responder por su lugar en el mundo en lugar de verse borrado por lo que viene de fuera. El psicoanálisis tiene en cuenta el discurso social, el discurso del amo y los significantes que estos promueven y los pone en juicio, permitiendo al sujeto un desplazamiento de la identificación en la que podría quedar falsamente fijado. El sujeto tendrá que hacerse un nombre con el cual poder establecer una relación con el otro evitando ponerse en el lugar de objeto, tratando de evitar satisfacer la voracidad del superyó al cual puede quedar identificado, fijado y consumido.
Se invita al sujeto a hablar, hablar para ser escuchado. No se busca una vuelta a la normalidad, como norma o como la búsqueda de un sujeto medio, esto no es más que una ilusión del discurso de la llamada salud mental, en cambio se trata de coger lo singular de cada sujeto y hacerlo hablar. El analista no es el portador del saber sino que se sitúa en la posición de “sujeto supuesto saber” transformando así el otro que no existe en un lugar donde el sujeto puede producir su propio saber, inconsciente.
Desde una orientación psicoanalítica la respuesta del sujeto al ¿quién soy? es una respuesta falsa. El yo es la función del desconocimiento, esas identificaciones que el sujeto encuentra en lo simbólico social no dicen nada del modo singular de gozar de ese sujeto. Lo más importante de la clínica psicoanalítica es atrapar la singularidad, las condiciones de goce singulares de cada sujeto llevando el significante de lo social a lo singular, dejando caer la identidad debajo de la etiqueta. Una vez el sujeto puede hablar, aparece su palabra, algo que decir sobre su síntoma y así puede salir del lugar cerrado y restrictivo en el que la identificación lo ha fijado y hacerse responsable de su modo particular de hacer en el mundo. Pasar de la pregunta enlazada al discurso social ¿quién soy? a una pregunta que tiene más que ver con el deseo y el goce del propio sujeto, ¿qué soy?
Desde el psicoanálisis la realidad social puede ser leída de manera que los sujetos y sus identidades pueda ser atendidos uno por uno, teniendo en cuenta sus diferentes modos de hacer permitiendo un lugar donde acoger el sufrimiento siempre y cuando el sujeto quiera saber algo de eso, de su singularidad, del porqué de su diferencia y, sobre todo, querer hacer con ello, “insiste en la falsedad relativa del “tú eres eso” determinado por el fantasma, por lo que un psicoanálisis debería tender a un cuestionamiento, al menos relativo, de esa “identidad” (Berenguer, 2017).
El fantasma es un constructo desarrollado por Lacan, se podría decir que se trata del guión con el cual el sujeto lee su vida y le da sentido. Las identificaciones tiene que ver con el fantasma. El sujeto, a través del fantasma, hace existir al Otro “que no existe” puesto que no es más que una ficción. una construcción. El fantasma vendría a ser una especie de “identidad” del sujeto mediante la cual interpreta su relación con el Otro y el lugar que ocupa en esa relación. Siendo una solución con la que responder a la pregunta ¿quién soy?.
“Pero entonces, ahí donde el sujeto más se identifica con los rasgos del Otro más huye su identidad, más ésta se pierde en el objeto. Es en esta disyuntiva donde el fantasma intenta fijar al sujeto alienado en sus identificaciones con el objeto de su identidad perdida. Es lo que escribimos con la fórmula del fantasma, ($ <> a)” (Bassol, M, 2017).
Mediante el análisis se trata de construir una interpretación diferente a los significantes que son los referentes con los que el fantasma responde a la pregunta por el ser y así poder hacer algo con esa repetición, diríamos que “el sujeto no puede renunciar a todo aquello de su identidad que se encuentra articulado en su fantasma, pero puede reducirlo a unos elementos mínimos, que permiten más de una interpretación” (Berenguer, 2017).
En un análisis se tiene en cuenta al sujeto. El analista junto al analizante tratan de construir el fantasma del sujeto, encontrando los significantes fundamentales que determinan las identificaciones del mismo con el fin de poder desprenderse de ellas y dejar caer el marco de referencia en el que el sujeto queda fijado.
Mediante un análisis el sujeto puede llegar a mentirse un poco menos, “el psicoanálisis es un sesgo práctico para sentirse mejor”, (Lacan, seminario 24). Una praxis mediante la cual el sujeto encontrará una forma de reconocer su propio goce pudiendo distanciarse del mismo para poder encontrar nuevos modos de elaborarlo. El psicoanálisis alivia el sufrimiento del sujeto acompañando lo incurable y tratando aquello que se puede curar haciendo que el sujeto tome una posición diferente respecto de su propio deseo singular. Por ello, el psicoanálisis es una manera de tratar el sufrimiento sin borrar al sujeto, el reverso del discurso del amo.
En palabras de Miller, se trata de hacer un esfuerzo de poesía, “un psicoanálisis es una invitación a hablar, no a describir, ni explicar, ni a enseñar (...) tampoco a decir la verdad. Un psicoanálisis es una pura y simple invitación a hablar, sin duda, a hablar para ser escuchados” (Miller, pg 207, 2016).