En los siglos XVII y XVIII la verdad y la vida eran reguladas y legitimadas por la Iglesia. A partir del siglo XIX el poder cambia la estrategia y pasa a tratar de controlar a la población mediante la disciplina y la regulación de la vida. Esto último es lo que Foucault llama biopolítica.
La biopolítica vendría a ser un conjunto de saberes y técnicas articuladas por el “cuerpo” del estado mediante la cual alcanza sus objetivos utilizando la capacidad biológica de los seres humanos. La población se convierte en materia prima, en recursos humanos y los agentes de poder potencian este recurso. Articulado por el discurso capitalista, se pretende hacer crecer la capacidad de producción. Esta regulación fagocita el placer y los diferentes modos de gozar pretenden ser homogenizados.
Foucault habla de la regulación de la vida mediante dos formas, la anatomopolítica, que tiene que ver con el sistema disciplinario, y la biopolítica que aplica el conocimiento y el conjunto de saberes para normalizar y modelar las subjetividades a través de la normalización y “normativización” tratando de abordar el goce en un intento de estandarizarlo. Las nuevas tecnologías, como internet, son usadas para realizar intervenciones de manera masiva.
El poder como árbitro y regulador por medio de leyes, se sustituye por la integración social y una supuesta tolerancia a los modos de goce. La población se clasifica según sus modos de vida en función de normas que la burocracia multiplica para obtener categorías más o menos homogéneas que dependen de las exigencias de la burocracia (lo que crea un circuito que siempre está produciendo) y del avance de la ciencia. A través de los mecanismos de control, regulación y uniformización, el control pasa de la idea de un poder externo que castiga a un poder que regula y trata de prevenir y reglamentar, eliminando lo aleatorio y optimizando así los estados de vida.
Siguiendo a Foucault, vemos como el poder del estado se ocupa cada vez más del cuidado de la vida y de la salud mediante la administración y el control de las fuerzas de la vida biológica. Puede producirlas y ordenarlas en lugar de obstaculizarlas o destruirlas. Aparecen nuevas formas de regulación como la natalidad, la mortalidad, el nivel de salud, la salud pública… todo ello regulado y contado. Como cuento y como cuenta. Esta nueva forma de poder no busca el adiestramiento individual sino que actúa con mecanismos globales que buscan controlar acontecimientos aleatorios a gran escala con el objetivo de obtener estados de regulación. El discurso capitalista, mediante la biopolítica, hace posible la colonización de lo más íntimo del sujeto humano: su subjetividad, sus emociones, deseos, placer y pulsiones.
El psicoanálisis, siguiendo a Laurent, se sitúa en el reverso de la biopolítica, apuntando a la singularidad del cuerpo, a cada modo de gozar de cada quien, uno por uno. La biopolítica trata de clasificar en categorías, cada vez más extendidas mientras que el psicoanálisis sitúa al sujeto frente a su singularidad, que no cabe en ninguna categoría, que queda fuera, atendiendo a la invención con la que cada uno trata de hacer algo con el goce propio.
La dinámica de la biopolítica encaja con el mandato de producción excesiva del capitalismo y la lógica del consumo. La población se convierte en consumidores en un mercado capitalista globalizado. Cualquier síntoma o sentido se piensa a través de un modelo normal, establecido de acuerdo a leyes probabilísticas, estándares, tendencias e intereses del mercado. La medicina se convierte en una herramienta indispensable cuya meta ya no es la cura, que actúa a posteriori, sino la prevención de riesgos y los hábitos de vida. El poder se ejerce sobre la vida con técnicas que controlan a los sujetos y disciplinan los cuerpos.
Tratar de empujar al sujeto a un imperativo de goce, intentando empujar ese goce en categorías prefijadas, tiene como reverso la insistencia de un goce que no puede ser regulado, clasificado, nombrado, que empuja los cuerpos. Y en este lugar es donde cabe el psicoanálisis que apunta a ese empuje del goce de cada quien, singular y por ello, fuera de la normativización.
Un interesante ejemplo para pensar esto puede ser el aumento de la violencia contra las figuras que ejercen este poder. Atendiendo al discurso del amo de Lacan, podría decirse que el sujeto dividido no se muestra tan sumiso al saber del discurso del amo y se revela, con pasajes al acto y resistencias al tratamiento. Aquí el psicoanálisis, con el discurso del analista, puede ser leído como el reverso de la biopolítica, siendo un insterticio donde el psicoanálisis tendrá algo que decir,