jueves, 30 de junio de 2016

Una praxis para sentirse mejor. Y punto. El buen encuentro con el Otro.

El psicoanálisis es una praxis para sentirse mejor. Y punto. (Lacan dixit). Y desde esta orientación se tiene en cuenta el deseo del Sujeto. Que a veces no coincide con el Yo o con el deseo del terapeuta, claro, porque el sujeto humano no nace preprogramado, no va en serie aunque el discurso del amo así lo quiera. El psicoanalista se mueve por una ética que pone en juego el buen encuentro con el Otro, la transferencia, y el deseo singular de cada uno. Uno por Uno. No apunta a una verdad universal, sino singular. Por ello queda fuera del negocio (que curiosamente, niega el ocio). Sí, el psicoanalista acepta un pago, porque no puede ser olvidado el contexto en el que se realiza la terapia. Pero eso queda fuera del juego, fuera del despacho. El analista no se sienta en el sillón tras un negocio, eso es otra cosa. Exponer al sujeto al deseo del terapeuta y sepultarlo detrás de éste, creando una demanda eterna, paternalista, un saber autorizado a través del autoritarismo, porque lo digo yo y punto, crea dependencia. El sujeto pende del terapeuta que infla su ego y cree tener el Saber de su lado.

Cuando ese encuentro se hace mediado por el Poder, por un Saber que uno tiene y trata de introducir en el otro como un mal profesor enseñaría a un alumno, entonces no es análisis… es otra cosa. Hay muchos canallas, que hacen del saber un poder, que se sientan en el sillón del terapeuta y dicen de su praxis que, bajo el nombre de la ciencia, “ayudan” al ser humano que tienen delante. Luego tratas de que te definan qué es eso de “ser humano” de lo que hablan y cuesta encontrar algo. Para mi la terapia no puede ser nunca sugestión, manipulación o imposición de saber. Me sorprenden esos que se sientan delante de un Otro y creen saber como han de dirigir su vida. Cómo se pueden sentir mejor, como pueden ser mejor. “Yo l-os curo”, un mensaje muy oscuro y muy de cura. Es sorprendente que estos mismos digan del psicoanálisis que es una secta o algo antiguo, pasado de moda, que ya no sirve. ¿Al ser-vicio de qué están estas orientaciones? ¿Al ser-vicio de quien?.

El análisis va de otra cosa. El analista no sabe y trata de acompañar al sujeto a través de su propia historia, trabajando juntos con las palabras del analizante. Cada vez de una manera que la singularidad traiga, movido por el deseo del analizante, y no del analista. Tiene relación con el síntoma, pero no con su sustitución por otro sintoma, algo más adaptativo (¿para quién?) que algunos terapeutas traen bajo el brazo en forma de entrena-miento, sino respetando lo que ese síntoma dice de ese sujeto, de su deseo. El encuentro con el analista tiene que ver con la transferencia y con el trato acerca del sufrimiento, haciendo pasar de la impotencia a la contingencia y al imposible. Da un lugar a la palabra del sujeto, a su palabra, y no trata de moldearla a la imagen y semejanza del terapeuta que todo lo sabe, sino que le permite ese espacio para que sea el analizante el que descubra que hay… y que no hay.

El analista se analiza, porque entiende que su angustia y su verdad no le permitiría posicionarse como semblante. Algunos terapeutas piensan que esto no es necesario, no es para ellos. El analista practica una praxis subjetiva, regida por una ética, por lo que el análisis no tiene cabida dentro de un dispositivo objetivamente, con pretensiones científicas. Se trata del sujeto, Uno por Uno, y su relación con el Otro, con el objeto y con el deseo. La ética del analista apunta al deseo del sujeto, singular. No es un manual, porque el sujeto no viene programado y porque el saber lo trae cada uno, no viene dado en un manual ni lo tiene el terapeuta.

En palabras de la psicoanalista, Tomasa de San Miguel: “Ni tan importante, ni tan mucho ni tan poco. Es como algo que alivia un poco el sufrimiento, acompaña lo incurable, cura lo que se puede curar y nos da una posición diferente respecto de nuestro propio deseo. Cosas chiquitas que en la vida de un sujeto son muy importantes”.